Perguntam-me não raras vezes:
- "Qual o livro de José Saramago que mais gostaste de ler?"
A resposta que pode ser dada a cada momento:
- "Impossível de dizer... não sei responder, não seria justo para com outros (livros) não nomeados. Mas uma coisa sempre soube. Uma obra de Saramago, enquanto "pseudo ser vivo" ou com "gente dentro" tem que me raptar, prender-me, não me deixar sair de dentro das suas páginas. Fazer de mim um refém, e só me libertar no final da leitura... mesmo ao chegar à última página. Aí, o "Eu" leitor que se mantém refém, liberta-se da "gente que a obra transporta dentro" e segue o seu caminho.
Mas segue um caminho que se faz caminhando, conjuntamente com mais uma família"

Rui Santos
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domingo, 21 de junho de 2015

#cincoanos - Memória da Data - "Un optimista informado y memorioso" de J. Ignacio Chaves G. (Nueva Tribuna)

"Un optimista informado y memorioso"

"En recuerdo a José Saramago, un gran novelista, un buen periodista y un ciudadano comprometido."

Pode ser consultado e lido, aqui
em http://www.nuevatribuna.es/articulo/cultura---ocio/optimista-informado-y-memorioso/20150619100609117330.html



"El dieciocho de junio de dos mil diez nos dejaba una de las personas que más y mejor entendió el papel de la ciudadanía en la construcción de la democracia. En fechas repletas de movimientos estratégicos por detentar el poder, uno, el que sea, porque en el fondo a la mayoría lo que les importa es tenerlo, conviene no perder de vista algunas de sus palabras:

“Ésta es una sociedad falsa. Quiero decir... inexistente. Pienso que para que una sociedad exista, debe darse una cierta unión entre sus miembros, no un continuo estado de competencia. Lo que hoy vivimos es la tiranía de un sistema que ha conseguido que el hombre que se mueve dentro de él sea fácilmente desechable.”

Sus reflexiones sobre la lucidez y la ceguera son profundas muestras sobre el conocimiento de una política hueca en una sociedad huera, al menos esa mitad mal llamada desarrollada que parece no tener más afán que consumir y morir enriquecida por el empobrecimiento de la otra mitad. Las enfermedades mentales transmutan en físicas para narrar lo débil y falso de un sistema que ha convertido en incompetentes las relaciones humanas y sus instituciones. Tal como él decía: “Creo que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos, ciegos que ven, ciegos que, viendo, no ven.”Un revolucionario pacífico que era lo que Edward Said, otro de los grandes pensadores éticos, llamaba un intelectual comprometido, que tienen que usar su lugar destacado en la sociedad para luchar contra el statu quo, para criticar a los poderes y a los medios que intentan moldear a la ciudadanía a través de conformar la mal llamada opinión pública.

Como miembro del Parlamento Internacional de Escritores se atrevió a comparar la situación de la población palestina en los territorios ocupados con el campo de concentración nazi en Auschwitz, declarando tras una visita a Ramala que "Un sentimiento de impunidad caracteriza hoy al pueblo israelí y a su ejército. Se han convertido en rentistas del holocausto. Con todo el respeto por la gente asesinada, torturada y gaseada.”

José de Sousa Saramago nació en Azinhaga (Portugal) el 16 de noviembre de 1922 y murió en Tías (España) el 18 de junio de 2012. Le concedieron el premio Nobel de Literatura en 1998 “por permitirnos, a través de parábolas sostenidas por la imaginación, la compasión y la ironía, aprehender una realidad esquiva”.

Hace cinco años que se fue y su memoria, sus ideas y sus acciones siguen tan vivas y actuales como cuando estaba entre nosotros. Podemos conocerle más y mejor leyéndole o visitando la exposición permanente en la Fundación José Saramago (Casa dos Bicos en Lisboa), la Biblioteca Saramago en Tías (Lanzarote) o la delegación en su Azinhaga natal.

En 2010, le dediqué un tardío y póstumo homenaje en el número 12 deTribuna, órgano de expresión de la Federación de Servicios a la Ciudadanía del sindicato español Comisiones Obreras, curiosamente esa ciudadanía a la que él tan bien leyó y a la que tanto sirvió.

