Perguntam-me não raras vezes:
- "Qual o livro de José Saramago que mais gostaste de ler?"
A resposta que pode ser dada a cada momento:
- "Impossível de dizer... não sei responder, não seria justo para com outros (livros) não nomeados. Mas uma coisa sempre soube. Uma obra de Saramago, enquanto "pseudo ser vivo" ou com "gente dentro" tem que me raptar, prender-me, não me deixar sair de dentro das suas páginas. Fazer de mim um refém, e só me libertar no final da leitura... mesmo ao chegar à última página. Aí, o "Eu" leitor que se mantém refém, liberta-se da "gente que a obra transporta dentro" e segue o seu caminho.
Mas segue um caminho que se faz caminhando, conjuntamente com mais uma família"

Rui Santos
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domingo, 6 de março de 2016

"Se me desenterró un lenguaje" . Ezequiel Martínez entrevista José Saramago para o "Ñ Revista de Cultura Clarín" (22/11/2008)

"Se me desenterró un lenguaje"
Saramago habla en este reportaje exclusivo sobre su nueva novela, El viaje del elefante, cuyo estilo debe en gran parte a una enfermedad que lo tuvo entre la vida y la muerte. Además del relato, el libro puede ser interesante para el lector, dice, porque está escrito en un lenguaje nuevo, desconocido.
Ezequiel Martínez, Ñ Revista de Cultura - 22/11/2008



A entrevista pode ser recuperada e consultada aqui
em http://edant.revistaenie.clarin.com/notas/2008/11/22/_-01806877.htm

"Mi casa es mi castillo", me había dicho el día anterior José Saramago. Sólo allí logra algo semejante a un refugio levantado con muros de palabras: "Lo que más disfruto, ahora mismo, es el simple acto de estar escribiendo", aclaraba al mediodía siguiente en el "castillo" que tiene en Madrid, un departamento que más que una casa, funciona como una posada de paso durante sus trajines por el mundo. Sin embargo, el lugar está tapizado de recuerdos, fotografías, libros... Pilar del Río, la esposa y traductora al español de la obra de Saramago, se encarga de que el dúplex madrileño –al que no regresaban desde hacía un año– no tenga la apariencia de un hogar de utilería. 

Dos veces había venido a este edificio y las dos veces me perdí. Aunque está en pleno centro de la capital española, en un punto intermedio entre el Mercado de Fuencarral y la Gran Vía, la calle De la Madera se esconde en la cartografía más enredada de la ciudad. Como si deliberadamente los Saramago hubiesen querido despistar a los intrusos. Es que desde hace exactamente diez años, cuando se convirtió en el primer escritor de habla portuguesa –y hasta ahora el único– en recibir el Premio Nobel de Literatura, Don José no ha parado: "Se parte del principio de que el escritor tiene que tener una opinión sobre todo, y si ese escritor es un Premio Nobel, bueno... los pedidos de opinión llegan hasta la estratósfera", se resigna el autor de Memorial del Convento. 

El dice que la opinión que vale es la que da como ciudadano. Uno que acaba de cumplir 87 años y una decena de novelas. La más joven, El viaje del elefante, estará a fines de noviembre en casi todas las librerías de habla hispana. Esa era la excusa para esta entrevista, que de manera inevitable navegó también por la vida y por la muerte. 

Un año atrás, luego de un viaje a Buenos Aires para participar como jurado del Premio Clarín de Novela, la salud del escritor se complicó con una neumonía que lo dejó suspendido en una frontera de la que casi no regresa. Hubo mucho de ese viaje en esta charla, anudado a otro, el del elefante Salomón que protagoniza este nuevo libro, cuya travesía de Lisboa a Viena en el siglo XVII es un hecho histórico que Saramago visitó de ficción. 

