Perguntam-me não raras vezes:
- "Qual o livro de José Saramago que mais gostaste de ler?"
A resposta que pode ser dada a cada momento:
- "Impossível de dizer... não sei responder, não seria justo para com outros (livros) não nomeados. Mas uma coisa sempre soube. Uma obra de Saramago, enquanto "pseudo ser vivo" ou com "gente dentro" tem que me raptar, prender-me, não me deixar sair de dentro das suas páginas. Fazer de mim um refém, e só me libertar no final da leitura... mesmo ao chegar à última página. Aí, o "Eu" leitor que se mantém refém, liberta-se da "gente que a obra transporta dentro" e segue o seu caminho.
Mas segue um caminho que se faz caminhando, conjuntamente com mais uma família"

Rui Santos
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quarta-feira, 7 de dezembro de 2016

"Um conto de fadas desencantado" de Bernardo Carvalho baseado no conto "O Lagarto"

O texto de análise de Bernardo Carvalho foi publicado no "Blog da Letrinhas" e pode ser recuperado e consultado aqui em http://www.blogdaletrinhas.com.br/conteudos/visualizar/Um-conto-de-fadas-desencantado

Mais informações sobre a editora que edita a obra de José Saramago no Brasil, pode ser acedida em http://www.blogdacompanhia.com.br/ e http://www.companhiadasletras.com.br/

"Um conto de fadas desencantado" por Bernardo Carvalho

"Desde criança, ouço dizer que a literatura de cordel é um vestígio da Idade Média. Daí que não podia imaginar outra coisa além de uma história medieval quando soube da edição de um conto de fadas escrito por José Saramago e ilustrado por J. Borges, mestre pernambucano da xilogravura e da literatura de cordel. Na verdade, o conto de Saramago não tem nada de fadas. O autor toma a precaução de deixar isso bem claro logo no primeiro parágrafo. Ninguém mais acredita em fadas.

O lagarto do título é o que nos resta do dragão. De imaginário e extraordinário na sua existência há apenas o fato de aparecer de repente numa rua de Lisboa. Saramago, homem da razão num tempo em que a razão dá sinais de fraquejar, tenta resistir como pode. Alerta que sua história é o que hoje cabe à nossa desilusão: um conto sem fadas. Até a metamorfose simbólica do lagarto, cercado de polícias nas ruas de Lisboa, estará limitada ao que pode haver de menos imaginário e menos mágico (o vermelho sangue) para terminar na imagem surrada de uma pomba, representação inverossímil da paz onde tudo a contradiz.

Imagem do trabalho em xilogravura de J. Borges 

"O lagarto é um oximoro: um conto de fadas desencantado. É o esforço de um sopro de utopia onde a imaginação já não se aguenta em pé, constrangida pelo lugar-comum. E é por isso que as ilustrações de J. Borges ganham aí um papel ainda mais encantador, porque continuam aludindo, sem pudor nem medo, a um universo mágico que já não pode existir. Como nos quadros de Bruegel, são vestígios do encanto possível, não de fadas, mas do homem comum, num tempo que insiste em nos impor o clichê medieval das trevas."

***

"Bernardo Carvalho nasceu no Rio de Janeiro, em 1960. Estreou com Aberração e desde então tem se destacado como um dos melhores escritores contemporâneos brasileiros, traduzido para diversos idiomas. É autor de Simpatia pelo demônio, Nove noites e Reprodução."

sexta-feira, 17 de junho de 2016

"Un Cuento para José" de Joan Morales Alcudia


Quando se assinalam os 6 anos da morte de José Saramago, recupero o conto da autoria de Joan Morales Alcudia, (Barcelona, Espanha), intitulado "Un Cuento para José" (2015).
O autor reconhecido estudioso da obra de José Saramago, tem publicado diversas matérias, nomeadamente o livro "Saramago por José Saramago", da Editorial El Páramo (2013).
Mais informação sobre o autor, aqui

Joan Morales Alcudia e José Saramago (Universidad Menéndez Pelayo, Agosto 2000)

"Un Cuento para José" 
Pode ser descarregado aqui, 

A José y Pilar, por regalarme su tiempo

"La vida, esa misma vida que había creado el Universo junto a Siete lunas y a Cuatro soles para que brillasen eternamente, hizo que en aquella radiante tarde del mes de junio, ambos anduviesen enredados en una misma nube. El cielo, que jamás había asistido a un espectáculo tan extraordinario, contemplaba para entonces los rostros de ambos planetas tomando sin proponérselo lo más invisible y bello. El crepúsculo- si es que realmente todavía se le podía continuar llamando de ese modo - dibujaba sus últimas pinceladas tiñendo de rojo los paisajes.

