Perguntam-me não raras vezes:
- "Qual o livro de José Saramago que mais gostaste de ler?"
A resposta que pode ser dada a cada momento:
- "Impossível de dizer... não sei responder, não seria justo para com outros (livros) não nomeados. Mas uma coisa sempre soube. Uma obra de Saramago, enquanto "pseudo ser vivo" ou com "gente dentro" tem que me raptar, prender-me, não me deixar sair de dentro das suas páginas. Fazer de mim um refém, e só me libertar no final da leitura... mesmo ao chegar à última página. Aí, o "Eu" leitor que se mantém refém, liberta-se da "gente que a obra transporta dentro" e segue o seu caminho.
Mas segue um caminho que se faz caminhando, conjuntamente com mais uma família"

Rui Santos
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sexta-feira, 1 de maio de 2020

"Intermitencias: La muerte masiva" publicado por Miguel Koleff no HoyDía Córdoba - Argentina (30/04/2020)



A crónica de Miguel Koleff pode ser consultada e recuperada aqui
em https://hoydia.com.ar/cultura/68884-intermitencias-la-muerte-masiva.html



…em menos de quarenta e oito horas

qual rastilho de pólvora, qual nova

epidemia, alastrou a todo o país (José Saramago).


"El coronavirus es, por cierto, muy peligroso, pero si no estuviera asociado a la muerte masiva tal vez sería más llevadero. Ese es –en realidad- el verdadero problema que trae aparejada la enfermedad; contradice la idea de que morimos en el momento justo y de que nuestra muerte es individual, nos pertenece de manera unívoca. La muerte masiva degrada «mi» muerte, al decir de Heidegger, y eso es lo imperdonable. Según Byung-Chul Han, “La muerte no supondría una violencia si fuera un final resultante de la vida, del tiempo de la vida. Solo así es posible vivir la vida desde sí misma hasta el final, morir en el momento justo. Sólo las formas temporales del final generan, contra la terrible infinitud, una duración, un tiempo pleno, lleno de significado”. (Han, El aroma del tiempo. Un ensayo filosófico sobre el arte de demorarse, 2019 [2009], p. 22).

Recuperemos dos pensamientos del extracto reproducido. Por un lado, la violencia que supone que nos arranquen la existencia cuando a la Parca se le da la gana y sin consultarnos; y por otro lado, la consideración sobre la «vida plena», esa que le daría sentido y justificaría su continuidad. Aunque los dos están imbricados, sobre el segundo mucho no podemos decir ya que depende de nuestra responsabilidad y de nuestro esfuerzo en función de las circunstancias en las que nos toca actuar y/o intervenir. Pero sobre el primero cabe detenernos un poco más. Porque trasunta violencia; y porque no respeta la singularidad de cada quién; aparece así de la nada, nos fulmina y nos reduce a un cadáver de entre los muchos que se «amontonan sin cesar», según la fórmula de Walter Benjamin en su tesis 9 de “Filosofía de la Historia”. Este punto es crucial en el contexto del Covid-19 y no podemos ignorarlo: perturba, molesta y nos pone en estado de alerta.

Quien mejor se ha referido a este tópico es, posiblemente, el escritor portugués José Saramago, que, en su novela “Las intermitencias de la muerte” nos plantea alguna reflexión sobre el asunto. Al comienzo del libro, aparece «la muerte» como personaje (escrita en minúscula) que –declarada en huelga- deja de incidir en la vida humana y desaparece de escena, para luego -después de algunos meses- retomar las tareas y ponerse al día con los fallecimientos pendientes. Acción esta que ejecuta sin piedad, y sin medir la forma en que socava el sistema administrativo, político, económico y social, abarrotado de tanta demanda.

Hagamos el esfuerzo de detenernos en esta fase que, bien podríamos llamar la de la “muerte masiva”, y pensemos como se parece a la que estamos viviendo de manera global cuando, a cada minuto, el número de óbitos se extiende considerablemente por efecto de un virus incontrolable. Los féretros de cartón de Guayaquil podrían servir de ejemplo y explicar un colapso semejante sin necesidad de ahondar en detalles escabrosos. Vayamos a la cita: “Mucho más que una hecatombe. Durante siete meses, que fueron tantos los que duró la tregua unilateral de la muerte, se fueron acumulando en una nunca vista lista de espera más de sesenta mil moribundos, para ser exactos sesenta y dos mil quinientos ochenta, que descansaron en paz por obra de un instante único, de un segundo de tiempo cargado de una potencia mortífera que exclusivamente encontraría comparación en ciertas reprobables acciones humanas. A propósito, no nos resistiremos a recordar que la muerte, por sí misma, sola, sin ninguna ayuda exterior, siempre ha matado mucho menos que el hombre (Saramago, 2005, p. 141).