–Muchas veces usted contó que lo primero que tenía de una novela era el título... 
-Bueno, primero quiero decir que yo no la llamo novela, y tampoco es un cuento. El lector decidirá lo que es este libro. Pero en este caso lo primero no fue el título, y no le encontraría otro aunque lo buscara. ¿Qué es lo que cuento aquí? Simplemente el viaje que en el siglo XVII hace el elefante que el rey Juan III de Portugal le regala a Maximiliano, archiduque de Austria. Es una historia real, que sucedió, y no podía tener otro título que El viaje del elefante . 

-¿Qué dificultades encontró a la hora de poner a un animal como protagonista del relato? 
-Mira, hay algo que para mí quedó clarísimo desde el principio, y es que yo no podía ni debía antropomorfizar al elefante. Cada vez que se habla en la literatura de animales, el autor cede a la tentación inmediata de poner sentimientos humanos en los animales. Esto ocurre constantemente, y mi preocupación para no hacerlo partió de algo muy sencillo que me dije a mí mismo: "Tú no sabes lo que es ser un elefante. ¿Vas a poner el elefante a pensar, a pensar cómo?" Un ser humano se puede decir que piensa con palabras, y si no es con palabras, sabemos que aquello que está pensando se puede traducir en palabras. ¿Se puede decir lo mismo de un elefante? Esa es una manía nuestra. Nosotros tenemos un perro, por ejemplo, y aunque creemos saber lo que es un perro, no lo sabemos. No sé lo que pasa dentro de esas cabezas. Yo sé que mi perro Camoes me quiere, pero qué es lo que significa que yo diga "Mi perro me quiere". No sé lo que pasa por esa cabeza. Yo he llorado con la muerte de uno de mis perros, ¿pero lloraría él si yo me muriera? No, que se sepa los perros no lloran. Entonces uno cae en la tentación de la antropomorfización del animal. Eso me preocupaba desde el primer momento en que se me ocurrió este libro: todo, menos poner al elefante a pensar. Concluyendo: el elefante es otro, y yo no tengo el derecho a transformarlo en algo más cercano a mí. 

-Otro detalle ajeno a sus costumbres es la de haber adelantado un fragmento del libro. Además lo hizo a través de las páginas de su blog. 
-Siempre he sido contrario a los adelantos en los periódicos o las revistas, siempre. En Portugal siempre me lo piden y nunca lo he permitido. Lo del anticipo en el blog no fue idea mía sino de Pilar, y aunque sigo sin estar muy de acuerdo, ella ha puesto un fragmento que está muy bien elegido. Habla de un hombre no identificado que se pierde en medio de la niebla, y que se salva al escuchar al elefante. Para Pilar es como una premonición de mi enfermedad. Eso es lo que piensa ella, y se puede discutir, pero hay cierto fundamento de verdad. Esa escena fue escrita después de que yo saliera del hospital, y por lo tanto llamar premonición a algo que de hecho había ocurrido, parece una contradicción... 

-Se refiere al personaje que logra atravesar una niebla muy espesa al escuchar el barrito del elefante que lo orienta para reunirse con la caravana de soldados que había perdido. 
-Sí, pero en realidad ese hombre no escucha nada, porque el elefante no ha soltado ningún barrito. Todo eso pasa en la cabeza de un señor que está perdido y que en el fondo cree que está pasando algo que no está pasando. 

-Lo salva eso que está imaginando... Pilar me comentaba que mientras usted estuvo internado también escuchaba un llamado. 
-Bueno, si seguimos con esto de la premonición, y aunque a Pilar no le guste el símil, el elefante en ese caso era ella. Una noche, en la clínica, en medio de las pesadillas más horribles que he tenido en toda mi vida, ocurrió que yo la llamaba a los gritos, pero eran gritos dentro de mi cabeza. 

-¿Recuerda esas pesadillas? 
-Sí, las recuerdo, pero son demasiado desagradables como para ser reproducidas... 

-¿Tenían que ver con el temor a la muerte? 
–No, directamente no. Además, a lo largo de esta enfermedad, en ningún momento he tenido eso que llamamos temor a la muerte, nunca. Al contrario, lo que quedó es una serenidad que yo podría explicar de esta manera: si me hablan de la muerte, yo podría contestar: "Sí, ya la conozco". 

