Perguntam-me não raras vezes:
- "Qual o livro de José Saramago que mais gostaste de ler?"
A resposta que pode ser dada a cada momento:
- "Impossível de dizer... não sei responder, não seria justo para com outros (livros) não nomeados. Mas uma coisa sempre soube. Uma obra de Saramago, enquanto "pseudo ser vivo" ou com "gente dentro" tem que me raptar, prender-me, não me deixar sair de dentro das suas páginas. Fazer de mim um refém, e só me libertar no final da leitura... mesmo ao chegar à última página. Aí, o "Eu" leitor que se mantém refém, liberta-se da "gente que a obra transporta dentro" e segue o seu caminho.
Mas segue um caminho que se faz caminhando, conjuntamente com mais uma família"

Rui Santos
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quarta-feira, 9 de maio de 2018

"José Saramago nas suas palavras" Publicado na Folha de São Paulo (Brasil) sobre o Acordo Ortográfico (29/11/2008)

"Em princípio, não me parecia necessário [o acordo ortográfico da língua portuguesa de 1990, adotado pelos países lusófonos em 2008, para sua entrada em vigor no ano seguinte]. De toda forma, continuaríamos a nos entender. O que me fez mudar de opinião foi a ideia de que, se o português quer ganhar influência no mundo, tem de adotar uma grafia única. Se Portugal tivesse 140 milhões de habitantes, provavelmente teríamos imposto ao Brasil a nossa grafia. Acontece que os 140 milhões estão no Brasil, e o Brasil tem mais presença internacional. Quando acabou o “ph”, não consta que tenha havido em Portugal uma revolução. Perderíamos muito com a ideia de que o português é só nosso, acabaria como o húngaro, que ninguém entende nada."

“A humanidade não merece a vida”
Folha de S.Paulo
São Paulo - Brasil
29 de novembro de 2008

domingo, 25 de fevereiro de 2018

"José Saramago: La moral insurrecta" Entrevista para a revista "Común Presencia" (Bogotá, Colômbia - 2006)

Capa da revista "Común Presencia" - Edição 13/14



Link de apresentação do livre que compila as entrevistas publicadas isoladamente http://comunpresenciaentrevistas.blogspot.pt/2006/11/grandes-entrevistas-de-comun-presencia.html

(Capa do livro de entrevistas)

A entrevista pode ser recuperada e consultada na integra através do site http://anterior.nasaacin.org/

"JOSÉ SARAMAGO: LA MORAL INSURRECTA
La tribu sensible ha quedado huérfana. El pasado 18 de junio en la isla española de Lanzarote murió José Saramago quien había nacido en Azinhaga Portugal en 1922; y le fuera otorgado el Premio Nobel de Literatura en 1998, único concedido a un escritor de lengua portuguesa.
La globalización, el fracaso del capitalismo, la incomunicación, las servidumbres de la contemporaneidad, son algunos de los temas tratados con este soñador que incesantemente propuso en su fértil existencia la renovación de la utopía y que siempre se obstinó en imaginar una oportunidad para lo humano en la Tierra.

Autor de: Manual de pintura y caligrafía (1977), Alzado del suelo (1980), Memorial del convento (1982), El año de la muerte de Ricardo Reis (1985), La balsa de piedra (1986), Historia del cerco de Lisboa (1989), El evangelio según Jesucristo (1991), Ensayo sobre la ceguera (1996), Cuadernos de Lanzarote (1997), Todos los nombres (1997), La caverna (2001), El hombre duplicado (2002), Ensayo sobre la lucidez (2004), Las intermitencias de la muerte (2005), El viaje del elefante (2008) y Caín (2009).

La siguiente lúcida conversación con el gran escritor portugués fue realizada en Bogotá para el No. 14 de la revista Común Presencia durante su visita promocional de la novela La Caverna y la reproducimos aquí en su totalidad para el placer de todos los confabulados.

La noche del jueves 22 de febrero mientras dos mil personas escuchaban al último (¿al primero?) de los seres humanos en el teatro Jorge Eliécer Gaitán de Bogotá, afuera bajo un aguacero torrencial setecientos admiradores que no lograron ingresar gritaron arengas y golpearon las puertas doradas con paraguas, llaveros y monedas, permaneciendo durante más de una hora amotinados bajo el inclemente clima, con la esperanza de que la severa administración cediera a su clamor y les permitiera compartir con este premio Nobel portugués las horas tan esperadas de su crítica lúcida y de su sabio cinismo.

El mitin se fue haciendo más ruidoso y aunque el propio Saramago se solidarizó con los frustrados fanáticos, no sólo se les negó el acceso sino que se decidió acudir a la policía para dispersarlos. Vimos a estudiantes, senadores, figuras de la vida pública, colegialas de uniforme a cuadros, mimos e intelectuales, desplegando su furia por la prohibición de entrar. La multitud continuó creciendo mientras por los corredores posteriores, un grupo de elegantes señoras que golpeaba con sus joyas decidió quitarse los zapatos y todas sus prendas de material sonoro con el propósito de lanzar su postrera acometida. Infructuosamente se cantaron consignas, se tocaron canciones en clave morse y se promulgó el derecho a escuchar a quien es reconocido como uno de los más fervientes difusores de la libertad. Luego una horda de bellas mujeres sacando sus lápices labiales pintó en el techo y las paredes mensajes de amor para este incansable renovador de utopías, que dijo lo que todos queríamos oír y que despertó las pasiones más exaltadas entre sus obsesivos lectores colombianos; dejando coloridos graffitis que sólo pretendieron testimoniar la necesidad de su fuerte presencia entre nosotros: “Amado Saramago, La tribu sensible presente, Saramago quédate en Colombia, Saramago mago...”

Así le narramos lo ocurrido afuera del teatro Jorge Eliécer Gaitán dos días antes durante su presentación y sonriendo al escuchar la pequeña crónica dijo:
—Tendré que volver. Sin embargo no me explico el fenómeno de tan desmesurada convocatoria, no soy un cantante de rock y tan sólo expreso lo que por el miedo o la sumisión está proscrito. Aclaro que siempre he sido marginal, y aunque tal vez piensen que un escritor con mis reconocimientos no puede serlo, soy un ser en contravía. Alguien que no se conforma con conocer el dolor sino que necesita denunciarlo, una persona que a pesar de los horrores que inventó el siglo XX todavía sueña con dignificar el porvenir. Debemos propiciar todo el escándalo social posible para mejorar la vida, emprender una insurrección moral, étnica, humana.
—Hace poco usted estuvo en Angola, presentando alguno de sus libros, exactamente en Luanda —no en Londres, ni en París o Nueva York, lo cual es admirable—, y allí dijo algo conmovedor: «Vivimos una sociedad excluida, fragmentada, que hace que cada día desaparezcan especies animales, vegetales, lenguas y culturas, y si no tomamos precauciones convertiremos muy pronto a la Tierra en un desierto».