El sol que se ha unido con su luna, la luna que se ha unido con su sol; amándose, sintiendo el frío, el calor, el miedo, la duda, la sombra de la expectativa- la del uno, la del otro, la del otro con la de la una, la de la una con la del otro- aturdidos en el asombro más efímero y cotidiano ¡cuán idénticos no eran ambos en sus respectivas incertidumbres!

“No tengo palabras”- le había dicho momentos antes Siete lunas: “No necesito de tus palabras, me basta con tu presencia”- le había respondido Cuatro soles: “Siento frío, abrázame: tengo miedo, mucho miedo. Haz que tus rayos aniquilen mis temores”. “Sabes bien que no puedo hacerlo”- dijo él.
“¿Entonces?”. “No tengo respuestas… acaso sólo tenga que preguntas”. “Entonces, ofréceme todos tus interrogantes, Cuatro soles” - le pidió Siete lunas. “Está bien: sabes lo mucho que te necesito…pero no tengo certezas. Desconozco hasta qué punto convergerán nuestras órbitas, nuestras trayectorias, nuestros destinos- si prefieres tal palabra-, pero, acaso y, a pesar de todo: ¿no crees que sería muy hermoso si nos dejásemos llevar? ¿No crees que sería muy bonito tratar de aprender a convivir con la incertidumbre aceptando que hay un riesgo? Por lo que a mí respecta, sabes bien que no me faltará jamás ilusión para ello… ni paciencia, como que tampoco” - añadió Cuatro soles en un último destello.

Siete lunas se aproximó a uno de sus rayos. Callada, en silencio. Contemplaba un gran vacío desde el agujero más profundo del firmamento - o, al menos, eso le pareció a Siete lunas. Sus ojos, los de él, desarbolados, definitivamente ahogados en la presencia de Siete lunas, reclamaban cuanto antes la necesidad de una brasa de oscuridad para difuminar sus temores tanto o más que ella necesitaba de todas y cada una de sus confirmaciones para disipar definitivamente su particular ramillete de angustias- o tal vez fuese lo mismo planteándolo al revés. Él ¡la quería tanto! “No sabes lo duro que resulta querer dar lo mejor de ti y no tener una luna con la que compartirlo: Es…es… horroroso… ¡horroroso!”- dijo Cuatro soles apagando las palabras: “Te quiero, Siete lunas: te quiero muchísimo”. “No digas eso, Cuatro soles: Tengo miedo, miedo de no cubrir tus expectativas” “¿Y quién no lo tiene viviendo en el Universo?- le respondió él. “No sabes lo que me alegra” “Lo sé: me basta con asomarme a los luceros que contemplas cada noche”. Un mar de zafiros blancos enlazaba ya sus órbitas.

“No hace falta que sigas regalándome más palabras ¡no te imaginas cómo me gustaría saber utilizar las mías con tanta profundidad!”- le confesó ella: “Ssshh, calla, calla… no sigas…por favor, no sigas… No digas nada: tu silencio es un bien igual de valioso”- dijo él, para añadir: “ me basta con saberte cerca de mí, con sentir el latir de tu corazón, la franqueza de tu sonrisa, esa nobleza tan hermosa, la luz de tu pelo alborotado”

