Perguntam-me não raras vezes:
- "Qual o livro de José Saramago que mais gostaste de ler?"
A resposta que pode ser dada a cada momento:
- "Impossível de dizer... não sei responder, não seria justo para com outros (livros) não nomeados. Mas uma coisa sempre soube. Uma obra de Saramago, enquanto "pseudo ser vivo" ou com "gente dentro" tem que me raptar, prender-me, não me deixar sair de dentro das suas páginas. Fazer de mim um refém, e só me libertar no final da leitura... mesmo ao chegar à última página. Aí, o "Eu" leitor que se mantém refém, liberta-se da "gente que a obra transporta dentro" e segue o seu caminho.
Mas segue um caminho que se faz caminhando, conjuntamente com mais uma família"

Rui Santos
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quinta-feira, 5 de janeiro de 2017

Sobre "As Pequena Memórias" - "Sigo siendo un campesino" Miguel Mora entrevista José Saramago em 13/11/2006 para o "El País" (Cultura)

A entrevista de Miguel Mora pode ser recuperada e consultada aqui
em http://elpais.com/diario/2006/11/13/cultura/1163372401_850215.html

"Sigo siendo un campesino"

Lisboa, 13 de Novembro de 2006

"El premio Nobel narra en Las pequeñas memorias su infancia plácida y pobre en Azinhaga y Lisboa. El libro (que editará Alfaguara en España y se presentará el jueves, día de su 84º cumpleaños, en su aldea natal), está encabezado por el epígrafe "Déjate llevar por el niño que fuiste".

Es un niño solitario y serio; le gusta pensar y observa mucho. Parece feliz a su manera tranquila. Sobre todo cuando va descalzo. "En el pueblo siempre andábamos descalzos los niños y las mujeres. También los hombres, pero cuando se iban a trabajar se ponían las botas. Me gustaba mucho llegar a la aldea, quitarme los zapatos y meterme en el río, pisar el lodo y los rastrojos duros... Es lo que hacía todo el mundo, todos vivíamos así entonces. Pero esa pobreza, y peor incluso, existe todavía".

Se titulan Las pequeñas memorias, y cumplen la promesa por partida triple: son cortas (150 páginas), acaban cuando el autor es aún pequeño (tiene 14 o 15 años) y son muy poco literarias; como si Saramago hubiera arrinconado al escritor para narrar su infancia.

Ese niño contado parece curioso y espabilado, pero resulta difícil adivinarle un futuro brillante, y mucho menos de escritor. Parece destinado sin remedio a ser campesino u obrero. Quizá policía como su padre. "A los 14 años, no había dinero en casa y mi padre decidió que estudiara cerrajería mecánica. A mí me pareció bien y lo hice".

La vida transcurre a caballo entre Lisboa, donde emigra su familia cuando él sólo tiene año y medio, y Azinhaga, la aldea a orillas del Almonda, muy cerca del Tajo, a una hora al norte de la capital, en la que pasaría, una tras otra, todas sus vacaciones escolares.

El niño, llamado José de Sousa (en el libro se cuenta que Saramago se lo añadió por su cuenta un empleado borrachín del Registro: era sólo el apodo de la familia en la aldea), crece en un país campesino y analfabeto y, a su manera parca, incluso entretenido: las familias son muy numerosas, hay celos abundantes, caballos y perros, algunas rebeliones militares, y el régimen salazarista obliga a los escolares a vestir el uniforme de las Mocedades Portuguesas.

También hay mujeres y niñas, a las que Saramago se aficiona pronto, y, sobre todo, dos abuelos maternos fantásticos: Josefa y Jerónimo. "Tuve la enorme suerte de tener aquellos abuelos, pero mis nietos no han tenido la suerte de tener abuelos así. Cuando llegó mi turno, no había aprendido la lección. Suelo decir 'yo no soy abuelo, sólo tengo nietos'. Y sé que soy un desagradecido porque sigo siendo el nieto de mis abuelos".

Pregunta. Sorprende la ausencia casi absoluta de literatura en el libro...
Respuesta. Imaginemos que no fuera premio Nobel, incluso que no fuera escritor, y que por un capricho a estas alturas de mi vida decido ponerme a recordar lo que fui de niño. Eso es el libro. En el fondo, he hecho lo que cualquiera puede hacer. Recordar, con más o menos precisión. En fin, soy escritor y me dieron el Nobel, pero aquel niño no sabía nada de eso y lo que he intentado es no mezclar una cosa con la otra.