-Uno está tentado a sugerir que aquellos gritos dentro de su cabeza eran del elefante Salomón, que le pedía siguiera contando su historia. 
-Yo ya tenía unas cuarenta páginas escritas antes de internarme. Cuando los médicos me dieron el alta, la verdad es que veinticuatro horas después de llegar a casa ya estaba escribiendo otra vez. Tenía clarísimo adónde quería llegar, cómo llegar. Puede sorprender –y creo que es muy legítimo que sorprenda– cómo es que un libro cuya escritura coincide con un período tan difícil de mi vida, con una enfermedad que podía ser mortal, puede estar tan lleno de buen humor, pueden ser halladas tantas ironías... 

-¿Y a qué lo atribuye? 
–Me da mucha pena que no hayan sido registrados los diálogos que mantenía con los médicos en la clínica. Eran unos diálogos con una total libertad de expresión y de lenguaje; yo me permitía lo que podría ser considerado como una falta de respeto: ser irónico con ellos, y en algunos casos hasta sarcástico. A veces me pregunto –y no sé cómo contestarlo– de dónde surgía esta especie de duplicación de mi mentalidad: era un señor que estaba gravemente enfermo, y otro que se permitía una absoluta libertad de lenguaje. 

-Algo así como "el hombre duplicado", el título de una de sus novelas. 
-Es que efectivamente algo había pasado en mi cabeza durante esa enfermedad. A lo largo de una vida –y en mi caso de una vida larga como persona y como escritor–, uno se reconoce por su lenguaje. Pero durante la existencia se van acumulando sedimentos de todo, incluso del lenguaje. Hay palabras y giros que desaparecen, que dejamos de usar, entonces viene otro sedimento que se superpone al sedimento anterior... Ahora, ¿qué es lo que me parece que ha sucedido? La enfermedad ha hecho aparecer en la superficie sedimentos que estaban ahí debajo, soterrados, sepultados... Esto ocurría también en el proceso mismo de la escritura: ciertas palabras, giros y expresiones que yo creía olvidados, aparecían con toda naturalidad, no es que yo los buscara con la intención de hacer algo diferente, no... Por eso pienso que además del interés que tenga el libro por la historia que cuenta, creo que uno de los motivos de atención particular del lector tendrá que ver con este lenguaje. Es un lenguaje distinto. 

-En un momento del libro, el comandante portugués encargado del traslado del elefante desde Lisboa, dice: "Algo me ha mudado por dentro en este viaje". ¿Este viaje suyo también le mudó algo por dentro? 
-Eso siempre se puede decir. Se cambia dentro de lo que se es, y yo sigo siendo el que era. Ahora, lo que me gustaría es que el lector, a la hora de leer el libro, sintiera eso, que está viajando... ¿Pero en la figura del archiduque? No. ¿En la del cornaca? Ni siquiera, aunque podría ser... Pero lo que me gustaría que el lector pensara es: "Este elefante soy yo". El epígrafe del libro, de un supuesto "Libro de los Itinerarios", dice: "Siempre llegamos adonde nos esperan". Y la pregunta es inevitable: "¿A qué se refiere eso?" Y la respuesta sólo puede ser una: a la muerte. Siempre llegamos a la muerte, ahí nos están esperando. 