Tal como se expone en el fragmento, la «potencia mortífera» se desencadena con un poder aniquilador sin precedentes. Finalmente, es su prerrogativa, lo que le corresponde ejecutar después de un período de inactividad y alcanza a aquellos que ya estaban marcados. A diferencia del coronavirus, que prolonga la agonía en una curva cada vez más creciente, la «hecatombe» de Saramago afecta un solo país y se produce en una fecha concreta. Fuera de ello no hay diferencias. El ser humano desaparece como si fuera una mosca y las condiciones productivas se alteran radicalmente.

Si a la medicina le importan los vivos; a la política, la funcionalidad del sistema; y a la seguridad, el cumplimiento de las obligaciones dispuestas por el Estado; a la filosofía y a la literatura lo que le preocupa es conocer la razón de esa metamorfosis que nos hace devenir en cifra a expensas de un proyecto de vida. O, dicho de otra forma: cuál es el sentido de nuestro paso por este mundo si es tan fácil borrarnos de un plumazo. A Saramago eso no se le escapa y avanzadas algunas páginas, jaquea a la propia muerte con el amor humano que nunca pudo entender haciéndola actuar de manera más amable y generosa. Para el autor, queda claro, el modo de vivir se estrecha al modo de morir.

Algunos pensadores de la actualidad, al analizar el efecto devastador de esta pandemia, profetizan el fin del capitalismo, considerando que este sistema económico y social ha invertido las prioridades y nos ha alejado significativamente de aquello que nos constituye como especie. No podemos saber a ciencia cierta si el pronóstico es acertado o no, pero lo que sí podemos chequear –y sobra evidencia- es que para cuidarnos del virus debemos potenciar lo que este orden mundial ha querido siempre de nosotros: que seamos individualistas, que estemos solos, que mantengamos la distancia, que temamos los contactos próximos y que abandonemos la emoción y el sentimiento que comunican los besos y abrazos que antes creíamos imprescindibles. Han señala que «la revuelta contra la muerte, la hipertrofia del yo y la ciega negación de lo distinto se condicionan y refuerzan mutuamente» (Han, Muerte y alteridad, 2018 [2012, p. 10). En las medidas adoptadas para protegernos se construye este perfil, lo vemos a diario, lo que no deja de ser curioso porque va a contrapelo de lo que esta muerte, igualadora y colectiva, quiere enseñarnos. Ella avasalla las clases sociales, neutraliza las diferencias articuladas por las mañas del poder y nos hace parte de una misma comunidad de víctimas, incluso a pesar de nosotros mismos.

La novela de Saramago comienza y termina igual: «Al día siguiente no murió nadie» (Saramago, 2005, p. 274). La frase coincide pero las circunstancias no. Al final del libro, aquello que era la predicción del horror que empezaba a instalarse, se transforma en la promesa de algo distinto: un futuro que puede llegar a escribirse con mayúscula y que dependerá de los sobrevivientes.


Fuentes consultadas

Han, B.-C. (2018 [2012). Muerte y alteridad. Buenos Aires: Herder.

Han, B.-C. (2019 [2009]). El aroma del tiempo. Un ensayo filosófico sobre el arte de demorarse. (P. Kuffer, Trad.) Buenos Aires: Herder.

Saramago, J. (2005). As intermitências da morte. Lisboa: Caminho. Traducción al español de Alfaguara."

segunda-feira, 20 de abril de 2020

"El don envenenado de la mirada" de Miguel Alberto Koleff no HoyDia (16/04/2020)

"El don envenenado de la mirada"
Por Miguel Alberto Koleff
16/04/2020

Publicado no HoyDia Noticias de Córdoba - Argentina

Pode ser consultado e recuperado, aqui
em https://www.hoydia.com.ar/cultura/68374-el-don-envenenado-de-la-mirada.html