P. Lo que sorprende es que haya podido volver a meterse en su piel de entonces.
R. He intentado ser lo más fiel posible a mi propia memoria, y aunque la memoria no es de fiar, esos recuerdos han estado conmigo toda mi vida. Claro que la interpretación de esos recuerdos es otra cosa. Quizá esté mediatizada. Por el Nobel y por todo lo demás.

P. Pero se nota ese esfuerzo de contención.
R. El propósito era ése. Aunque el editor (Caminho) dice que podía haberlo alargado hasta las 300 o 400 páginas, si hubiera hecho eso estaría haciendo literatura. Y sólo me interesaban los hechos. No son hechos secos, porque todo tiene una resonancia. Pero lo importante es que no hay ejercicio de estilo.

P. Queda la vida de ese niño, tan sencilla y dura a la vez, conforme con lo que hay.
R. Los hechos son esos. Hay que tener en cuenta que en los años veinte y treinta los pobres eran pobres y los ricos eran ricos y cada uno estaba en su sitio. No había interpenetración y la gente pobre aceptaba su situación. Las cosas habían sido así desde siempre. No diré que la gente se resignaba; simplemente, aceptaba ese hecho.

P. El retrato de su padre no es muy complaciente. No le dejaba ni ganarle a las chapas...
R. No tenía mala intención, la vida era así: el hombre de la casa tenía razón en todo, y los demás eran satélites. Todos nos queríamos mucho, aunque no fuéramos una familia feliz permanentemente. Mi padre vino de una aldea y se puso un uniforme de policía. Eso cambió las cosas. A mi madre el componente erótico del uniforme le producía unos celos terribles.

P. ¿No sería ese padre policía un detonante de su comunismo?
R. No creo. Cuando llegaba a casa se quedaba en calzoncillos. El uniforme no fue un trauma. Incluso debía sentir cierto orgullo de su autoridad. Llevaba la porra a un lado, la pistola a otro... Seguramente, eso me encantaba; puede incluso que presumiera.

P. Era un chico bastante solitario...
R. Ensimismado, triste. ¡Pero eso no es malo! Cuando veo a los padres preocupados porque los hijos están metidos en sí mismos, siempre les digo: "Dejadle en paz, está creciendo".

P. Muchos recuerdos denotan mucha capacidad de observación. ¿Cree que estaba ya ahí el escritor?
R. Era observador pero desde luego no escribía novelas a los seis años. Fui buen estudiante de primaria y muy bueno en primero del Liceo. Luego la cosa cambió y nunca fui muy aplicado, aunque no perdí ningún año. Después empecé a estudiar para cerrajero mecánico, pero en el programa había una asignatura de literatura y ahí empezó a despertarse el lector.

P. No hay espacio para la política en el libro.
R. En esa época no se hablaba de política. En casa, desde luego, no. Mi padre daba la opinión de los que mandaban. Y mi madre era analfabeta. No se discutía. Sólo se hablaba de la familia, del tiempo, de dónde estaban las zapatillas y de que la sopa tenía demasiada sal.

P. Las pequeñas memorias... También en cuanto a los primeros escarceos amorosos y sexuales...
R. ¿Nada extraordinario, verdad? Todos hemos vivido eso. El caso es contarlo o no contarlo. Era todo tan inocente que preferí contarlo en clave de humor. Si alguna de esas chicas está viva todavía, quizá se moleste... Pero, en fin, era pecado venial.

P. Los héroes del cuento son los abuelos.
R. Están idealizados, seguro, pero es natural. Ahora sólo hay padres (con suerte dos) y los abuelos sabrán dónde están, pero no se nota. Antes eran muy importantes. Así y todo, su destino lógico era el olvido. Si no hubiera escrito el libro, no habría quedado rigurosamente nada de ellos. Sólo un nombre en el registro. Me reconforta mucho haberlo hecho por eso, para que sigan teniendo de alguna forma una vida.

P. En el libro no se oye música, a pesar de que en Lisboa vivieron en Mouraría, un barrio fadista.
R. No teníamos radio, así que la banda sonora era la palabrería que se oía cuando cocinaban tres o cuatro mujeres a la vez y los niños estaban jugando y gritando.

P. ¿Qué queda de aquel niño?
R. De alguna forma sigo siendo un campesino. Parece disparatado decirlo pero sólo yo puedo saber lo que llevo de campesino dentro de mí. En gran parte sigo siendo ese niño. Mis raíces más auténticas son ésas. El pasado está lejos pero nunca me he podido separar de él. Lo que está entre la infancia, la adolescencia y lo que soy hoy no me marcó tanto. El carácter se forjó en aquel momento.