Todos los años exterminamos comunidades indígenas, millares de hectáreas de bosques e incluso innumerables palabras de nuestros idiomas. Cada minuto extinguimos una especie de pájaros y alguien en algún lugar recóndito contempla por última vez en la Tierra una determinada flor. Konrad Lorenz no se equivocó al decir que: somos el eslabón perdido entre el mono y el ser humano. Eso somos, una especie que gira sin hallar su horizonte, un proyecto inconcluso. Se ha hablado bastante últimamente del genoma y al parecer lo único que nos distancia en realidad de los animales es nuestra capacidad de esperanza. Hemos producido una cultura de la devastación basada muchas veces en el engaño de la superioridad de las razas, de los dioses, y sustentada por la inhumanidad del poder económico. Siempre me ha parecido increíble que una sociedad tan pragmática como la occidental haya deificado cosas abstractas como ese papel llamado dinero y una cadena de imágenes efímeras. Debemos fortalecer, como tantas veces lo he dicho, la tribu de la sensibilidad... ¿Para qué construir grandes autopistas, transbordadores espaciales, o enormes rascacielos cuando aún no se ha solucionado el problema elemental del hambre?

Usted cita con frecuencia la frase del heterónimo de Pessoa: Ricardo Reis, protagonista de una de sus más reconocidas novelas: «Sabio es el que se contenta con el espectáculo del mundo...»

Sí, pero no estoy de acuerdo con esa frase que durante años ha sido para mí una contradicción. Después de Hiroshima, de los campos de exterminio y de las múltiples guerras imaginadas por el hombre, que nunca se fatiga de improvisar el horror, ¿cómo creer que es sabio contentarse con el espectáculo del mundo? Cuando decidí escribir La muerte de Ricardo Reis para completar la biografía de este personaje, de quien Pessoa jamás dijo que había muerto, quise resolver un conflicto que tenía con aquel poeta que produjo una influencia gigante, terrible, sobre toda la literatura portuguesa, y cuestionar su inocente sentencia. Hoy sólo espero que piensen que he sobrevivido a su sombra.

Si no nos salvamos todos yo no quiero salvarme», infirió Iván Karamazov...
—Es una idea irrebatible. Dostoyevski creía que la sensibilidad debe servir para solidarizarnos con el dolor, porque si no es así, me parece estéril. Una sensibilidad refinada para disfrutar la estética es importante pero es inútil. Ni un artista, ni un científico, por talentoso que sea, puede tener más significancia que un verdadero ser humano.
—¿Al escuchar su discurso de aceptación del Premio Nobel se podría pensar que la pobreza a pesar de ser una fatalidad está provista de cierta lucidez que hace mirar al mundo con mayor profundidad?

—No estoy muy seguro. La pobreza es una humillación. Yo escribí una obra de teatro llamada La segunda muerte de Francisco de Asís, en la que imagino que este hombre regresa y encuentra su Orden convertida en otra cosa, y fracasa en su intento por recobrar su pensamiento original. Decepcionado, en una escena posterior busca a los pobres con el objetivo de conminarlos a la pureza inicial y ellos le replican: «Tú quisiste ser pobre y eso es cosa tuya, nosotros lo somos y no queremos serlo...» Y al final Francisco reflexiona con desolación: «Siempre estuve equivocado, la pobreza no es santa». La lucidez entonces a la que se refiere la pregunta, tendría más que ver con cada persona que con una situación determinada. Hay quienes pueden sobrevivir a innumerables carencias, a desconocimientos, a estigmatizaciones de toda índole, pero la mayor parte es aplastada, y todo su horizonte se reduce a poder desayunar el día siguiente.

—En el mismo discurso usted relata un conmovedor pasaje de su infancia en el que su abuelo Jerónimo, pastor y contador de historias, al presentir que la muerte venía a buscarlo se despidió de los árboles de su huerto abrazándolos y llorando porque sabía que nunca los volvería a ver...

Es un recuerdo poético, la memoria siempre da pinceladas sobre los rostros y convierte a todo el mundo en una especie de personaje, de creación imaginaria. La memoria es el dramaturgo que tienen adentro todos los hombres, pone en escena e inventa un disfraz para cada ser vinculado con nosotros. La distancia entre lo que fue una persona y lo que se recuerda de ella es literatura. Las evocaciones primigenias, las primeras percepciones de la vida, de su riesgo, de sus desprendimientos, son determinantes; porque producen imágenes que dejan tatuajes y afloran sin darnos cuenta en todo proceso artístico. Además la memoria es una centinela imprescindible, la vigía que impide a la injusticia reinar, que no permite que olvidemos Auschwitz, Actael en Chiapas, Sarajevo, Nagasaki, y tantas equivocaciones y masacres; y si acudimos a ella para referimos a un país como Colombia podríamos dibujar un mapa invadido de puntos rojos, de lugares que antes eran mágicos y hoy son apenas nombres que nos hacen temblar.

Usted ha dicho que la nueva esclavitud es el temor a perder el empleo, y en su trilogía compuesta por Ensayo sobre la ceguera, Todos los nombres y La caverna, plantea un mundo donde la mirada ha sido sometida...