"No es seguro que la pandemia del coronavirus nos alcance el cuerpo físico pero sí es un hecho que ya se apoderó de nuestra mente haciéndonos prisioneros del pánico. La expresión más cabal se pone en evidencia a la hora de amarrotar mercaderías en los supermercados a la vez que nos sobreexponemos al contacto de la multitud durante esa hazaña. Da la impresión de que, si construimos un almacén paralelo al fondo de nuestra casa, estamos más protegidos del mal e, incluso, inmunes a sus efectos. Un extraño convencimiento nos hace pensar que podemos socavar la enfermedad y pasarle al lado sin sufrir consecuencias. Y lo que ocurre verdaderamente es que –en esta encrucijada- podemos ser alcanzados al menor suspiro por un cruce circunstancial, por un accidente, por un encuentro fortuito, por un desatino…

Claro que hay que cuidarse y cuidar a los demás pero sin falsas presunciones creyendo tener la solución en nuestras manos ya que –en casos así- el azar se vuelve imponderable y el destino nos vigila desde una hendija. Precisamente, este malabarismo de lo impredecible es el que lleva al pensador francés Georges Didi-Huberman a hacer interactuar los términos «similar» y «simultáneo» en un brevísimo artículo con ese nombre, para demostrar el funcionamiento de la sincronicidad. Toma, para ello, el curioso ejemplo de una partida de dados que –más allá del juego en el que se inscribe- convoca la fatídica suerte que le cabe a sus destinatarios. Tres dados arrojados al mismo tiempo devengan resultados diferentes que van desde un extremo al siguiente. El prefijo «simul» que vincula los dos vocablos (y las dos acciones) conjura esa circunstancia.

En su razonamiento, el filósofo imagina a tres sujetos como partes responsables de la apuesta y decide que «a uno le toca la vida; al otro, la herida; al tercero, la muerte» (Didi-Huberman, 1998, p. 23). No explica cómo llegan a ese lugar ni tampoco las motivaciones personales que los instalaron en ese sitio. Ninguno sabe de antemano el resultado ni tampoco se anima a cuestionarlo pero cada uno por su lado confía en ser el afortunado. Tanto así que, en medio de la contienda, no abdica de sus oportunidades. El accidente automovilístico se produce después pero sigue cálculo a cálculo el pronóstico de los dados. Uno se consume en el interior de los despojos y queda reducido a «esa gran superficie de sangre que va aumentando en silencio» (p. 24), otro mensura los gravísimos daños y no deja de requerir ayuda, mientras que el tercero resiste, atontado, desde fuera. Ha sido expulsado del coche y puede testimonar con horror la sina de sus compañeros de viaje. Didi-Huberman sintetiza con estas palabras el perfil de la escena:

Ese es el sentido de la tirada de dados –tres dados similares arrojados simultáneamente-: al tercero, le toca ser reducido a una mancha que solo avanza con el poder de la muerte. Al segundo, la locura y lo infinito, tal vez hasta la muerte, de los sufrimientos físicos. Al primero, sin duda para siempre, el don envenenado de la mirada (p. 24).

La pandemia del coronavirus puede homologarse perfectamente a este desafío que –para el autor- toma la forma de una tragedia con un saldo fatal irreversible. La resolución silogística no es difícil de prever, tampoco sus alcances. No podemos negar el número de víctimas fatales que engrosará las estadísticas, tampoco desconocer ese otro conjunto que quedará ileso pero que soportará el grave impacto el resto de sus vidas. Menos aún, la existencia de un último grupo, tal vez el más expansivo formado por sobrevivientes, a los que le cabe sostener «para siempre, el don envenenado de la mirada». Es necesario detenernos en estos mientras sea posible contar con el efecto benéfico de sus ojos todavía altivos a los fines de hacer productiva la supervivencia.

Llegado a este punto de la argumentación, me interesa convocar al debate, el libro del nobel portugués José Saramago publicado en 1995: Ensayo sobre la ceguera. Primero, porque parece calcado a la realidad que estamos viviendo ya que el universo narrativo de la pandemia que comienza a expandirse (la ceguera blanca) mucho se asemeja a la que nos rodea aunque sus síntomas sean diferentes; y después, porque se anima a dar una prudente respuesta al acto de responsabilidad solidaria que exige una coyuntura como la actual a través de la metáfora de la visión. No se puede decir que Saramago ignore la «rivalidad de la suerte» (p. 24) que describe Didi-Huberman porque lo hace muy bien y el marco de la ficción es una muestra extraordinaria de esa lógica ambivalente que trae aparejada la distopía. Pero la clave que enriquece esta perspectiva radica en el papel del testigo ocular, de aquel que puede ver todo lo que le está pasando a su lado y el modo como procesa su misión de cara al futuro.