-La religión es otro tema presente. Se habla de la Inquisición, también hay una discusión casi teológica sobre la Santísma Trinidad que concluye con esta frase: "Dios es el elefante". 
-Podría ser... Pero mira, yo no creo que haya podido existir alguna vez un dios, y cuando digo esto no me refiero únicamente al Dios de los cristianos, sino a cualquier dios. No hay dioses, los hemos inventado porque los necesitábamos. Pero como de todos modos le tememos a la muerte, si podemos creer que de una forma u otra habrá una existencia después de ella, entonces encantados. Pero para eso se necesita alguien superior, esa especie de autor primordial que permite que esto siga funcionando, y ese sería Dios. No creo y nunca lo he creído. En un universo en donde hay 400 mil millones de galaxias, y cada galaxia, según mis cálculos, tiene millones de estrellas, y cada estrella tiene sus sistemas de planetas en ese vacío total del universo... Bueno, bueno, si yo fuera Dios, habría inventado un universo menos complicado, más cómodo, más confortable. Es decir, me parece absurdo. Yo hablo tanto de religión porque me cuesta trabajo comprender, además por qué, si yo tengo una religión, estoy obligado a odiar a la gente de otras religiones. No debería sorprender, porque los que siguen al Real Madrid no pueden ni pensar en los que siguen al Barcelona. Si esto sucede en algo tan rudimentario como el fútbol, qué es lo que no ocurriría si yo creo en un dios y no puedo soportar la esencia de alguien que cree en otro dios. Es la prueba de que en el fondo somos bastante estúpidos, con todo respeto. Por eso a veces digo que el mundo sería mucho más pacífico si todos fuéramos ateos. 

-Usted dijo que le gustaría que la gente lo recordara como el autor del personaje del perro que enjuga las lágrimas de una mujer en "Ensayo sobre la ceguera". ¿Sigue pensando lo mismo? 
-Sí, claro, eso es algo que responde a un sentimiento más profundo de lo que parece. Cuando digo que si yo tuviera que ser recordado por algo, me gustaría que me recordaran como el creador del perro de las lágrimas, primero porque creo que a nadie se le ocurrió que en una situación como aquella, terrible, de hambre y de búsqueda de alimentos todos contra todos, un perro que se acercara a una mujer desesperada sentada en el suelo llorando, y que en un gesto de compasión, le secase las lágrimas con la lengua... Pues sí, creo que he añadido algo nuevo a las situaciones que transitan de una obra a otra, de un autor a otro, en eso que llamamos cuento, o novela... "

quarta-feira, 30 de setembro de 2015

Luis Pastor "Con Saramago en la voz" - entrevista à Revista Ñ Clarín (Irene Amuchastegui 23/09/2015)


(Foto de Luis Pastor que acompanha a entrevista)

A entrevista pode ser consultada aqui, 

De Irene Amuchastegui, 23/09/2015

"En su comentario para el álbum En esta esquina del tiempo , José Saramago compara la voz del español Luis Pastor, “áspera y al mismo tiempo suave”, con las de “los grandes trovadores del siglo pasado”. Y formula una invitación de la concisión más contundente: “Oigámoslo”. El disco reúne poemas del escritor portugués, musicalizados e interpretados por Pastor. El texto de presentación sentencia: “El tiempo cabe todo en la duración de un disco”. Este se publicó en edición bilingüe en 2006, en Europa, y acaba de aparecer en español en la Argentina, donde Luis Pastor nunca había actuado, hasta ahora. En su primera visita a Buenos Aires, también estrena su primer tango y su propia cuenta de Facebook. La cuenta acaba de crearla su hijo Pedro, también músico, en la computadora del lobby del hotel, y debuta en la red con un anacrónico: “Nos modernizamos”, lleno de irónico encanto para un cantautor de los de la vieja guardia. En cuanto al tango, “Uno de mayo”, es un poema de Luis García Montero, granadino de su misma generación, a quien conoció por un libro que le regaló Joaquín Sabina. “Me va a acompañar mi hijo, que toca mejor que yo. Yo no sé tocar un tango. Yo estoy en la frontera de todas las músicas: hago mornas de Cabo Verde sin haber estado allí, hago fados de Portugal y ahora he dejado fluir la copla, que está en mi origen, y de la que había escapado para convertirme en el cantautor que quería ser. Entre España, Cabo Verde y Lisboa, vienen y van las músicas que hago, Atlántico por medio. A veces, tocan también estas costas, porque más allá de todas mis influencias portuguesas y africanas, tengo algo muy latino. Cuando tenía 16, como era un ‘niño de copla’ que tenía que aprender a ser otro cantante, además de los nuestros, como Paco Ibáñez, o de los portugueses, como José Afonso, yo cantaba “A desalambrar” de Viglietti y escuchaba a Mercedes Sosa, a Atahualpa, a los grandes. Yo siempre he estado ahí”.