Yo sólo digo lo que todos sabemos, el ser humano es la única prioridad pero ha sido convertido en una herramienta que se desecha. Vivimos tiempos confusos, contradictorios e injustos. Se institucionalizó un sistema más nefasto que los anteriores, porque al menos durante la época de la esclavitud o del feudalismo el oprimido conocía su desdicha, mientras ahora nadie se da cuenta de su terrible subyugación, de su incesante miedo. El espíritu de la competencia ha sido lamentable para el mundo, a todos los seres se les induce a superar a sus prójimos, olvidando que tenemos un compromiso común. En todas partes se educa para la guerra y jamás para la paz, se nos somete a la estúpida adoración de una bandera o un himno nacional, se idealizan las razas y los pueblos y se delimitan en forma excluyente las fronteras. Pienso que si no encontramos la forma de vivir juntos, si no nos unimos en lo benéfico que le pasa a los seres humanos, no nos salvaremos... Estamos siendo aniquilados, derrotados, invadidos... porque no usamos el único remedio que existe: la solidaridad y la humanización. No soy un profeta, pero no tolero la premisa de que sólo se puede vivir marginando, explotando, avasallando, y por el otro lado soportando la humillación en silencio. Se me dice con frecuencia: «Ya te ganaste el Nobel, ya no tienes preocupaciones», y yo contesto: «¿Cómo no preocuparse si el horror cada minuto desgarra la tierra? ¿Cómo no continuar en pie de alerta cuando nos han transformado en una raza de cíclopes, en seres de mirada unidireccional controlados por las imposiciones del consumo?» Lo pienso y lo reitero: debemos establecer una sociedad que nos permita recuperar la condición humana impidiendo que se nos convierta en hormigas, lo cual sería lamentable, aunque en el fondo yo pienso que sería peor ver a las hormigas convertirse en hombres, porque en ese caso no habría opción para la Tierra.

—El capitalismo nos ha decepcionado, el socialismo que tuvo un buen guión no contó con actores tan afortunados: ¿Cuál podría ser nuestra próxima utopía?
—Habrá una segunda oportunidad para el marxismo. Las ideologías que hablan de liberación, de igualdad, son siempre necesarias. El capitalismo es un error y por eso es fundamental analizar nuevas propuestas que inventen un mundo más equilibrado, en el que ya no existan tres mil millones de personas viviendo con sólo dos dólares diarios. Durante esta visita a Colombia he dicho enfáticamente: sí, hay que legalizar la droga, pero primero el pan. Mientras un continente como África muere de hambre y de enfermedades que no puede controlar, no es posible hablar del triunfo del capitalismo. Yo creería en este sistema, no cuando el hombre llegue a Marte, sino cuando todos tengamos alimento. Por eso la carrera espacial me parece secundaria, además el hombre ya casi logra destruir la Tierra, ¿para qué tanto empeño en destruir otro planeta?

—Usted nos ha venido alertando sobre los peligros de la globalización económica...

—Sí, es una nueva forma de subyugación, el reciente esquema de totalitarismo que no necesita policía, ni campos de concentración, ni censura, ni prisiones, pero que impone un método de exclusión social, un sistema económico que absorbe todo hacia sus centros de poder, y que hace pensar que si nos descuidamos el águila de la globalización devorará a la liebre de los derechos humanos. Es injusto que por motivos únicamente económicos todos estemos obligados a hablar el mismo idioma (el inglés), a pensar de la misma manera, a escuchar la misma música y a leer los mismos voluminosos libros que con el sello de best-sellers invaden el planeta.
—¿La cultura considerada como industria también es síntoma de esta decadencia universal?

Es otra perversión de nuestro tiempo, otro tentáculo de la manipulación ejercida sobre nuestras mentes. Una novela o un poema están muy distantes de ser llamados productos culturales, ¿cómo podría ser una obra de arte una simple mercancía? Un cuadro de Picasso por alto que sea su precio es mucho más que un producto, es una forma intensa de ver la vida, de denunciar las formas establecidas y a veces las arbitrariedades humanas.

Se habla de factorías culturales, del autor como un prestatario de contenido, como un mercachifle de ideas, y esto es erróneo. La sociedad de consumo intenta absorber el arte que siempre se le escapa, y aunque a veces parece asimilarlo, en la verdadera obra acecha una serpiente, una venganza que la pone en entredicho. Las enormes galerías o casas disqueras creen haber convertido el arte en un producto similar a una bebida light, pero las verdaderas obras siempre terminan por burlarse de ese esquema, creando conciencia, preguntando sobre las carencias de nuestras vidas. La Ilíada o Los hermanos Karamazov, que citábamos anteriormente, no son productos culturales y aún no es fácil verlos en los grandes almacenes de cadena. La poesía resiste como lo ha hecho siempre, y aunque el comercio insista en comprarla o seducirla, nunca sabrá en qué lugar se encuentra su barricada, porque es en lo más primitivo y elemental del hombre, en nuestra sensibilidad adherente, compartida.

¿Piensa que la información es lo contrario de la comunicación?

—La comunicación requiere de un ritual, de una profunda compenetración con el interlocutor y muchas veces ni siquiera es necesaria la palabra. El periodismo que se está haciendo ahora en el mundo es idiotizante. El Internet ha hecho que los mensajes sean más rápidos pero eso no quiere decir que sean más profundos. Una carta tradicional llevada por el cartero en bicicleta atravesando caminos enlodados durante semanas, tiene más poder sagrado que un mensaje con errores de ortografía y palabras pegadas enviado a un correo electrónico. En la carta está la letra, la caligrafía del autor e incluso el aroma, es un objeto más humano, que posee una carga de significados más elementales y más hondos. Puedo parecer anacrónico, pero creo que la comunicación está más cerca de esa carta. Quizá la verdadera comunicación no esté ni siquiera en el lenguaje, sino en la piel, en la mirada, en el silencio. Tal vez está en el reconocimiento de nuestro dolor hasta un punto en que pueda compartirse para poder superarlo.

—Usted ha manifestado que la literatura no produce respuestas y a veces ni siquiera preguntas...

—No sólo la literatura, sino mi tránsito vital ha estado demarcado, enriquecido, por dudas e incertidumbres. Yo creo que sólo tengo dudas, y éstas me han hecho crecer, profundizar... Pienso que con aquellos que tienen respuestas es imposible dialogar, que es mejor no saber para comunicarse, y más provechoso pararse en la mitad, escuchar, suponer que todos pueden tener razón y que las cosas pueden ser ciertas también en su lado opuesto. Dudo luego existo.

—La sociedad de consumo nos obligó a abandonar los parques, hizo de los centros comerciales nuestras nuevas catedrales, abolió oficios que nos han acompañado desde tiempos prehistóricos, ¿eso parece ser lo que usted denuncia en su novela  La caverna?

—Recuerdo que en España se publicó una noticia relativa a una mujer que había pedido que sus cenizas fueran esparcidas en un centro comercial porque allí había sido feliz. La caverna manifiesta que estos espacios son recientes lugares sacralizados, donde se exponen los nuevos dioses cada vez más efímeros, y se sepultan los que convivieron con nosotros. Eso explica que las costumbres están cambiando. Esta obra señala que hay oficios que hemos ido enterrando, un sitio donde los artesanos no son necesarios porque han sido remplazados por los técnicos, un mundo donde hemos desechado al mismo hombre.
—¿Toda creación artística representa un territorio libre del deseo?