“¡Para, para! vas a hacer que me ruborice”- replicó Siete lunas. “Acércate, quiero sentir tu frío; esa luz que yo no tengo”- le respondió Cuatro soles. “Tengo miedo a defraudarte, Cuatro soles; mucho miedo” “No temas, acércate: te necesito para vivir tanto o más que a mi propio…”- y aquí, iba a decir corazón, cuando su condición planetaria le aconsejó mejor usar la palabra núcleo: “Hasta ahora, sólo he vivido de sueños”- agregó él. “¿Y?” “Que con tu presencia siento que ya no voy a necesitarlos por el resto de mis días. Déjame ver tu otra cara, permíteme que ilumine todos tus rincones. Déjame que descubra tus facetas más oscuras. Déjame entrar en ti con las llaves de mi brillo. Por favor, déjame estar a tu lado. Necesito descubrirte con caricias y con besos” “Me asustas: necesito tiempo” “¿Acaso no te basta con toda la eternidad? Pídeme que pare el tiempo si es eso lo que deseas: sabes que por ti lo haría. ¿A las cuatro va bien? Bien sabes que soy incapaz de hacerte daño: Me lo impide mi propia fragilidad. Quiero orbitar a tu lado. “Pero tú…-dijo Siete lunas… ¡no me conoces!” “Lo sé, ¿y tú, acaso te conoces a ti misma?” “No quisiera hacerte daño”- dijo ella: “Más daño me harías si no me dejaras intentarlo”- sentenció él. Y añadió: “Pero si has de clavarme un puñal de mentiras en el futuro, hazlo ahora con tu lado oscuro… y olvídame sin más: Siempre he sentido una gran atracción por los planetas sinceros….¡y tu lo eres!”

Siete lunas parecía desear alejarse por momentos. Sin embargo, como si estuviesen predestinados a ello, sus orbitas, volvieron a cruzarse de nuevo.

“¿Sabes? Tengo un lado muy oscuro….” “Y yo todo el tiempo del mundo para tratar de comprenderlo” “Lo digo en serio, Cuatro soles” “Te quiero” “¿Con mis zonas oscuras, incluidas?”- dijo ella: “Por supuesto, no sería quererte si no fuese de ese modo. Lo cierto es que, sin ellas, no serías más que una parte de la luna y no una luna entera, ¡una mentira cochina, vamos!- esto último tan sólo lo pensó- y yo, como podrás comprender, como que lo que quiero es una luna completa. Para partes, me basta con un trozo de sandía”. Siete lunas sonrió: “Me encanta lo bien que explicas lo celestial yendo hasta lo terrenal” “¿Sabes?- dijo uno de sus más brillantes rayos amarillos: A veces tengo la sensación de que todo esto no es más que una ilusión”. Ella le escuchaba en un silencio casi reverencial: “A veces me preguntas qué quedará de nosotros cuando explosionemos” “¿Puedes ofrecerme respuesta?, contestó un tanto extrañada Siete lunas. “Lo sabes igual que yo: poco, muy poco- por cierto, como a todos los planetas -: polvo, gases. Y con ellos, volarán también las dudas, los miedos, las quimeras, los sueños, los anhelos, las desesperaciones, las alegrías, los llantos. Apagarnos, colapsarnos, e irnos. Es ley galáctica, ley del Universo.

Para entonces, aquellos fantásticos sueños que se habían fusionado en el preciso momento en el que Cuatro soles acarició con un rayo de luz a Siete lunas, dieron paso a una explosión de alegría en la conciencia de que, ni que fuese por unos instantes, ambos podrían tender ciertos puentes como planetas: “¿Me dejas ser tu laurel?” “Y tú, ¿me permitirías que te elevase con mi pico?”. 

Aquella madrugada, la Tierra, engalanó todos y cada uno de los confines del cielo con auroras boreales."

© Joan Morales Alcúdia

quarta-feira, 24 de fevereiro de 2016

"O conto burocrático do capitão do porto e do director da alfândega"

Segundo José Saramago relata em "Cadernos de Lanzarote Diário IV" (página 13, 7 de Janeiro de 1996), este conto tem origem numa ideia de Ângela Almeida, onde teria sido abordada uma situação real de excesso de trabalho (anteriormente mencionado nos "Cadernos de Lanzarote Diário I", página 11, de 15 de Abril de 1993), e transmitida num encontro de escritores em Ponta Delgada, por volta dos anos de 1986 ou 87.
Foi originalmente enviado como texto de homenagem ao professor Césare Acutis, da Universidade de Turim - Itália, a pedido de Pablo Luis Ávila, e cuja obra onde foi inserido com textos e testemunhos de outras personalidades, teve o título de "Claridade Alarmada". 
Posteriormente, o conto foi revisto e melhorado, referindo José Saramago «aproveitei a ocasião para o limpar de redundâncias, tropeços, inutilidades, palhadas e outras excrescências», será publicado na revista da Associação Portuguesa de Escritores, por intermédio de José Manuel Mendes.
Rui Santos