Precisamente, en el caso del autor lusitano, le cabe sólo a una única mujer conservar la vista cuando todos han quedado ciegos y por eso puede dar cuenta –con incisión e sin impostura- el curso de los acontecimientos desde el inicio destemplado hasta el caos en que se transforma durante su apogeo. Pero esta virtud no se desarrolla sin el peso de la herida y por eso, muchas veces la misma protagonista –entronizada como heroína- prefiere quedarse ciega también antes de cargar el deber que lleva encima. No lo hace, sin embargo. Resiste y avanza hasta el final porque –a su modo- se sabe conductora del resto de humanidad que todavía nos hermana como especie. En un bellísimo diálogo que mantiene sobre el final con una de las apestadas a las que guía y conduce, afirma sin ambages: «Hoy es hoy, mañana será mañana, y es hoy cuando tengo la responsabilidad, no mañana si ya estoy ciega, Responsabilidad de qué, La responsabilidad de tener ojos cuando otros lo han perdido» (Saramago, 1995, p. 287).

En el capítulo final de la novela, la pandemia llega a su fin porque el primer ciego recupera la vista y así lo hacen todos los demás, de manera escalonada y en orden creciente en un breve lapso. El coronavirus también llegará su fin –al menos en forma masiva- pero no estamos todavía en condiciones de medir sus consecuencias. Hasta hoy ha mostrado la fase más oscura del ser humano, la del consumismo servil y capitalista que no piensa en las necesidades del prójimo y que se autoenajena en el propio sustento. Tal vez mañana sea otra cosa. No lo sabemos a ciencia cierta pero no perdemos nada con esperar. Lo que sí está claro es que no hay tiempo para derrochar y que los que poseen los ojos bien abiertos tienen que ayudar a los que ya lo cerraron o van en ese camino. La novela de José Saramago abre un interrogante que estamos prontos para responder y que nos marcará como humanidad. No tengamos fe pero tampoco desalentemos la esperanza. Quien sabe, el juego del azar nos depare una alternativa inapreciable a esta altura y que valga la pena.
Fuentes consultadas
Didi-Huberman, G. (1998). Similar y Simultáneo. En G. Didi-Huberman, Fasmas (págs. 23-24). Cantabria: Shangrila.
Saramago, J. (1995). Ensaio sobre a cegueira. Lisboa: Caminho. Traducción al español de Alfaguara"

quinta-feira, 8 de março de 2018

"Una meditación sobre el error" de Miguel Koleff para o "Hoy Día Córdoba"

O presente trabalho de Miguel Koleff pode ser consultado e recuperado, aqui

"Literaturas Lusófanas, por Miguel Koleff (Especial para HDC)

José Saramago solía enmarcar sus novelas bajo el rótulo de la “meditación sobre el error”.

El Nobel portugués señalaba que ésta era la idea ordenadora de su producción narrativa, que todos sus textos perseguían esa intención aunque focalizaran en cuestiones específicas vinculadas a la trama. Si bien la crítica sigue repitiendo esa fórmula hasta el hartazgo, visto que se trata de una confesión de parte, no siempre se entiende con claridad lo que explicita esa frase. Sucede que el error es difícil de mensurar y más difícil todavía, reflexionar sobre sus consecuencias. La pretensión de este sucinto artículo se inscribe en esta perspectiva, la de abrir el debate a partir de algunas derivas.

El error es tal vez una de las pocas cosas de la que podemos jactarnos los seres humanos y probablemente la más cercana a nuestra naturaleza pese a no ser nuestra mejor carta de presentación. “Errar es humano, perdonar es divino” dice uno de los dichos que sedimenta la tradición cultural en la que nos movemos. Si para los religiosos esto significa un emparentamiento con el pecado, para los agnósticos tiene que ver con la noción de falibilidad que nos caracteriza como especie. Más que un atributo de la personalidad es una condición primeva de los actos que practicamos y que se distinguen de la precisión y la exactitud a la que solemos remitir en la búsqueda de la verdad. Somos conscientes del error cuando reconocemos habernos equivocado interpretando mal una consigna, o bien, cuando procedemos de un modo incorrecto y lo admitimos. Por esta razón, es una facultad irreversiblemente humana que pone en juego el discernimiento o la falta de juicio. Peor que errar es creerse invulnerable, sujeto de una necedad impoluta o agente confiscatorio de la voluntad.