—El deseo es esencial, tal vez bastante, pero no un atributo tan exclusivo como para poder definirla. Yo soy un intelectual no intelectualizado, tengo carencia de información, de conocimientos, y como pienso primero en lo vivencial, creo que es en la mirada donde el deseo se hace más feliz. Sin ninguna veleidad, sin querer alcanzar definiciones esotéricas, diría como cultor de la novela que para mí objetivamente no es un género sino un espacio, un lugar literario donde todo puede confluir: la ciencia, la filosofía, la poesía... Es decir una summa que rompe las fronteras del género y deja que todo lo que está alrededor entre como un río en el mar... Esta respuesta salió un poco poética. Creo que es exactamente la que eliminarían los obtusos editores de los diarios.

—La poesía portuguesa es una de las más reveladoras y sustanciales de nuestro tiempo. ¿Cómo es su relación con Sophia de Mello, Eugénio de Andrade, António Ramos Rosa, que aquí se conocen clandestinamente?

La poesía tiene la suerte de la clandestinidad, de formar sectas. Ellos son poetas muy importantes de la lengua portuguesa y mi relación (exceptuando el afecto) es desde luego la del lector emotivo. Nosotros hemos tenido grandes voces e incluso se inventó el eslogan: Portugal, tierra de poetas, porque con este género ha existido una tradición, mientras con la novela se ha dado siempre un relevo de cúspides y declives. Por mi parte pienso que se puede encontrar más poesía en mis novelas que en mis poemarios, y que el tercero titulado: El año de 1993 (escrito en 1975) donde se cuenta una historia y con una descripción fantástica se imagina un país, quizá sea un puente hacia la narrativa… Una reconocida crítica le da importancia a este libro diciendo que constituye mi paso a la novela, lo que es bastante obvio porque desde allí nunca he vuelto a escribir libros de poesía. Cualquiera puede ser profeta del pasado.

—¿Cree, como tantas veces se ha dicho, que un escritor cuenta siempre lo mismo cambiando de personajes y de perspectivas? ¿Y que un artista no obsesivo es mediocre?
—Siempre hay temas de los que no podemos escapar y hacerlo por recurrir a una fórmula es un desacierto. En mis novelas reitero que nos han direccionado la mirada, que nos han vendado, enceguecido, pero también me obsesiona la identidad, y por eso el protagonista de Todos los nombres durante trescientas páginas se pregunta quién es el otro (más precisamente la otra). Un escritor debe obedecer a sus pasiones, arriesgándose. Ignoro si hay evolución en el arte, pero sé que no hay progreso, y que quizá estamos más próximos al retroceso. Si existiera un avance en el sentido propuesto por el positivismo estaríamos haciendo obras extraordinarias, pero nada hemos hecho aún que haya superado La Ilíada o las pinturas rupestres de las cuevas de Altamira.

—Hace cinco años reside en la isla española de Lanzarote, y allí huyendo del asedio del prestigio surgieron sus cuadernos biográficos, ese intento proustiano por recobrar el tiempo...

—España ha ejercido sobre mí cierta fascinación y esa isla del archipiélago de Canarias es una opción de paraíso que además me ha suscitado Los Cuadernos de Lanzarote, que defino como una necesidad de apresar el tiempo, de ser consciente de su transcurrir, de sentir su latido... lo que quizá en su origen sea la propuesta de Proust. Escribir es escuchar el tiempo.

—Ha hablado muchas veces de su gusto por algunos escritores hispanoamericanos...

—No los leo porque escriban en un idioma determinado sino porque son buenos... Al comienzo mi acercamiento al español fue conflictivo pero ya no me preocupa, a pesar de que no he prosperado mucho. Y como hablo mal el español pienso mal en español y por fortuna nunca pasa nada. En cuanto a los escritores podría nombrar a: Sábato, Onetti, Cortázar, Donoso y al mismo Vargas Llosa, que escribe para un público distinto al mío; porque esa es la diferencia entre nosotros, los públicos que nos leen, que nos escuchan, solamente eso. También pienso que hay escritores con buena prosa sostenida en el Post-boom, e incluso en el Post-post-boom, y en todas esas equívocas denominaciones que inventa el comercio.

—¿La literatura es uno de los pocos antídotos contra la ceguera interior?

—Sí, es un viaje a una isla desconocida, una ceremonia donde los personajes realizan nuestros deseos, una fiesta de marionetas que nos revela, nos explica, nos alivia y nos hace soñar: único verbo capaz de cambiar, de transformar la vida. ¡La necesidad de soñar, la rebelión de imaginar, no puede ser disuelta!
El tiempo inició su regreso a las manecillas del reloj. El reportaje agonizaba por un asedio de cámaras y periodistas que esperaban tras la puerta al último (¿al primero?) de los seres humanos, para rastrear su sabiduría, su generosidad, su acendrado humanismo, y acabar de construir la estela de este cometa esencial en su viaje por Colombia. Vimos su rostro sereno iluminarse y sus manos que parecían pájaros escribir ese nombre, que contiene todos sus nombres, esa firma que termina con una desproporcionada letra “g” antecedida por una “o” tan diminuta como un punto, mientras terminaba la dedicatoria en uno de sus libros.

Su risa triste nos preparó para el entrañable abrazo de despedida. Y aunque era fácil creer en la esperanza salimos del hotel, sabiendo que en sus ojos permanecería la pesadumbre de una humanidad amenazada por su irreductible contradicción y en su interior la desgarradura de ser su profunda conciencia.

Evitamos mirar los semáforos por temor a enceguecer como el personaje de su novela, alzamos la cabeza al cielo y lo vimos todo blanco, el miedo súbito nos hizo bajar los ojos. La ciudad aún estaba allí.
Autor: Gonzalo Márquez Cristo y Amparo Osorio]



sexta-feira, 5 de janeiro de 2018

"José Saramago Nas suas palavras" edição de Fernando Gómez Aguilera

"Penso que há mais relação com a música dentro de uma obra do que aquilo que tem a ver com as referências explícitas à música. Quando, por exemplo, numa frase que acabo de escrever e em que já disse tudo o que tinha para dizer, eu sinto que me falta qualquer coisa, em termos de compasso musical. E pode acontecer que eu acrescente mais duas palavrinhas ou três, que não fazem falta nenhuma. Não fazem falta ao sentido, mas o tempo do compasso não pode ficar no ar."