–Es curioso, entonces, que no hayas venido antes.
–Lo explica mi propia trayectoria: soy un cantautor que viene de una tradición de finales de los años 60 y de los 70, donde la canción no era una vía para volverse famoso, ganar dinero, dar “el salto”. He viajado sólo cuando me han llamado: a Nicaragua en los 80, con mi banda, a Chile, a Brasil… Pero nunca me había planteado hacer una gira. No soy ambicioso. Nunca me he fiado de oficinas ni representantes… Mi primer manager ha sido un cura obrero. El anti-manager. Por otro lado, en los 90 sentía que había mucha gente que me tenía que descubrir en España misma, porque las nuevas generaciones no se paraban a escuchar. El cantautor había quedado estigmatizado como un tipo aburrido, un matraquero, un panfletero… un coñazo.

–En “¿Qué fue de los cantautores?” hablás de aquellos que aún resisten “en sus trincheras”. ¿Recuperaron espacio?
–En la España de fines de los 70, el cantautor empieza a ser denostado, como un tipo que, muerto Franco, no tenía razón de ser. Yo lo sufrí en mi persona, cuando me retiré tres años en el 79 y volví en el 81 con disco nuevo: aquella misma gente que antes había hablado bien de mí en las radios y en los medios, de pronto me negaba el pan y la sal. Pero a mí me ha salvado que soy, sobre todo, un ser musical: más allá de toda mi historia política y de barrio, de trabajador, de obrero y de militante, fui un niño que a los 7 años cantaba a Joselito. Me transformé en el cantautor que quería ser y he persistido en ese camino. En los 90 hice la obra más bonita posible. Yo creo que ahí está por fin mi triunfo: haber aprendido con los años a contarme en canciones. Porque yo era un niño sin estudios. Fui un trabajador desde los 9 años, sólo estuve en la escuela 4 años.

–¿Te faltaban herramientas para lograr la expresión a la que aspirabas?
–No me faltaban porque descubrí a los poetas y fui a por ellos, buscando lo que yo quería decir y ellos decían mejor que yo. Me prohibieron el primer disco, cuando tenía 20 años: de once canciones, me prohibieron diez. Mi primer single fue “Con dos años”, de Miguel Hernández, y un poema de Pablo Neruda que se llamaba “La huelga” y para pasar la censura tuve que rebautizar “La huelga del ocio”. Claro, el hecho de musicar a grandes poetas a mí me puso el listón muy alto y me he exigido siempre cierto nivel en mis letras. La vida a veces es circular: en los últimos diez años, desde el disco de Saramago, siento que vuelvo al punto de partida. He vuelto a musicar poetas y escribo menos yo. Aunque las letras del último disco ( ¿Qué fue de los cantautores?) son todas mías y tengo otras cosas esperando por ahí, he vuelto a los poetas. Cuando terminé En esta esquina del tiempo me puse a leer a los poetas canarios y encontré todo un mundo. Luego, hace unos años fue el centenario del nacimiento de Miguel Hernández. Yo no lo leía desde el 79. Lo releí y descubrí a otro Miguel: cuando era joven, yo iba buscando la lucha, la cárcel, la guerra y ahora encontré a un Miguel pletórico de imágenes de una fuerza que ningún poeta ha sabido expresar. Miraba los versos y decía: esto es una copla, esto es flamenco… He musicado de una pegada veinte poemas y se los he regalado a Carmen Linares, la más grande cantaora de flamenco, que montó un espectáculo en el que la mitad del repertorio es ese. Al grupo Jarcha le di otros nueve poemas musicados de Miguel. Yo nunca los grabé, pero quiero hacerlo.