"O conto burocrático do capitão do porto e do director da alfândega"
«Quando o capitão do porto entrou no gabinete e viu em cima da mesa a folha de papel azul, acenou ligeiramente com a cabeça e fez uma cara que qualquer observador, mesmo desconhecendo antecedentes e razões, não teria dúvidas em qualificar de irónica, como se a simples presença daquele papel tivesse acabado de confirmar certas gozosas e de antemão saboreadas expectativas. Sentou-se à secretária, e o seu primeiro gesto, após ter esticado as mangas do casaco da farda e sacudi-do das reluzentes divisas um pó invisível, foi afastar para o lado a folha de papel. Depois, metodicamente, examinou e assinou documentos, fez e atendeu chama-das telefónicas, deu instruções e ordens aos funcionários da capitania, recebeu e conversou com dois comandantes de barcos fundeados no porto, e, chegada a hora, foi almoçar a casa, como sempre. No fim, a mulher, enquanto deitava o café nas chávenas, perguntou-lhe se já tinha dado despacho ao requerimento, ao que ele respondeu que trataria disso à tarde. Com efeito, de volta ao escritório, o capitão do porto, depois de sentar-se e repetir os gestos de puxar as mangas e espoar as divisas, pegou no papel que de manhã repelira e, sem dar-se ao trabalho de o ler, apurando uma caligrafia arejada e redonda, própria de marinheiro, que contendia com a letrinha miúda e arrastada do requerimento, escreveu, Tendo em conta a manifesta inoportunidade de um pedido que parece ignorar cientemente a precária situação dos serviços, desfalcados de pessoal, indefiro. Tocou a campainha e disse ao marinheiro que fazia de contínuo, Vai à alfândega e põe isto na secretária do director. Quando, horas mais tarde, terminado o trabalho, o capitão do porto regressou a casa, a mulher tornou a perguntar-lhe, Despachaste, e ele respondeu, Despachei. Não disse como, porque, em seu entender, comprovado por uma longa experiência, a separação de funções implica que em caso algum o conhecimento dos factos seja antecipado ao momento do seu efectivo acontecer, pois de contrário se alteraria perigosamente a harmonia consequente do mundo, a qual, entregue à irreflexão e ao arbítrio, não sobreviviria por muito tempo. 

«No dia seguinte, o director da alfândega entrou no seu gabinete e, vendo o requerimento, sentiu uma pancada no coração. Sabia que não eram boas as notícias do despacho. Como uma vela cheia de vento, curva e tensa, o desenho caligráfico do capitão do porto, lançado de través no papel e dominando a escrita rasa do peticionário, era a imagem duma armada vencedora, pairando soberbamente à vista dos destroços flutuantes do cargueiro inimigo. O director da alfândega não precisou de ler a fundamentação do despacho, olhou apenas a ominosa palavra, Indefiro. Num rompante de ira, atirou o papel para o chão, de onde logo, humilde, o foi recolher. Depois, fazendo por não pensar na sorte que o obrigava, sendo director, a ser também subordinado, deitou mãos ao trabalho, acumulado desde o dia anterior. Consultou pautas, aplicou percentagens, calculou taxas, deu instruções e ordens, recebeu dois exportadores descontentes e um importador agradecido, mandou dizer a um despachante que voltasse daí a dois dias, e, chegada a hora, foi almoçar a casa, como sempre. Mal entrou a porta, perguntou-lhe a mulher, Então, e ele respondeu, Indeferido, Queres dizer que não vamos para férias, Exactamente, não vamos para férias, E porquê, Porque estamos com falta de pessoal na alfândega e na capitania, Tu não pertences à capitania, és director da alfândega, Pois sou, mas na escala hierárquica da administração o capitão do porto está acima do director da alfândega, E agora, Vamos ter de esperar que a situação melhore, E entretanto não haverá férias, Sim, não haverá férias, E a ti parece te isso bem, Não me parece bem nem mal, provavelmente teria feito o mesmo se estivesse no lugar dele, Por que não lhe escreves uma carta simpática, falando-lhe aos sentimentos, que estás muito cansado, que a tua mulher andava a sonhar com estas férias, coisas neste estilo, Não creio que dê resultado, mas posso tentar. Assim fez. Regressado à alfândega, avisou o contínuo de que durante a próxima hora não estaria para ninguém, depois fechou-se no seu gabinete de director e pôs-se a escrever. Não uma carta, mas várias, porque não gostou das primeiras redacções, pareceram-lhe frouxas, sem nervo, pouco persuasivas, e se nem mesmo a si, que as escrevia, o convenciam, menos capazes ainda seriam de levar o capitão do porto a mudar de ideias. Deu-se por satisfeito, finalmente, quando, estremecido de pura compaixão da sua pessoa, sentiu que os olhos se lhe iam humedecendo à medida que as palavras fluíam da alma magoada. Só se o capitão do porto tivesse uma pedra no lugar do coração, é que não se deixaria abalar. Dobrou a carta, meteu-a num sobrescrito e chamou o contínuo, Vá à capitania e ponha isto na secretária do capitão. Depois, sozinho, recostou-se no espaldar da cadeira e deixou-se levar pela imaginação até ao sítio das desejadas férias, pois queria acreditar que, diante de uma carta tão repassada de humildade, pungente, desgarradora até, o capitão do porto, de puro enternecimento, anularia o primeiro despacho e deferiria o pedido. Em casa, a mulher, mesmo sem ler a carta, era da mesma opinião e partilhava a mesma esperança, e, para adiantar, começou a fazer as malas.