Su literatura nos enriqueció, “era capaz de poner el universo en movimiento apenas con dos palabras”. Sus discursos nos motivaron, como el que ofreció hace diez años, el 17 de junio de 2005, en la Casa de las Américas en La Habana (Cuba). Tras explicar cómo en España, unos años antes, le habían reunido junto a un grupo de personas para que presentaran propuestas para el milenio, que se convirtieron en puro delirio, Saramago nombró la décima suya: “regresar a la filosofía”. Todo eso para invitar a los asistentes a pensar: “Regreso a la filosofía no en el sentido absurdo de que ahora nos vamos a convertir todos en filósofos. Filosofía aquí podría significar exactamente todo lo que esperamos encontrar en la filosofía, es decir, la reflexión, el análisis, el espíritu crítico, libre. Es decir, circular dentro del universo humano donde conceptos de otro tipo se enfrentan, se encuentran, se juntan, se separan, es lo que pasa todos los días, pero apuntar la idea de que si el hombre es un ser pensante, pues entonces que piense.”

Fue un comunista de pura cepa, un ateo militante, un defensor de la justicia social y de las causas justas, aunque pudieran parecer utópicas, que no significa que estuvieran perdidas.

Fue una simiente que dio muchos frutos, sus más de cuarenta obras publicadas, que nos han llevado a tierras de pecado; al cerco de Lisboa; a la caverna; a releer la existencia de Jesucristo o la vida errante de Caín; a la isla desconocida; a viajar con un elefante o en una balsa de piedra; a levantarnos del suelo; al memorial de un convento; a pensar en el hombre duplicado, en la lucidez o en la ceguera, ocupan, por mérito propio, las más destacadas bibliotecas contemporáneas.  

Yo quisiera recomendarles, al margen de esos grandes ensayos que son sus novelas, esa pequeña metáfora, obra maestra sobre el derecho de soñar y de libertad, que es El cuento de la isla desconocida y el texto que sirvió de guión a un hermoso cortometraje de animación, que yo utilizo en clase para hablar de educación, comunicación y ciudadanía,La flor más grande del mundo, “¿Y si las historias para niños fueran de lectura obligatoria para los adultos? ¿Seríamos realmente capaces de aprender lo que, desde tanto tiempo venimos enseñando?”.

A este mundo insolidario, materialista, grosero y jodón le hacen falta personas como Saramago, gente ética, comprometida y con criterio que piense, que nos haga pensar y que nos invite a la acción tras la reflexión.

Hoy le seguimos pensando."

domingo, 18 de janeiro de 2015

Uma visão da obra "Alabardas Alabardas Espingardas Espingardas" por Emma Rodríguez - "El legado de José Saramago" (Nueva Tribuna)

"El legado de José Saramago" por Emma Rodríguez 

"El año que acaba de finalizar nos ha dejado literariamente un pequeño regalo que tal vez pasó desapercibido bajo el bosque de las novedades."

Via Nueva Tribuna, para ser consultado e visitado aqui 



"El año que acaba de finalizar nos ha dejado literariamente, entre otras muchas cosas, un pequeño regalo que tal vez pasó desapercibido bajo el bosque de las novedades y que vale la pena valorar. Se trata de Alabardas, la novela que no llegó a acabar Saramago y que llega hasta nosotros, lectores y lectoras, en forma de legado. Se trata de una entrega publicada por Alfaguasra y bellamente ilustrada con grabados de Günter Grass, en la que los tres capítulos que el autor logró culminar y que le mantuvieron ocupado hasta el final de sus días, se acompañan de sus anotaciones sobre el rumbo que habría de tomar ese trayecto literario y de dos textos muy esclarecedores: uno del escritor y periodista italiano Roberto Saviano y otro del poeta y ensayista español Fernando Gómez Aguilera, quien se interroga sobre la última puerta que deseaba abrir Saramago, sobre con qué última historia, reveladora de comportamientos y de encrucijadas, quería sacudir nuestras conciencias y obligarnos a abrir los ojos y a pensar.