–¿Cómo surgió el proyecto de En esta esquina del tiempo?
–Con Saramago nos conocimos en un programa de televisión y quedamos amigos para siempre. Cada vez que íbamos a cantar a Lanzarote con Lourdes, mi mujer, lo visitábamos. Uno de esos días me ha regalado su poesía completa. Al despedirme le he dicho: “Te voy a musicar”. Y él me ha dicho: “A ver si es verdad”. Ahí arrancó todo. Cuando monté en el avión y vi esos poemas, que tienen 45 años, pues él no volvió a escribir poesía, sentí que me estaban esperando. Eran para mí. Al leerlos me parecía que ya la música estaba puesta. Ha surgido sin pretenderlo. Al llegar a casa, he compuesto 18 temas en tres días de una semana: lunes, miércoles y viernes.

–¿Cómo reaccionó Saramago al escuchar por primera vez el material?
–Estábamos en mi casa con José, Pilar del Río, Miguel Ríos y su mujer. Yo había grabado una maqueta en una hora. Nos sentamos a escuchar, pongo la primera canción y Miguel dice: “Qué bonita música”. La segunda y Miguel comenta: “Qué música más bonita”. Ya a la tercera, José le retruca: “Bueno, las letras tampoco están mal…”

–Volviste a trabajar sobre poemas de Saramago para una versión teatral de El viaje del elefante. ¿Cómo fue eso?
–Vino un director de teatro a pedirme que hiciera las músicas y las letras para esa obra. Y yo le he dicho: “No, Saramago apunta en sus poemas lo que luego desarrolla en sus novelas. Verás cómo para cada escena vamos a encontrar dos o tres poemas”. Y así fue. Es maravilloso el encuentro de una novela convertida en obra de teatro que a su vez se nutre de su poesía… José hubiera flipado."

sábado, 22 de agosto de 2015

"Literatura en voz alta" de Márgara Averbach, da Revista Ñ Clarin (26/06/2010)

(...) Todas as características da minha técnica narrativa actual 
(eu preferiria dizer: do meu estilo) provêm de um princípio 
básico segundo o qual o dito se destina a ser ouvido. (...)
Cadernos de Lanzarote II - (15/04/1994)


Recuperação do texto de Márgara Avelach, onde aborda a oralidade e a musicalidade das suas palavras.
Pode ser consultado e lido aqui, 
em http://edant.revistaenie.clarin.com/notas/2010/06/26/_-02203707.htm

Revista de Cultura Ñ - Clarin
Márgara Averbach (26/06/2010)

"Literatura en voz alta"
"Lo que hace inolvidable la obra de Saramago, dice la autora de este texto, es el ritmo oral de sus palabras, la intensidad emocional de su prosa, su capacidad para poner en el centro de la escena a los que la historia anota en los márgenes."



"Cuando lo conocí, sonaba ya para el Premio Nobel. Después de Memorial del convento, que me rodeó como un río salvaje mientras yo trataba de sostener el libro entre las manos, yo había leído casi todos sus libros. Tal vez por eso me animé a hacer la entrevista para el suplemento de Clarín pero tenía miedo: sabía poco de literatura portuguesa y las entrevistas no eran (no son) mi campo preferido. Cuando nos sentamos los dos frente a un grabador, lo primero que hizo José Saramago fue decir –la voz baja y dulce que sigo guardando en una cinta– que me agradecía las críticas de sus novelas. Que las había leído. Eso lo pinta entero: un candidato al Nobel que trataba de tranquilizar a una periodista asustada, que incluso se había preocupado por leerla. 

Su voz tenía el mismo ritmo que su escritura. Me dijo que escribía como hablaban los campesinos de su pueblo y que encontrar esa voz –esa prosa de aliento largo, sin puntuación de diálogo, aparentemente densa– lo había convertido en escritor. Algunos amigos me dijeron que era "demasiado difícil" de leer. Saramago conocía esos comentarios (cómo duele decir "conocía" en el pasado). "Mis libros se entienden si se leen en voz alta", me dijo. Es cierto: yo, que siempre leí en voz alta para los míos, lo sé. Si se lee en el aire, si se diferencian los personajes con la garganta, su prosa, tan bien traducida por su mujer, Pilar del Río, dice lo que quiere decir y lo dice con una sencillez conmovedora.