«O director da alfândega tinha razão, mas só até um certo ponto. De facto, no dia seguinte, o capitão do porto não pôde segurar duas lágrimas enquanto ia lendo a carta, é certo que foram só duas, mas, tratando-se de um oficial, o efeito é digno de nota. Se a comoção durou mais do que o tempo estritamente necessário para enxugar os olhos, não se sabe, mas a mão não lhe tremeu quando, por sua vez, escreveu as palavras que iriam fazer murchar e secar a tímida flor de esperança do director da alfândega. Que não, que sentia muito, que ninguém melhor do que ele compreendia a situação, mas o dever do cargo e a responsabilidade das duas funções não lhe permitiam faltar à justiça e ignorar a letra e o espírito das leis e regulamentos atinentes, que, nestas circunstâncias, como em todas, exigem ao serviço público a dignidade exemplar que representa o sacrifício dos interesses particulares em aras do bem comum. Por estas razões, e embora lamentando o transtorno, confirmava o despacho e mantinha o indeferimento. Mandou levar a carta ao gabinete do director da alfândega e, desgostoso, foi para casa mais cedo. A mulher estranhou, preocupou-se, Não me digas que estás doente, agora que o director da alfândega tirou férias, e ele respondeu, Nem eu estou doente, nem o director da alfândega irá para férias, Mas então, a carta, Fez-me muita pena, mas os regulamentos existem para serem cumpridos, eu apenas sou a mão com que a lei assina as sentenças, Achas que se conformará, Não terá outro remédio, rematou o capitão do porto. Fez uma pausa, e depois disse, Vou-me deitar um bocado, talvez possa dormir, e enquanto durmo, esqueço, Espera um pouco, deixa-me desfazer as malas primeiro. 

«O director da alfândega, no dia seguinte, reagiu com uma carta furibunda em que, começando por acusar o capitão do porto de falta de solidariedade institucional, terminava perguntando-se, com ironia fingida, e sem medir as distâncias, se ele, capitão, não seria um caso clínico, agudo, de mania das grandezas, Subiram-lhe os galões à cabeça, julga-se almirante, rematava. O capitão do porto, ofendido na sua autoridade, não levou a bem a impertinência. Em nova carta, ameaçou o director da alfândega com processo disciplinar, castigo, suspensão, mas foram penas perdidas, porque o director retorquiu-lhe com insolência, Suspenda, suspenda, que será a maneira de eu ir mesmo de férias. Não houve, portanto, processo disciplinar, e a azeda troca de correspondência continuou. A partir de certa altura, o motivo inicial do desacordo deixou de ser referido, de férias não se falou mais, as cartas, tanto de um lado como do outro, passaram a encher-se de acusações, de denúncias de erros antigos e recentes, de faltas, uma história completa de desmazelos burocráticos, e, pior do que isto, primeiro por insinuações, depois com aberta exibição das provas, de actos de corrupção activa e passiva cometidos pelas duas partes no exercício das suas funções, De onde é que lhe veio o dinheiro para comprar o automóvel, De onde é que lhe veio o dinheiro para fazer a casa. Tanto o capitão do porto como o director da alfândega andavam de cabeça perdida, na febre de escrever cartas até se lhes tinha alterado a caligrafia, a do capitão era agora rasa, miudinha, a do director altaneira e desafiadora. Em casa, os beligerantes desabafavam com a mulher, Aquele capitão merecia era ir para a cadeia, Aquele director devia era estar no manicómio, mas as respostas que ela dava, se bem que proferidas com intenção e inflexão diferentes, eram, palavra por palavra, iguais, Tudo por causa de umas férias, ao que o capitão ripostava, Não, tudo por causa de um indisciplinado, e o director, Não, tudo por causa de um autoritário. Em tentativa que iria ser a última, o director da alfândega mudou de tom. Tarde de mais, se diria, se alguma vez a obstinada resistência do capitão do porto pôde ter sido demovida. Ao tom novamente implorativo do director, respondeu o capitão com uma só palavra, seca e definitiva, Arquive-se. 