El escritor, que supo vaticinar la deriva de las sociedades capitalistas y que siempre creyó, pese a su talante pesimista, que otro tipo de comunidades, más despiertas, solidarias, críticas y éticas, eran posibles, quería contarnos la historia de Artur Paz Semedo, un hombre que trabaja en una fábrica de armas y un día descubre que durante la Guerra Civil hubo empleados que llegaron a sabotear bombas para apoyar a los combatientes de la República, corriendo el riesgo de poner sus vidas y sus destinos en peligro. Este hecho le conmociona, le lleva preguntarse por qué no se conocen huelgas laborales en el ámbito de la industria armamentística, a reflexionar sobre el trasfondo de intereses que está detrás de las guerras y a iniciar una investigación, espoleado por su ex-mujer, Felícia, una pacifista convencida, sobre las ganancias de su empresa durante los convulsos años treinta del siglo XX.

Hasta ahí el relato, un relato contado con un  estilo depurado, con un cierto tono de ironía, que nos deja con la imagen del protagonista buscando documentos reveladores en los viejos cajones de un archivo donde el pasado permanece dormido, pero los márgenes de la ficción se amplían a través de los dos textos citados, textos que sitúan la novela inacabada del Nobel portugués en el contexto de su totalidad y le otorgan a la entrega un interesante tono ensayístico.

La obra de Saramago “se levanta como un monumental hito narrativo empeñado en meditar sobre el mal y el error contemporáneos, atento a las desviaciones del ser humano, concernido, en definitiva, por las múltiples variantes de inhumanidad que nos azotan…”, nos dice Fernando Gómez Aguilera, quien tuvo la oportunidad de escuchar al escritor hablar de las búsquedas que le animaban al final, de los planes para la que iba a ser, si le llegaba la vida, su última aportación a la literatura.

Quería Saramago que Alabardas, alabardas, espingardas, espingardas, que iba a ser el título de la historia, fuese, en palabras del ensayista, “una novela de ideas con un fuerte componente de reivindicación y provocación, un revulsivo de filosofía moral para la conciencia de sus lectores, tomando como referencia el inhóspito y lacerante mundo de la producción y el uso de armas”. Quería “diseccionar la paradoja moral del empleado ejemplar, capaz de abstraerse en su rutina de las consecuencias derivadas de su disciplinada eficiencia profesional”. Y, junto a él, como antagonista, dejó trazado el perfil de una mujer “que reúne incomodidad y verdad” y que participa del “brío y del empuje característico de las protagonistas femeninas reconocibles en su obra, portadoras de una llama de esperanza y grandeza”.

Seguimos leyendo a Gómez Aguilera, para quien, en última instancia, lo que pretendía el escritor era “construir su visión sobre la banalidad del mal, el controvertido asunto que Hannah Arendt pusiera encima del tapete intelectual”. “Por desgracia, el mal también es una costumbre superficial, fútil, además de una amenaza permanente para el orden social”, argumenta. “Una estructura comunitaria, si persigue alcanzar éxito, al menos relativo, requiere de seres responsables, coherentes, concernidos por la búsqueda del bien, dueños de una voluntad crítica, dispuestos, en fin, a reconocer y reconocerse en el nuevo derecho humano de objeción y desobediencia que propuso Einstein (…) el derecho o el deber que posee el ciudadano de no cooperar en actividades que considere erróneas o dañinas”.

Todos esos asuntos, a los que tantas vueltas daba Saramago, laten en el fondo de las páginas que ahora llegan hasta nosotros. No sabemos qué destino hubiera sido el de esos personajes ni qué derroteros habría seguido la acción, pero bastan los tres capítulos que dejó escritos para, como hace Roberto Saviano, imaginar posibilidades y continuaciones. El escritor italiano, perseguido por la Camorra por investigar y contar en sus reportajes y libros las tramas del crimen organizado, recuerda una frase de Ensayo sobre la ceguera en la que se dice que en la vida “siempre llega un momento en que no hay más remedio que arriesgarse” y, a partir de ahí, rinde homenaje a quienes no han dudado en hacerlo, aún jugándose la vida..."