P. ¿Ha tratado de desmitificar el mito Saramago?
R. Es cierto que estoy un poco mitificado, aunque yo no he hecho nada para que eso pase. La idea no era ésa. Quizá quería decir "usted conoce a un hombre que es esto y aquello, pues ese hombre viene de aquello, de esa infancia tan poco extraordinaria". Todo apuntaba a que mi vida se quedaría allí. Pude ser cerrajero siempre y no ir mucho más lejos, pero por una cosa u otra... A los 17 años solté una frase estando con unos amigos que aparentemente no tenía ningún sentido: "Lo que tiene que ser mío, a mis manos llegará". Podía significar que no valía la pena esforzarse, pero me esforcé y...

P. ¿Dónde estuvo la clave?
R. El momento decisivo fue en 1975. Me había quemado mucho en la Revolución, me quedé sin trabajo y decidí intentar ver dónde podía llegar como escritor. Tenía algunos libros pero no una obra. Si hubiera muerto en 1975 quedaba poca cosa, con dos líneas en la Historia de la Literatura Portuguesa resolvían mi caso. En el 86 conocí a Pilar [del Río, su esposa y traductora al español] y ésa fue otra revolución en mi vida.

P. Y poco después fue a recoger el Nobel y habló de sus abuelos.
R. No todos tenemos un abuelo que cuando se iba a marchar a Lisboa para morirse pasó antes por su huerta para despedirse de sus árboles. Si olvidas algo como eso eres un idiota. Si no te alimentas de eso te estás perdiendo algo. Eran tan tiernos... Ponían los cerditos en la cama con ellos cuando estaban enfermos para que no se murieran. Tres o cuatro a la vez, debajo de la misma manta que ellos utilizaban. Con ese pasado, algo tenía que pasar.

* Este articulo apareció en la edición impresa del Lunes, 13 de noviembre de 2006

sábado, 11 de julho de 2015

Juan Cruz do "El País" entrevistou José Saramago "Saramago vuelve a la niñez" (20/08/2006)

"No podía dar una visión idílica de tiempos que de idílicos no tenían nada", explica el escritor portugués, de 83 años, a propósito de su infancia. Acaba de terminar de escribir 'Las pequeñas memorias'.

A entrevista pode ser lida e consultada, aqui,

"Saramago vuelve a la niñez" de Juan Cruz (20 de Agosto de 2006)

(José Saramago / Associated Press)

José Saramago tiene 83 años y acaba de volver a la niñez, escribiendo Las pequeñas memorias, que terminó esta misma semana (el 15 de agosto) en su casa de Lanzarote. Hablamos con el premio Nobel portugués en la biblioteca que acaba de estrenar. "Pude haber pensado que un día tendría el Nobel, pero jamás se me pasó por la cabeza que tendría una biblioteca como ésta. Claro, es obra de Pilar". Pilar es Pilar del Río, su mujer, su traductora; ya trabaja en la traducción de Las pequeñas memorias. La biblioteca está completamente informatizada, y está conectada a la Universidad de Granada y a otras instituciones docentes y literarias del mundo. Ya Saramago ha publicado más de 40 libros; el último fue Intermitencias de la muerte (Alfaguara). Las pequeñas memorias se publicará el 16 de noviembre en su editorial portuguesa Caminho, coincidiendo con el cumpleaños del escritor, y se presentará ese mismo día en Azinhaga, su pueblo natal; en España, el libro aparecerá en Alfaguara, como toda su obra.

Pregunta. ¿Qué se siente al acabar un libro?
Respuesta. Emoción. A veces, lágrimas. Ocurrió con Ensayo sobre la ceguera, con Intermitencias de la muerte. Cuando acabas, te despides, entra una especie de vacío, ¿y ahora qué? Siempre.

P. ¿Pasó con éste?
R. Pasó. Es un libro de memorias de cuando era pequeño; se iba a llamar El libro de las tentaciones, pero me pareció pretencioso, así que le puse este título, que es idéntico a su propósito: Las pequeñas memorias. Me quedé siempre muy atado al niño que fui, y ahora me ha sorprendido la cantidad de recuerdos que tenía de aquella época. El libro me ha hecho sufrir un poco. Al final también hubo alivio.

P. ¿Sufrió escribiéndolo?
R. Porque algunas cosas que cuento son dolorosas. Recuerdos familiares que no son agradables, que me tocaron negativamente; podía haberlos omitido, pero no podía dar una visión idílica de tiempos que de idílicos no tenían nada. Eso me ha producido dolor. Y a veces me he bloqueado. Sólo me había sucedido con Manual de pintura y caligrafía.