«Então, o director da alfândega suicidou-se. A caminho do cemitério, o préstito fúnebre deteve-se durante dois minutos diante dos edifícios da capitania e da alfândega. Em um e outro as bandeiras estavam a meia haste, e, às janelas, os marinheiros e os funcionários civis, que por obrigação de serviço não podiam acompanhar o féretro, despediam-se do seu chefe. Acabrunhada pelo inesperado luto, a mulher fora aconselhada a ficar em casa. Quando as amigas se retiraram, deixando muitas recomendações de resignação e paciência, foi reler o bilhete de despedida do marido. Dizia assim, simplesmente, Agora já podes ir de férias, o capitão nunca mais indeferirá requerimentos. Então, a pensar que vestidos conviria tingir de preto, a viúva abriu o guarda-fato. Ali estava, com os galões reluzindo, a farda do capitão do porto.» 

sexta-feira, 4 de dezembro de 2015

Novas aquisições descobertas na mercearia/alfarrabista em Óbidos





Colóquio Letras #88 - Novembro de 1985 (edição Homenagem a Fernando Pessoa) - Texto de Luís de Sousa Rebelo "José Saramago: O Ano da Morte de Ricardo Reis", páginas 144 a 148

Colóquio Letras #120 - Abril/Junho de 1991 (História, Ficção, Tradução e outras Interpretações) - Texto de Helena kaufman "A metaficção historiográfica de José Saramago", páginas 124 a 136

Escrita e Combate -Textos de Escritores Comunistas - Edições Avante 1976
Conto de José Saramago "O Embargo", páginas 217 a 228




sábado, 22 de agosto de 2015

"Objecto Quase", livro de contos de José Saramago - Olhar via "Universo dos Leitores" (30/09/2014)

A reprodução desta matéria, pode ser consultada aqui, via "Universo dos Leitores"
em http://www.universodosleitores.com/2014/09/objecto-quase-de-jose-saramago.html

(Imagem via link do "Universo dos Leitores") 

"Ler Saramago é sempre uma experiência incrível, já que ele tem uma capacidade ímpar de retratar o ser humano com o seu pessimismo, a sua alienação, as suas opressões, falhas e imperfeições. 

Nesse livro, que reúne seis histórias originalmente publicadas no ano de 1978, o genial escritor nos leva por caminhos variados, mas todos eles apresentam situações inovadoras e absolutamente críticas, que permitem reflexões intensas sobre a condição do ser humano em meio ao capitalismo e à necessidade exacerbada de possuir bens materiais. 

Saramago, em cada um dos contos reunidos neste exemplar, demonstra que atualmente tratamos as pessoas como “coisas” e as coisas como “pessoas”. O interessante é que para apresentar todas as críticas à estrutura social em que vivemos, ele se utilizou de metáforas e mesclou assuntos políticos com narrativas tão intensas que chegam a ser poéticas, mesmo não tendo poesia alguma. 

Também convém ressaltar que para enfatizar a diferença existente entre os seres humanos, Saramago apresentou dois tipos de protagonistas: aqueles que aceitam a condição de objetos e não lutam contra o sistema e aqueles que tentam de alguma forma lutar contra a tal objetificação e animalização do homem, esforçando-se e dedicando-se para o bem estar da sociedade. Neste segundo grupo perdura a ideia de vingança e de revolta contra as atitudes supostamente aceitas socialmente. 