Saramago mira siempre a los márgenes, a los olvidados. Cuenta, por ejemplo, la historia más conocida de Occidente, la de Jesús, pero se atreve a dejar que sea Jesús mismo –ese al que siempre cuentan otros– quien se diga a sí mismo (El evangelio según Jesucristo). O entra en un mundo de castillos pero elige a la mujer de la limpieza como protagonista (El cuento de la isla maravillosa). O teje un relato sobre reyes pero pone en el centro al elefante que alguien decide regalarle a los poderosos y al hombre que lo conduce (El viaje del elefante). O construye una novela sobre un libro de historia y se interesa no por el historiador sino por un humilde corrector (Historia del cerco de Lisboa). O elige a la mujer del médico y no al médico en Ensayo sobre la ceguera. O, en su último libro, Caín, pone los ojos en un personaje rechazado. 

No es por casualidad: él siempre dijo (dice, querría escribir yo) que le interesaba la historia, que quería cambiarla, poner en ella lo que se había "dejado afuera". Hay ideas en lo que cuenta. El las repite (repetía) siempre, incluso cuando sabía que alguien podía ofenderse: la defensa de los humildes; el comunismo como utopía ("soy un comunista visceral", dijo); la relación entre los seres humanos y el resto del planeta (la forma en que sus perros se acercan a sus personajes, por ejemplo, es un hilo que se sigue de libro en libro). 

Lo que hace inolvidable su literatura –además del ritmo oral de sus palabras– es la intensidad emocional de su prosa, que golpea justo en el centro del cuerpo y el manejo certero de ciertas escenas de contenido simbólico. Para hablar del libro que estaba escribiendo cuando lo entrevisté, y que no lo dejaba dormir por el miedo, digamos, por ejemplo, la masacre en el supermercado en Ensayo sobre la ceguera, una de las alegorías más perfectas sobre el consumismo del siglo XX, o la ceguera misma, esa ceguera blanca y contagiosa que lleva a la humanidad hacia el desastre.

"Hablar es como hacer música: hablamos con sonidos y con pausas y la música se hace con sonidos y con pausas", me dijo entonces. "Yo tengo muy claro que el discurso oral es mucho más creativo que el escrito. A la hora de decir algo, todos lo decimos. La verdad es que hablando todos somos creadores". Ese es el discurso que reinventan sus libros cuando escriben en algo que él llamó "idioma hablado pero escrito". Tal vez ahí esté el centro de la coherencia intensa, única de la obra de Saramago: él escribe (sí, sí, en presente) para rescatar a los que no recuerda "la historia oficial"; escribe para evitar que vayamos todos hacia "donde va el mundo: hacia la superficialidad, el egoísmo, esa especie de histeria consumista", y lo hace de la mejor manera posible, con el lenguaje que quiebra las diferencias, el lenguaje en el cual todos somos artistas, el de la oralidad. Por eso, dice que los de abajo sí lo entienden. Porque ellos se reconocen en él, se ven en el espejo que él construye.

Saramago me dijo que sus libros "llevaban una persona adentro". Que a pesar del estructuralismo, él creía en el autor y que el autor de lo que escribía era él. Pero él era más que eso: era un candidato al Nobel (y Nobel después) que se tomaba el trabajo de tranquilizar a la periodista que estaba por hacerle algunas preguntas. Un hombre que decía que su deseo era ser como su abuelo analfabeto porque ese abuelo era la mejor persona que él hubiera conocido. 

Entonces, para consolarnos por su muerte, que duele con un rumor sordo en cada verbo que hay que poner en pasado, tal vez lo mejor sea aferrarnos a sus libros que lo llevan, entero, entre sus páginas y reencontrarlo en ellos."