“Provavelmente já chegou o dia em que não terei nada mais a dizer”, 
Público (Suplemento Mil Folhas), 
Lisboa, 12 de novembro de 2005 [Entrevista a Adelino Gomes].



sábado, 23 de dezembro de 2017

"José Saramago Nas suas palavras" edição de Fernando Gómez Aguilera

Além de escrever, e de fazê-lo da melhor forma que puder, [o escritor] não deve jamais esquecer que, além de escritor, ele é um cidadão; e, em sua atuação como cidadão, não deve esquecer que é um escritor. Não consigo entender o que leva um escritor a achar que seu compromisso pessoal se restringe exclusivamente à literatura e à sua obra. É o retorno ao egoísmo e à presunçosa torre de marfim. Talvez seja esse o maior dos erros dos últimos vinte anos, embora, por sorte, esses exercícios de autocomplacência estejam desaparecendo a partir da guerra da ex-Jugoslávia. O escritor não é um guia ou um político, e não pode viver, de forma esquizofrenica, separado do cidadão.

“José Saramago: ‘El mundo se está quedando ciego’”
"La Verdad", Murcia (15 de março de 1994) Entrevista a Gontzal Díez

sexta-feira, 15 de dezembro de 2017

"José Saramago Nas suas palavras" edição de Fernando Gómez Aguilera

"A morte é uma coisa lixada […] não só porque nos retira da vida, ou nos empurra brutalmente para fora da vida, que é o mais correto, mas também porque tem muitíssimas vezes outra consequência: uma outra espécie de morte que se chama esquecimento."

"Ninguém empurra a morte, ela está sempre ao lado… Está tão ao lado que não é raro que se lhe toque. E quando se toca, já se sabe, a parte mais fraca é aquela que perde…"
João Céu e Silva, Uma longa viagem com José Saramago, Porto Editora, 2009



segunda-feira, 11 de dezembro de 2017

"José Saramago Nas suas palavras" edição de Fernando Gómez Aguilera

"Considero-me um escritor realista mas não um romancista realista. O romance é um lugar literário onde tudo pode e deve caber. O romance é a expressão total.
Aspiraria a que ele fosse uma espécie de suma, reunião de todos os géneros, lugar de sabedoria. Nele estão a epopeia, o teatro, a reflexão filosófica ou filosofante… Esta é a minha ambição. Está fora de questão discutir agora se o consigo ou não, mas é a isso que eu aspiro. E é por isso que o narrador nos meus romances tem um papel todo poderoso."

“O cerco a José Saramago”, Expresso, Lisboa, 22 de abril de 1989 [Entrevista a Clara Ferreira Alves].

sexta-feira, 1 de dezembro de 2017

"José Saramago, en sus palabras, de Fernando Gómez Aguilera" via "Libros Y Literatura" (28/12/2016)

A presente resenha pode ser recuperada e consultada aqui


"El paso del tiempo hace que todo se olvide y ponerse a pensar en que dentro de una o dos generaciones tras nuestra partida pocos se acordarán de nosotros, es entrar en un terreno del cual uno no puede menos que salir angustiado. Para ser recordados por largo tiempo, muchos seres humanos intentan sobresalir en diversas actividades; así, disfrutaremos de por vida la música de Beethoven, los cuadros de Picasso o los goles de Maradona. En todas las formas posibles del arte, los artistas buscan el paso a la eternidad. Saramago, para quienes lo leímos, lo leemos y lo leeremos, es y será inmortal, tal vez no porque haya buscado en vida esa eternidad, sino, sobre todo, por haber vivido y honrado la vida sin pensarla como un camino a transitar para llegar a lo que, dicen, viene después, sino por haberla transcurrido con una responsabilidad terrenal y cotidiana que lo llevó a comprometerse más allá de las cómodas quejas desde el sofá.

José Saramago en sus palabras es una recopilación de centenares de frases, pensamientos y declaraciones en la prensa que el Nobel de Literatura hizo desde la segunda mitad de los años setenta hasta comienzos de 2009. De esta manera, no solo podremos ir recorriendo su pensamiento a lo largo del tiempo, sino sobre todo confirmando algo que los que lo conocemos no necesitamos ratificar: su capacidad crítica, inteligencia, lucidez y libertad a la hora de decir lo que sentía, sin censuras y poniendo siempre el eje en la defensa de los excluidos y la reivindicación de los derechos humanos.

Fernando Gómez Aguilera, poeta, ensayista y filólogo, fue el encargado de recolectar las palabras del genio portugués y es digno de destacar su trabajo, que, a lo largo de más de 500 páginas, nos ofrece un panorama completo acerca de los valores éticos de Saramago. El libro en sí, está estructurado en tres grandes capítulos (Quien se llama Saramago, Por el hecho de ser escritor y El ciudadano que soy) que a su vez se dividen en decenas de temas que abarcan todo el mundo opinable del autor, entre los que podemos destacar los dedicados a Dios, el pesimismo, la muerte, la literatura, la historia, el comunismo, Europa o Sudamérica.

Particularmente, no pude despegarme del libro en el apartado “novela” en el que se recopilan todas las declaraciones de Saramago sobre los diferentes libros que fue publicando y que me permitieron descubrir muchos datos no conocidos sobre el “detrás de escena” de la creación de sus publicaciones. “Lanzarote”, donde cuenta su relación con esa isla española en la que residió hasta el final de sus días, es también muy interesante, porque narran el dolor que le causó tener que dejar su país, pero al mismo tiempo el hecho de, a una edad avanzada, encontrar un lugar en el mundo y volver, de alguna manera, a comenzar.



Disfruté del libro tanto como sus mejores novelas y a medida que iba leyéndolo, reconocía una vez más que la línea entre escritor y ciudadano, en Saramago, no existió nunca, ya que en la vida no ficcionada mantenía los mismos valores y el mismo compromiso con el mundo que, en forma de parábolas, mostraba en sus grandes éxitos literarios.