Um ponto comum entre todas as narrativas é que elas não apresentam finais conclusivos ou estruturados. Em cada conto, a última frase ou o último parágrafo abrem espaço para diversas possibilidades e diversas situações. Isso é interessante já que a vida é exatamente assim: indefinida, incerta, incalculável. 

Para dar uma noção geral dos contos, vou falar de forma sucinta de cada um:

Cadeira, o primeiro conto do livro, apresenta uma descrição detalhada e irônica sobre o desgaste de uma cadeira no momento da queda de Salazar, um ditador já idoso. Saramago utiliza da estrutura da cadeira, da deterioração da madeira e da falta de braços para fazer uma alegoria com a queda da ditadura e do sistema que dominava Portugal e impunha comportamentos e crenças. 

"Enquanto vemos a cadeira cair, seria impossível não estarmos nós recebendo esta graça, pois espectadores da queda nada fazemos nem vamos fazer para a deter e assistimos juntos."

Em Embargo o escritor utiliza de um tom crítico, dramático e irônico para narrar a história de um automóvel que passa a ter vida própria e consciência no momento em que sofre restrições ao acesso do combustível. O conto é uma metáfora acerca da condição do ser humano diante dos objetos e dos bens materiais em geral, apresentando situações políticas e econômicas que rodeiam a sociedade. 

(Imagem via "Universo dos Leitores")

Refluxo, por sua vez, conta a história de um Rei que não suporta conviver com a ideia da morte e a lembrança da finitude da vida, e decide criar um cemitério único e gigantesco, que irá contornar a cidade, para que todos os corpos espalhados nos diversos cemitérios sejam direcionados para o novo local, que será um templo para a celebração da morte. Aqui, a morte é utilizada como uma metáfora para as pessoas que se transformaram em coisas e estão se privando da essência da vida. 

No conto Coisas, o mais longo do livro, somos apresentados a uma sociedade futurista em que as pessoas são dividas em grupos, conforme a capacidade de consumo. A estrutura social entra em estado de caos quando os objetos começam a desaparecer de forma rápida e misteriosa. Contudo, o verdadeiro problema aparece quando cidades inteiras somem de forma inexplicável e toda a materialidade deixa de existir, perde o sentido e o significado. 

"Foi então que do bosque saíram todos os homens e mulheres que ali tinham se escondido desde que a revolta começara, desde o primeiro oumi desaparecido. E um deles disse:
— Agora é preciso reconstruir tudo.
E uma mulher disse:
— Não tínhamos outro remédio, quando as coisas éramos nós. Não voltarão os homens a ser postos no lugar das coisas."

Em Centauro o personagem é um centauro que se esconde no mundo e vive atento à destruição dos seres e das criaturas existentes. Contudo, certo dia, ele seqüestra uma mulher e a notícia se torna pública, situação que faz com que ele seja caçado pelos homens, tornando-se um espetáculo midiático. Sem saber como fazer diante de toda a perseguição, o animal decide pular de um penhasco, mas no momento da queda, uma situação inesperada acontece e ele se transforma em dois – um homem e um cavalo - o que deixa clara a mensagem que somos homens animais, homens falhos e com pouca consciência. 

A narrativa representa a constante fuga em que vivemos: a fuga de nós mesmos e da nossa consciência. 

"Então olhou seu corpo. O sangue corria. Metade de um homem. Um homem. E viu que os deuses se aproximavam. Era tempo de morrer."

Por fim, em Desforra, o último conto do livro, Saramago utiliza de poucas palavras para contar a história de um porco que ao ser castrado pelo homem, decide comer os próprios testículos. O contexto agressivo e intenso da narrativa visa reafirmar a condição do homem que nega a sua condição e a sua capacidade predatória e destrutiva.

(Imagem via "Universo dos Leitores")

Esse livro permite uma leitura agradável e reflexiva, além de ser um excelente contato com a linguagem inteligente e diferenciada de Saramago, um gênio da literatura."