P. Dolor en la niñez.
R. Cosas que un niño no debía haber visto. Cuando lo leas sabrás de qué estoy hablando.

P. Ochenta y tres años. ¿Qué le ha hecho volver a una edad tan remota?
R. Es una idea que ya llevaba más de veinte años en mi cabeza. Ahora o jamás. Son 150 páginas. No es literatura sobre lo que he vivido, sino lo que he vivido. Si hubiera literaturizado la vida hubieran salido 500 páginas.

P. ¿Qué efecto sentimental produce una confesión así?
R. Un adulto escribe memorias de adulto, acaso para decir: "Miren qué importante soy". He hecho memorias de niño, y me he sentido niño haciéndolas; quería que los lectores supieran de dónde salió el hombre que soy. Así que me centré en unos años, de los 4 a los 15.

(José Saramago / Consuelo Bautista)

P. ¿Y de dónde viene?
R. El libro tiene un epígrafe, que viene de un libro que me inventé, Libro de los consejos: "Déjate llevar por el niño que has sido". Si no hubiera vivido aquella infancia no sería exactamente éste que soy. Algunos puntos significativos de mi forma de ser son las de aquel niño.

P. ¿Rejuvenece escribir memorias?
R. Puede que sí. Lo que es cierto es que lo he escrito como si estuviera viviendo en aquel momento.

P. Dos Nobel, Grass y usted, escribiendo memorias.
R. Las suyas son diferentes.

P. ¿Cuál es su reacción a lo que ha sucedido con Grass?
R. Primero he tenido perplejidad. Nunca hubiera pensado que él hubiera estado en las Waffen-SS..., y menos aún que hubiera ido como voluntario. Y me ha sorprendido la violencia de las reacciones. Él tenía 17 años. ¿Y el resto de la vida no cuenta? Me parece una reacción hipócrita la que ha habido, de mucha gente que acaso no consulta su propia conciencia. Mucha gente quiere buscar pies de barro a personalidades influyentes. Me recuerdan al que iba de ciudad en ciudad, siguiendo un circo. Un día le preguntaron: "¿Por qué sigue tanto a este circo?". "Porque quiero ver cuándo se cae el trapecista y se mata". Y me parece indigna, infame, la insinuación de que Grass ahora lo dice por motivos promocionales de su libro. ¿Qué juez puede decir que una confesión viene demasiado tarde? La verdad es que lo ha dicho, ahí está su confesión.

P. Le hemos visto firmando una declaración de notables sobre Cuba. ¿Cómo ve el futuro?
R. Se observa menos crispación en el exilio. Y estamos percibiendo señales de que empieza la transición. Ojalá la haga el pueblo cubano, sin interferencias, aunque siempre cabe preguntar si Estados Unidos se va a limitar a asistir a esa transición.

P. ¿El pueblo cubano de dentro y de fuera?
R. Claro. Espero que haya negociación, diálogo, ya no hay lugar ni para invasiones ni para asesinatos, sino para que haya acuerdos básicos que contemplen también las indudables conquistas de la revolución: sanidad, cultura, educación...

P. Otro asunto de su preocupación. Estalla Oriente Próximo.
R. Mientras no se resuelva el problema de Palestina, que tenga su Estado, no habrá paz allí. Israel produce una ocupación militar de Palestina, manda a guetos a sus nacionales. No se me va de la memoria lo que dijo un intelectual judío, Leibovitz, sobre el carácter judionazi de su Ejército, de las reacciones de su Ejército; y no se va de mi memoria el dolor que produce ver niños a los que rompían los huesos de las manos, con martillos, en el curso de la primera Intifada. Cuando digo que las víctimas, con las que todos nos solidarizamos, no pueden hacer de verdugos y llamo la atención sobre ese carácter de la reacción militar israelí, siempre oigo voces -"ya está de nuevo el Saramago ese"-, pero lo que digo es la verdad, tiene que ver con los hechos...

P. ¿Qué hacer?
R. Ojalá los organismos internacionales comprendan esto de una puta vez: mientras eso no se resuelva, Israel siempre se sentirá amenazado, y responderá con la agresividad que muestra su Ejército, el más poderoso de la región. Algún signo positivo he visto últimamente: la posible alianza de Al Fatah con Hamás para gobernar.

P. Usted no es un hombre optimista.
R. ¿Cómo vas a ser optimista si lees el periódico? El mundo es el lugar del infierno; millones nacen para sufrir; no les importan nada a nadie. No soy un pesimista, soy un optimista bien informado.