Recomiendo Saramago en sus palabras a todos aquellos lectores del mundo que, al menos, haya leído cinco o seis de sus novelas, ya que este libro actuará como un excelente complemento para su obra literaria y al mismo tiempo como un buen compendio de su enorme y eterna sabiduría."

sábado, 12 de março de 2016

Citador #46 - “José Saramago, la importancia del no” em entrevista a Christian Kupchik

"Embora soe algo paradoxal, diria que entre história e ficção a diferença não é grande demais. Ao escrever uma história - porque disso se trata -, o historiador faz um pouco o que faz o romancista: escolhe os fatos e os concatena, vale dizer, encontra relações entre eles em função de conseguir um discurso coerente. O mesmo se exige de um romance. Pode ser mágico, fantástico ou qualquer coisa, mas até a fantasia e a imaginação mais disparatadas precisam de uma coerência. Um livro de História apresenta algo predeterminado. Os fatos estão ali, e um fato traz como consequência outro, e outro, e outro. Há uma espécie de fatalidade histórica que faz que as coisas sejam como são e não de outra maneira. Então, ao dirigir os fatos, ao organizá-los, eu diria que o historiador se comporta como um romancista e o romancista como um historiador."
“José Saramago, la importancia del no”
Christian Kupchik entrevista José Saramago para o "El País" (Montevidéu, 09/1995)
Publicado posteriormente em "La Época" (Santiago do Chile, 15/10/1995) 


domingo, 28 de fevereiro de 2016

"Crónica do escritor na rua" Prefácio de Fernando Gómez Aguilera

Capa da edição "As Palavras de Saramago"
Companhia das Letras - Brasil

Prefácio da obra da autoria de Fernando Gómez Aguilera
(que fez a edição e selecção para a obra)

"Crónica do escritor na rua"
"A intervenção na esfera pública constitui um dos traços centrais do perfil intelectual de José Saramago, um escritor que sempre recusou qualquer torre de marfim, e se manteve distante da introversão. “Aonde vai o escritor, vai o cidadão”, costumava reiterar, resoluto, desfazendo qualquer dúvida eventual sobre seu compromisso civil, assumido como imperativo cívico, emanante tanto de suas convicções políticas quanto da impregnação humanista - nihil humanum puto alienum mihi - que filtrava com brio pelo tecido da sua estrutura cultural e da sua musculatura de incansável e vigoroso polemista. Como acontecera com Albert Camus, não é possível desagregar a escrita de seus princípios em face das circunstâncias da realidade, quaisquer que sejam as consequências que decorram desse fato. O autor concentra, sem fissuras, na pessoa que é, o feixe de obrigações derivado de seus atos, tanto os específicos à literatura, como os próprios do exercício da cidadania ou os concernentes à vida pura e simples, porque, para Saramago, “a obra é o romancista”, e o romancista resulta da projeção da pessoa que o anima. Desse modo, a responsabilidade - também sua variante consanguínea, concretizada num arraigado senso do dever - afirma uma das categorias que ajudam a definir seu caráter, marcando o conjunto de valores que orientaram sua conduta ética, mas também seu fazer criativo e reflexivo.
A partir da sua eclosão como narrador, no início dos anos 1980, desenvolveu uma crescente e intensa tarefa de efusão de ideias, juízos e denúncias em foros e meios de comunicação internacionais, até tornar sua voz uma referência global, particularmente identificada com o pensamento crítico, a defesa dos excluídos e a reivindicação dos direitos humanos. A concessão do prêmio Nobel de Literatura em 1998, em vez de modular seu discurso enfático, contribuiu para acentuá-lo, para estimular sua conduta e ampliar o alcance das suas palavras. Hoje quase não se poderia entender adequadamente a figura do escritor sem levar em consideração sua faceta pública, que, vista em perspectiva, adquiriu a forma de uma espécie de sustentado comportamento ativista, aproveitando a plataforma oferecida pela imprensa e pelas tribunas para difundir suas ideias e combater os desvios que, a seu ver, perturbam a ordem do mundo e o bem-estar da humanidade. Mediante declarações, entrevistas e manchetes contundentes, Saramago compartilhava considerações sobre sua própria criação ou tratava abertamente de questões palpitantes de nosso tempo, elaborando um rico sistema de pensamento de raiz radical, mas também forjando-se uma face social que é parte substantiva da sua robusta figura. E praticou isso de tal modo que, ao mesmo tempo que contribuía para criar uma opinião e desenhar sua silhueta do mundo, ia construindo sua visibilidade pública como intelectual engajado, mais além do contundente espaço ocupado pelo homem de letras, de quem Harold Bloom diria em 2001:
"Saramago é extraordinário, quase um Shakespeare entre os romancistas. Não há nenhum ficcionista vivo nos Estados Unidos, na América do Sul ou na Europa que tenha a sua versatilidade. Dir-se-ia tão divertido quanto pungente. Sei que é um marxista, mas não escreve como um comissário e opõe-se aos impostores da Igreja católica. O seu trabalho ultrapassa tudo isso." 


(José Saramago e Fernando Gómez Aguilera, 
durante a exposição inaugurada em São Paulo, 2008)
Fotogragia via Fundación César Manrique (FCM), aqui