Si al escribir novelas, Saramago confiesa meditar sobre el error lo hace porque no puede ni quiere escribir versiones épicas que glorifiquen gestos radicales o envalentonen héroes inalcanzables. Por el contrario, su objetivo se limita a algo menor: detenerse en seres humanos que no están seguros de  las acciones que acometen pero que aprovechan la oportunidad de la frustración o el fracaso para dignificarse a sí mismos y también a la vida que les ha tocado protagonizar. El ejemplo de Don José, Raimundo Silva o Cipriano Algor lo ponen en evidencia mediante un aprendizaje a veces llano y límpido, a veces riguroso y hostil.

Ahora bien, de todos los errores que cargamos en nuestra existencia, los más incisivos son los que propician la culpa y los más peligrosos, aquéllos que involucran relaciones de poder, sobre todo cuando atentan contra el bien común. Este tipo de error –que podríamos denominar error político- es el más frecuente en la obra de Saramago y contrariamente a lo que se pudiera esperar, no se detiene en ejercicios despóticos de dominio o manipulación, cuanto en la cifra del autoengaño que crea como condición de posibilidad. No es fácil que en un régimen capitalista como en el que vivimos podamos sustraernos a esa noción de jerarquía que impera en el campo social, donde una minoría manda y una mayoría obedece, pero lo que al autor portugués le interesa destacar no es ese funcionamiento aparentemente natural de todas las cosas sino la confusión entre lo efímero y lo real que suscita esa creencia. Tanto es así, que sin el estímulo del poder que se saborea como algo propio, es impensable la sociedad humana y su pulsión más primitiva y cobarde.

Haciendo un recorrido por la obra del Premio Nobel se puede advertir como esta traza se inscribe en cada una de las coordenadas narrativas que pone en marcha. Si en El viaje del elefante (2008) resulta más evidente que en algunas otras, es porque el contexto de la ficción se construye sobre la dominación feudal y el régimen atenazador de una Edad Media supérstite. En ese libro, reyes y cortesanos detentan una autoridad soberana que se ejerce impiedosamente sobre quienes están situados en el último eslabón de la cadena de mando, aquellos que sirven al reino y constituyen la mano de obra pesada que acompaña la actividad expansiva de la Europa del siglo XVI. 

Entre los súbditos del rey de Portugal, cumple un papel destacado el cornaca Subhro que guía un elefante llegado de Goa dos años atrás y que –al inicio de la historia- se ofrece como presente de matrimonio al archiduque Maximiliano de Austria, aprovechando su estadía en Valladolid como regente de España. Por poseer un único oficio –ser tratador de elefantes- no le queda al sujeto en cuestión otra posibilidad que ser parte del regalo y conducir al animal desde Lisboa hasta Viena en un derrotero geográfico y climático de envergadura. Si bien el relato –un cuento extenso- se centra en ese recorrido que tiene al elefante como protagonista (tal como reza el título) una lectura perspicaz se escande de la aventura diplomática y pone en juego la maquinaria biopolítica de la que se sirven estos seres encumbrados para asegurar su fuerza y poderío “sin que eso suponga que el propio umbral del ordenamiento sea puesto en ningún momento en tela de juicio” (Agamben, 2010).

“Quién es ese salomón, preguntó el marinero, Salomón era el nombre que el elefante tenía antes de pasar a llamarse solimán, lo mismo que me ha sucedido a mí, que habiendo sido subhro desde que llegué a este mundo, ahora soy fritz, Quién os cambió los nombres, Quien para eso tenía poder, su alteza el archiduque que va en este barco, Él es el dueño del elefante, volvió a preguntar el marinero, Sí, y yo soy el tratador” (Saramago, 2008).