"Polémico e racionalista, sentencioso e imaginativo, original e provocador, político e combativo, sabia articular e mostrar uma refinada autoconsciência sobre seu trabalho, de maneira que, através das suas manifestações, pode-se rastrear uma fina percepção analítica das chaves da sua obra, cujos juízos e informações contribuem para esclarecê-la e compreendê-la. Além de se questionar sobre o papel do escritor, pensava em voz alta sobre a motivação de seus livros, vinculava-se à sua árvore genealógica literária específica, elucidava as relações e diferenças entre História e ficção ou entre Literatura e compromisso, aclarava sua concepção simultaneísta da temporalidade, desmitificava a criação e decifrava seu processo de formalização textual, a singularidade do seu estilo ou as reservas com que se aproxima dos gêneros, enquanto apostava em inovações ou em desenvolvimentos fronteiriços. 
Mas a sua capacidade de ponderação e de penetração no sentido oculto das coisas soube se deslocar da escrita para se pôr a serviço da investigação nas zonas obscuras da História, do ser humano e dos mecanismos de poder, de controle ideológico e de injustiça que condicionam nosso entorno, determinando o sentido da nossa vida. Resistindo às ideias recebidas, afiou seu bisturi, iluminado por uma pertinaz consciência insatisfeita instalada na interrogação permanente, numa confessada desconfiança e num pessimismo voltairianos que lançam um olhar desgostoso, irônico e melancólico sobre o real. Estendeu seus testemunhos, diversificados quanto a seus interesses - não só profissionais, mas, com frequência, sociais e políticos - , ao terreno dos valores éticos e da quebra dos direitos humanos. Censurou o fracasso da razão como moduladora do nosso comportamento individual e coletivo, denunciou o esvaziamento cerimonial da democracia - cujo paradigma contemporâneo ele questionava - e a hegemonia global do poder econômico por exigência de um mercado regido por códigos autoritários e amorais, num mundo que, crescentemente, se faz desumano. Não foram alheios a suas preocupações o tratamento das suas difíceis relações com Portugal, a defesa do iberismo transcontinental, a reprovação da Igreja, a análise severa do papel desempenhado pelos canais de informação, o reconhecimento dos erros do marxismo e a reivindicação, a partir da sua condição de militante comunista, de um novo pensamento de esquerda, construído em tensão com os desafios contemporâneos e capaz de superar as obsoletas fórmulas do passado. Em definitivo, nas observações expressas na imprensa, compartilhou fadigas filosóficas e políticas com a literatura - a qual, como fez Sartre, também não priva desses conteúdos -, ao mesmo tempo que mostrou sua vocação para falar e dialogar franca e polemicamente com seu presente. A prodigalidade com que o autor do Ensaio sobre a cegueira se relacionou com os meios de comunicação, sem levar em conta limites geográficos, serviu-lhe para transladar amplamente ideias e apreciações, apoiado numa viva capacidade de comunicação, num notório didatismo e na inclinação para difundir e compartilhar suas impressões, como se se tratasse de um estrito ato de militância, ou, antes, de pleno exercício da sua liberdade e responsabilidade social. O próprio escritor sempre foi muito consciente da frequência e da amplitude com que se difundia seu pensamento: “Minhas ideias são conhecidíssimas, nunca as disfarcei nem as ocultei. Minha vida é tão pública que se conhece tudo o que pensei sobre cada acontecimento”. Sem dúvida, um mecanismo lubrificado que, por seu colossal volume e ressonância, sustentou uma efusiva relação de atração com o público. José Saramago soube trabalhar os registos comunicativos manejando ideias fortes que problematizam as convenções, favorecidas por uma linguagem acessível, direta, sem aparente elaboração - no entanto, sempre digerida intelectualmente -, filtrada pelas regras do jornalismo e apoiada em grandes metáforas e sugestivas imagens. Além das suas inquietudes morais, sociopolíticas e literárias, em jornais e revistas, rádios e televisões, em encontros e conferências, deixou pormenorizado testemunho da sua biografia, das suas convicções e da sua índole.
Nesta compilação que agora é oferecida ao leitor há um amplo repertório de palavras do escritor português, extraídas exclusivamente de jornais, revistas e livros de entrevistas - cinco publicações de referência para conhecer o escritor, que recolhem suas conversas com Armando Baptista-Bastos, Juan Arias, Carlos Reis, Jorge Halperín e João Céu e Silva, além de uma monografia de Andrés Sorel -, num leque cronológico que abarca da segunda metade dos anos 1970 até março de 2009. Os trechos selecionados foram obtidos a partir da consulta de um vasto corpus de declarações publicadas em diversos países: Portugal, Espanha, Brasil, Itália, Inglaterra, Estados Unidos, Argentina, Cuba, Colômbia, Peru… Naturalmente, a paisagem resultante não pretende nem poderia ser completa, mas é exaustiva e suficientemente significativa do cabedal de atitudes e pensamento com que o prêmio Nobel português exerceu sua fecunda responsabilidade cívica através da mídia, em permanente vigília na hora de meditar e dialogar com seu tempo, construindo um autêntico espaço de resistência com capacidade de ecoar globalmente. Sua vertente de criador de opinião pública fica patente nas páginas que seguem, somente uma metonímia em relação à incomensurável mina de materiais jornalísticos que Saramago gerou mundo afora.
Sempre alerta à hora de interagir com a História e com o contexto, disposto a subverter os grandes relatos e a se manifestar publicamente com a possibilidade de alcançar largas camadas da sociedade, compareceu diante da imprensa sem cansaço e com incomum generosidade, movido pela necessidade imperiosa de exprimir abertamente o que tinha a dizer, sem artifícios, inibições ou duplo linguajar. E essa ampla rede de comunicação que ele teceu serviu-lhe, por sua vez, de incentivo e pretexto para refletir consumada e minuciosamente, também com continuidade, tanto sobre a sua produção como sobre a deriva da sua época. Saramago não sentia preferência pelo diagnóstico bucólico, nem se deve rastrear seu pensamento no espaço acomodado do consenso. Em geral, ele procurava o desassossego, porque entendia as funções criativas como instrumentos a serviço de um projeto cívico e humanizador, cuja fase prévia exige o desmascaramento e a hostilidade crítica que combata o desvio,
o erro. Do mesmo modo que a escrita exige a perturbação do idioma coisificado e da realidade estabelecida mediante a incorporação de novas formas linguísticas e configurações mentais não codificadas até o momento da sua aparição, pensar significa desestabilizar-se interiormente e desestabilizar o discurso consolidado. 
Nesse sentido, o reiterado pessimismo que o caracteriza - provocado pelo malestar com que reagia ante a situação do mundo e a deriva dos seres humanos - deve ser entendido não como uma claudicação, mas como uma energia que questiona a ordem convencional, que penetra e faz cambalear a fachada da aparência e do status quo para modificar a perspectiva e incorporar outros ângulos, leituras e protagonistas. Antecipa, pois, uma sacudida que desencadeia novas reconfigurações, com as quais se procura avançar, melhorar, apesar do ceticismo que envolve sua visão de mundo, mas sem atenazá-la nem estrangulá-la. Como em seu momento Gramsci apontara, trata-se de tornar compatível o pessimismo da razão com o otimismo da vontade. Solidamente ancorado numa arquitetura racional ilustrada, na coerência moral praticada ao longo da sua vida e na reinterpretação das ideias políticas comunistas - matizadas por certa heterodoxia -, Saramago soube alojar sua obra e suas reflexões no lugar do questionamento e da desconstrução do clichê. 
É este, enfim, um livro dos muitos possíveis que poderiam ser propostos sob a orientação que o anima e é, também, uma obra aberta, que não se esgota na literalidade que adota aqui, com a vontade, não obstante, de esboçar uma arquitetura ideológicosocial saramaguiana suficiente, de conformar uma identidade coerente. Os textos se apresentam organizados cronologicamente a partir de etiquetas ou núcleos temáticos que, em si, constituem conceitos recorrentes sobre os quais o escritor se pronunciou e dotou de sentido. Possuem, portanto, a virtualidade de atuar como articulações em torno das quais se desenvolve sua personalidade cultural, anotando alguns dos nódulos inabaláveis do seu mapa literário, intelectual e vital. Por sua vez, essas etiquetas conceituais se apresentam agrupadas em três grandes epígrafes que submergem na identidade de Saramago como pessoa, como escritor e como cidadão engajado. Naturalmente, os compartimentos não são estanques, nem no que concerne à
classificação das citações nem no que se refere à localização das entradas. O leitor talvez se inclinasse por outra ordenação, mas com toda certeza a ordem dos fatores não alteraria o produto final: a imagem fiel que projetam da personagem. Valorizadas com o horizonte que o transcurso dos anos oferece, estas declarações fragmentárias constituem hoje uma valiosa mina de informação e de apresentação de ideias e valores éticos, assim como uma estimulante prática de dissidência e de contestação pública. Nelas está Saramago, o testemunho de um livre-pensador no qual ecoam formidavelmente as tensões, anseios e fracassos de nosso tempo. Mas o mosaico oferecido neste livro também agrega um compêndio de sabedoria. Cada peça desse mosaico supõe um facho de luz e de sentido, configurando a imagem de uma personalidade brilhante e complexa, capaz de radiografar o ser humano e sua circunstância, de diagnosticar seus males e sugerir antídotos ou de confirmar decepções e frustrações. Saramago observa, analisa e tira conclusões poderosas formuladas mediante frases robustas e sugestivas. Essa coleção de agudezas, algumas vezes carregadas de matéria informativa, e outras, por seu fundo sentencioso - como corresponde à atitude grave e irônica com que o autor de Ensaio sobre a cegueira enfrentava a vida -, construídas como aforismos e máximas próprias da literatura paremiológica gnômica, tem o propósito de oferecer uma espécie de levantamento topográfico do pensamento e da visão de mundo do escritor, expresso através de suas próprias palavras, tal como foram recolhidas e publicadas pelas mass media, com o imediatismo, a espontaneidade e a expressividade característicos desse modo de comunicação escrita. Se preferir, o leitor também pode considerar o florilégio como um autorretrato sobre cujo traço é possível perceber os lineamentos maiores de sua fisionomia como romancista, pessoa e cidadão: uma crônica do seu imaginário profissional e vital. Do conjunto, desprende-se um tecido compacto e denso, alinhavado por uma invariável vontade de inteligência, de compreensão e de musculoso diálogo com a realidade,
entre cujos fios não será difícil reunir uma boa representação de perduráveis dicta memorabilia, nascidos da faculdade de aforista do prêmio Nobel português. Tchekhov, que se recusou a trabalhar com heróis e não cessou em seu afã de dessacralizar a literatura e o ofício do escritor - traços compartilhados por Saramago -, afirmou: “A originalidade de um autor se apoia não só em seu estilo, mas também em sua maneira de pensar”.
Fernando Gómez Aguilera

domingo, 28 de dezembro de 2014

José Saramago e as suas entrevistas... documentos para o presente e o futuro...

Pergunto-me. 
Quantas entrevistas, conferências, "mesas redondas", tertúlias públicas, debates, manifestações, intervenções... quantos destes actos, de exposição das suas ideias e palavras, terá José Saramago participado?
Há diversos relatos de salas com milhares de pessoas, acotovelando-se para o ouvir. Relatos de filas intermináveis para recolher o seu autógrafo, como se de uma estrela de cinema se tratasse. 
José Saramago, foi um homem extremamente cuidadoso nas respostas que dava, quando entrevistado, mas essa ponderação, não o impedia de tocar "na ferida" dos assuntos, ou, não evitava o confronto sincero. Era disto que as pessoas, leitores ou não, nele admiravam. A resposta era dada, uma vezes com luva branca, outras vezes, dada com a intensidade de uma dor enorme.
Respondia, sempre com preocupações e anseios, dúvidas, raras certezas, com o confronto e a ironia, e devolvendo outras perguntas.

E agora...

Nestas suas palavras, denota-se a preocupação latente: - será que ajudei? será que fui útil? 

(Sebastião Salgado, Betinho e José Saramago - Rio de Janeiro, 1997)

"Creio que me fizeram todas as perguntas possíveis. Eu próprio, se fosse jornalista, não saberia o que perguntar-me. O mal está nas inúmeras entrevistas que tenho dado. Em todo o caso, tenho o cuidado de responder seriamente ao que se me pergunta, o que me dá o direito de protestar contra a frivolidade de certos jornalistas a quem só interessa o escândalo ou a polémica gratuita."
José Saramago, 2009

"José Saramago nas Suas Palavras"
Caminho, edição de Fernando Gómes Aguilera
Página 13



Catalão José Luis Sampedro com José Saramago
Link para inserção no blog, em 24 de Outubro de 2008,



"86 anos"
"Dizem-me que as entrevistas valeram a pena. Eu, como de costume, duvido, talvez porque já esteja cansado de me ouvir. O que para outros ainda lhes poderá parecer novidade, tornou-se para mim, com o decorrer do tempo, em caldo requentado. Ou pior, amarga-me a boca a certeza de que umas quantas coisas sensatas que tenha dito durante a vida não terão, no fim de contas, nenhuma importância. E porque haveriam de tê-la? Que significado terá o zumbido das abelhas no interior da colmeia? Serve-lhes para se comunicarem umas com as outras? Ou é um simples efeito da natureza, a mera consequência de estar vivo, sem prévia consciência nem intenção, como uma macieira dá maçãs sem ter que preocupar-se se alguém virá ou não comê-las? E nós? Falamos pela mesma razão que transpiramos? Apenas porque sim? O suor evapora-se, lava-se, desaparece, mais tarde ou mais cedo chegará às nuvens. E as palavras? Aonde vão? Quantas permanecem? Por quanto tempo? E, finalmente, para quê? São perguntas ociosas, bem o sei, próprias de quem cumpre 86 anos. Ou talvez não tão ociosas assim se penso que meu avô Jerónimo, nas suas últimas horas, se foi despedir das árvores que havia plantado, abraçando-as e chorando porque sabia que não voltaria a vê-las. A lição é boa. Abraço-me pois às palavras que escrevi, desejo-lhes longa vida e recomeço a escrita no ponto em que tinha parado. Não há outra resposta."

"O Caderno"
Caminho, 2.ª edição
Páginas 115 e 116 (16 de Novembro de 2008)