Hay que decir –sin embargo- que Saramago contraataca esa supuesta evidencia al delegarle al cuidador el papel de protagonista y hacerlo sujeto de pensamiento. “Bien vistas las cosas, un archiduque, un rey, un emperador no son más que cornacas montados en un elefante”, señala el personaje casi al pasar. Con un salto cualitativo de relevancia, ese enunciado grafica una intuición que hicimos inteligible en el siglo XXI y que nuestros antecesores sufrieron en carne viva, que la ilusión del poder no sólo adormece la consciencia sino que –puesta al servicio del error- es una fábrica de injusticia y desigualdad."

domingo, 3 de abril de 2016

Miguel Koleff - «Quien había bebido las lágrimas acompañó a quien las lloraba» de José Saramago (HoyDía Córdoba - 21/05/2015)


Saramago e Pepe (fotografia que acompanha o texto publicado)

Pode ser consultado e recuperado, aqui

«Quien había bebido las lágrimas acompañó a quien las lloraba» José Saramago
por Miguel Koleff - Especial para "HoyDía Córdoba" (21/05/2015)

"Es bien sabido que José Saramago le tenía un afecto especial a los perros. No sólo a los cachorros con los que convivía, Camões, Greta y Pepe, sino también a aquellos que pueblan su orbe ficcional. Algunos son fáciles de evocar como Constante en La balsa de piedra, Encontrado en La caverna o el más entrañable de todos, el perro de las lágrimas que, surgido de sopetón en Ensayo sobre la ceguera tiene su continuidad en Ensayo sobre la lucidez.  El escritor portugués supo afirmar una vez «que el perro es un especie de plataforma donde los sentimientos humanos se encuentran. El perro  se acerca a los hombres para interrogarles sobre qué es eso de ser humano» (Planeta Humano, Madrid No. 35, enero de 2001). En esta breve reflexión me interesa  ponderar el valor de esa frase revisando la novela de 1995 y pensando en voz alta algunas de sus implicancias teóricas.
El mundo narrado en el Ensayo sobre la ceguera está penetrado de crueldad y no en vano ha sido homologado al de un campo de concentración. A partir de un extraño caso de ceguera blanca que se expande en la población hasta tomar cuenta de la ciudad, el funcionamiento de las instituciones se torna inmanejable. Si bien el lector va ingresando a pasos lentos en ese universo de deterioro moral  y político, desde la mitad de la novela en adelante sólo puede dar manotazos de ahogado para no hundirse en el mismo infortunio de los personajes. 
La historia comienza con el así llamado «primer ciego» que conduce un auto y que a la altura del semáforo percibe que ha dejado de ver. Los que entran en contacto con él van quedando ciegos en forma gradual y lo mismo les sucede a los que interactúan con quienes lo socorren. El mal se esparce en forma ininterrumpida y en andanada. Una nueva sociedad de hombres y mujeres comienza a formarse en el manicomio donde son confinados, con los mismos basamentos de aquellos que conservan la vista del lado de afuera: la ruindad, la indiferencia, el cinismo, la intolerancia y la explotación. Esta microfísica del poder se expande al colectivo a medida que el número de infectados desorbita los límites del establecimiento y toma la calle. La ceguera agrega sólo su cuota de torpeza al ritmo indecoroso del cotidiano.
En las páginas finales del libro vemos zombis caminando sin rumbo, tratando de sortear los obstáculos con los que tropiezan  para no caer y confundirse con los residuos  que abarrotan el entorno. Tienen hambre y –como si fueran animales salvajes- se despedazan entre sí  por un pedazo de pan.
Esta  postal de impostura en la que invierte la narrativa muestra hasta dónde podemos llegar en situaciones límites. Los lazos de solidaridad y camaradería restan sólo en algunos pocos mientras que la mayoría saca la fiera que lleva dentro y libera las pulsiones adormecidas en busca de la mejor presa. Las diferencias que separan unos de otros –y que antes se resolvían en términos de raza o clase social- se conjuran ahora a través del liderazgo del más fuerte y del más intransigente.
En el momento más paroxístico de todo el relato, la «mujer del médico» experimenta una crisis que se exterioriza como llanto incontenible. Ella es la única protagonista de la historia que no perdió la vista y a quien le tocó la desgarradora responsabilidad de ver hundirse la condición humana. Condujo a su grupo de manera honrosa y sorteó las dificultades a su alcance pero cuando la lucha encarnizada por la sobrevivencia ganó terreno, se derrumbó junto con ella. Es precisamente en ese instante que un perro abandonado deja de hurgar basura para acercársele y lamerle las lágrimas. 
El episodio es uno de los más nobles del texto precisamente por la operación inversa que pone en marcha. Es como si –de repente- se hubieran cambiado los roles en el funcionamiento del mundo y éste se pensara de nuevo. No se trata de un hecho menor en la narración. Los personajes que la habitan llegado ese momento han perdido el sentido de la existencia. Se han desprendido de sus referencias sociales, políticas e históricas y sobreviven como mera biología. En un cuadro de situación semejante, ¿dónde queda el reservorio de dignidad que es promesa de alguna cosa? Esta es la ecuación que baraja Saramago a través del perro de las lágrimas para testimoniar el colapso de la razón en la vida contemporánea. En medio del horror, la pervivencia del hombre queda contenida en esa cifra mínima que se confunde con su instinto de conservación y cuyo mejor maestro es la especie que no ha accedido al pensamiento lógico ni ha inventado la rueda.
El juego metafórico del premio nobel, su apuesta lúdica en la novela exorciza la irracionalidad que ha tomado cuenta de nuestro devenir por vía de la compasión animal. Si la mujer del Ensayo no hubiera sido confortada por el cachorro en ese momento de hecatombe, hubiera tal vez claudicado. Y en un universo en descomposición, su desasosiego acabaría con todo porque –al modo de Atlas- le cabía sostenerº el planeta sobre sus hombros. La fórmula apocalíptica según la cual un perro vagabundo nos devuelve humanidad sobrepasa cualquier  metafísica posible que se pueda invocar.
Saramago eran tan consciente de este hallazgo ficcional que afirmó en una de sus tantas entrevistas que le gustaría ser recordado como el escritor que creó ese personaje. Y llevó este anhelo hasta el final recordándonos que no nos vendría nada mal aullar un poco de vez en cuando."

"Fuentes consultadas:
Saramago, J. (1995). Ensaio sobre a cegueira. Lisboa: Caminho. Versión en español de Alfaguara.
Saramago, J. (2004). Ensaio sobre a lucidez. São Paulo: Companhia das Letras. Versión en español de Alfaguara."


domingo, 27 de setembro de 2015

"El voto en blanco" de Miguel Koleff publicado no HoyDía Córdoba (Argentina - 24/09/2015)

Baseado no romance de José Saramago "Ensaio sobre a Lucidez", e que pode ser consultado, aqui em http://www.hoydia.com.ar/magazine/9618-el-voto-en-blanco

«…que pesaba mucho más como ausencia» (Adriana Lisboa)
por Miguel Koleff
Especial para HDC

"Transitamos jornadas electorales, de modo que no viene nada mal pararnos un minuto para pensar en lo que realmente significa el derecho de votar. Nos han enseñado que a través del sufragio contribuimos –de manera soberana- a elegir nuestras autoridades. La ley nos impone esa obligación al tiempo que ratifica un derecho. Es cierto que también prevé la posibilidad de introducir un sobre vacío si no nos identificamos con los partidos en pugna. Sin embargo el voto en blanco –de él estamos hablando- no goza de mucha simpatía en general. Incluso, se lo homologa a una falta de coraje ciudadano. Si uno confiesa abiertamente esa opción, a la salida de un comicio, puede ser tildado de irresponsable y genuflexo cuando no de traidor y poco comprometido con las instituciones. Pesa un mal irremediable sobre este ejercicio de libertad que es tan lícito como el voto efectivo. Saramago no se salvó de ese estigma cuando en el año 2004 publicó “Ensayo sobre la lucidez” y llevó el tópico a la ficción, ya que los medios oficiales de entonces –envalentonados como estaban contra su persona- rápidamente lo fustigaron acusándolo de anarquista, antidemócrata, e instigador de actos de rebelión al orden constitucional.  Nada más desacertado que todo eso. La sutil ironía saramaguiana pasaba y pasa todavía, por un costado ignorado que es difícil de asumir con idoneidad: la capacidad de decir «no» a un orden de cosas que conspira contra los propios principios.

La novela en cuestión se concentra en las elecciones municipales de una capital en la que la mayoría de los habitantes se inclina por el voto en blanco, superando el 73% en la primera vuelta y el 80% en la segunda. Son circunstancias imprevistas ante las cuales el poder de turno se rinde por el atenazamiento de la gobernabilidad puesta en discusión. Ahora bien, antes de hipotetizar sobre el curso de los acontecimientos narrativos, es oportuno preguntarse qué pasa en realidad cuando se apela a ese recurso en una convocatoria cívica en lugar de escoger la abstención. O sea, ¿qué se quiere expresar en ese acto? Por lo pronto, un rechazo voluntario a una o a más opciones que se presentan y que no se adecuan ni al pensamiento ni a la ideología ni tampoco a la escala de valores y credibilidad de quien lo hace carne. Hay que decir –en este sentido-  que, a través de esa acción, el votante  está sincerando un punto de vista y actuando en consecuencia. Está también cumpliendo un deber cívico y ejerciendo el derecho que le es concomitante. Algo muy distinto de lo que supone negarse a votar, ignorar los comicios o anular un voto manipulando contra él. 

Si nos tomáramos un poquito de tiempo y analizáramos esta cuestión con diligencia veríamos que la opción traída a colación no es desdeñable, pero para ello hay que desnaturalizar el sesgo de tibieza que se le imprime y, sobre todo, arremeter contra su destino de ignominia. Lo podemos hacer, extrapolando los contextos y considerando una situación diferente de la electoral. Por ejemplo, es un buen recurso para sentar nuestra perspectiva y hacerlo sin violencia manifiesta cuando nos sentimos ninguneados: se está por cortar una torta a la que tenemos derecho pero no fuimos invitados al ágape. En lugar de reclamar, hipostasiar, juzgar o estereotipar al enemigo, podemos «votar en blanco», esto es, no asentir con el procedimiento de exclusión y hacerlo saber, sin propiciar una desbandada. La declaración de ausencia vale por lo que pesa y evita la indigestión. La metáfora del color blanco –sin que implique la idea de rendición a la que se suele asociar- tiene alguna fuerza expeditiva en este marco. No ofende ni afrenta abiertamente, pero protege y efectiviza de manera explícita el desacuerdo. Nos hace saber a nosotros y también a nuestros interlocutores que el juego se está realizando por fuera del tablero y que las posiciones están lejos de llegar a un consenso. Puede tener efectos inmediatos o no pero a la larga instalan legitimidad por la omisión. Es un vacío que llena fácilmente las entrelíneas. 

Una lectura más profunda del texto de Saramago permite avanzar en esta dirección al remarcar –en todo momento- la responsabilidad del acto, en primer lugar, y la autodeterminación, en segunda instancia. Viendo las cosas desde este prisma hasta puede tratarse de una acción noble y digna de alguien que sabe lo que está haciendo y por qué lo hace, diferente de aquella dictada por el oportunismo político de ocasión. No estamos obligados de manera ninguna a comulgar con proyectos que nos resultan ajenos e incluso atentatorios a nuestra identidad cívica.

Por el contrario, tan responsable y vehemente puede ser el acto de votar en blanco en una elección o en otra situación particular de la vida, que despierta la intolerancia acallada de muchos co-partícipes. Y si no, veamos lo que pasa en la novela de Saramago. en la que el gobierno opta por acusar a la población de practicar un crimen contra la democracia en lugar de hacer un examen de consciencia sobre las eventuales causas que llevaron a esa situación. Y –además- le hace pagar caro el error, imputándole responsabilidades que le exceden. El atentado terrorista auto-gestado en la estación de metro a raíz de una bomba colocada en las inmediaciones es una muestra. Y la elección de un chivo expiatorio, el pathos que lo demuestra, ya que sin la construcción de un culpable es imposible garantizar el orden y restituir el control. Por este motivo, la «mujer del médico» es elegida como carnada y víctima propiciatoria, acusada de ser la líder intelectual de la revuelta cívica. Este personaje, recuperado de una novela anterior (“Ensayo sobre la ceguera”, 1995) no padeció la ceguera blanca que infligió a todos los habitantes de la misma ciudad cuatro años antes de estos sucesos. La identidad  del color –de la ceguera y de los votos- funciona como una buena coartada para hacer justicia por manos propias. El juego saramaguiano, como vemos, se direcciona hacia una fórmula que invierte el sentido común: 

«El voto en blanco es una manifestación de ceguera tan destructiva como la otra, O de lucidez, dijo el ministro de justicia, Qué, preguntó el ministro del interior, que creyó haber oído mal, Dije que el voto en blanco puede ser apreciado como una manifestación de lucidez por parte de quien lo usó». (Saramago, 2004, p. 172) 

Aun puesta en boca de un personaje secundario, la alocución del ministro de justicia dice mucho más de lo que sus detractores quieren que diga. Y el autor portugués se encarga de ratificar estas palabras al afirmar el poder de pronunciamiento del colectivo a través de su lábil gesto de resistencia." 

"Fuentes Consultadas:  
Saramago, J. (2004) 
Ensaio sobre a lucidez. São Paulo: Companhia das Letras. 
Traducción al español de Alfaguara."