Texto de Isabela Lapa

quinta-feira, 8 de janeiro de 2015

«A morte de Julião», conto de José Saramago

«A morte de Julião», conto de José Saramago

"Julião tinha medo, um medo mortal.
Estava sozinho no seu quarto, sentado perto da janela por onde entrava a luz antipática do crepúsculo da cidade. Pousava as mãos sobre os joelhos e ali as abandonara. As paredes do quarto eram brancas à luz do dia, brancas como um véu de noivado, brancas como uma pilha de sal ou, mais exactamente, brancas como umas paredes brancas. (Será forçoso que, em literatura, qualquer coisa seja como outra
coisa?). Mas as paredes, agora, estavam sujas da luz do crepúsculo. Já não eram brancas, mas azuis-cinzentas, neste momento mais azuis-cinzentas do que há pouco.
Numa delas, dois retratos: um de homem, outro de mulher – os pais de Julião. Haviam morrido velhos, mas, ali, estavam novos, tal como se tivessem ainda que vivem muitos anos.
Quando Julião se estendia na cama, ficavam-lhe por cima, e ele nunca passava sem perguntar a si próprio por que motivo não envelheciam os retratos. E sorria da sua inteligência ao encontrar a resposta, sempre a mesma: os retratos eram coisas, não eram seres. É certo que as coisas e os seres envelhecem igualmente, mas as primeiras continuam sendo coisas e os seres deixam de ser o que eram. Há até quem diga que passam a ser coisas.
Na rua rolava um turbilhão de seres e de coisas. E, ou fosse por bilidade [sic] de prestidigitação, os seres moviam-se como coisas e as coisas como seres. Os pensamentos no cérebro de Julião confundiam-se. Da janela via um canto da rua onde afluíam e se aglomeravam automóveis e «eléctricos» e gente. Ou a aglomeração seria de gente, «eléctricos» e automóveis? Estas acrobacias mentais fazia-as Julião para espantar o medo. Ah, mas o medo não é uma coisa que se espante assim! E muito menos quando esse medo é o da morte. Não ficou dito atrás, de facto, mas o certo é que Julião tinha medo da morte. E é por isto que o medo era mortal.
A luz ia fugindo pouco a pouco e outro medo se apossou de Julião: o de morrer quando ela desaparecesse por completo. Não, morrer às escuras, não! E nem a morte deve significar trevas, a morte deve ser um esplendor vivíssimo, deslumbrante, talvez com alguma figura ao fundo, como nas grandes aparições celestiais em que são férteis as vidas dos santos. Mas Julião não era santo. Como quer que fosse, às escuras, nunca. Tentou erguer-se para rodar o interruptor da corrente eléctrica, mas recaiu na cadeira. Concentrou-se: teria bebido demasiado? Não se lembrava. E, de resto, se a morte era um resplendor, iluminaria o quarto quando chegasse e não seria precisa a electricidade.
Um pormenor apenas preocupava Julião: depois de morto veria o resplendor, o facho, a aurora? Ou exactamente a intensidade da luz o cegaria, deixando-o imerso nas trevas, não por estar morto, mas por estar cego? Esfregou os olhos. Na parede, a mãe continuava ao lado do pai. Não estava, portanto, nem morto nem cego: estava sentado e vivo. O quarto já não era azul-cinza, mas azul negro; a cama de ferro, um poço onde seria bom dormir.
Mas Julião não tinha sono. Tinha medo. Chegara havia duas horas de um enterro. O morto já o estava há quinze dias e o seu aspecto era abominável. Até esse dia, a morte fora para Julião uma circunstância penosa mas decente. Os cadáveres que vira iam para debaixo da terra ainda com a aparência de vivos. E na memória de Julião ficavam para sempre com a serenidade das suas faces compostas. Mas aquele, não. 
Aquele aterrava. Aquele estabelecia um estado intermédio entre as recordações de Julião e os ossos limpos dos esqueletos de estudo. Por isso, Julião tinha medo, mas de morrer. Talvez até nem mesmo de morrer, mas de estar morto quinze dias.  Filosofou em voz baixa: «Para quê lutas, amores, ódios, despeitos, guerras?
Tudo acaba em estar morto quinze dias e o pior castigo seria ressuscitar ao fim desse tempo.» Calou-se abruptamente com a nítida consciência de que dizia tolices. Não se está morto quinze dias; está-se morto a eternidade. Não é verdade, pai? Não é verdade, mãe? Olhou para os retratos. Já não os via. A escuridão preenchia por completo o vazio do quarto.
Julião sentia-se como uma pedra dentro de um bloco de gelo. Moveu os ombros e ouviu a escuridão a estalar à sua volta. Ou seria a cadeira? Moveu-se outra vez. Era a cadeira, sem dúvida. E, que diabo, a escuridão não estala. «Memento homo...», teriam sido estas as palavras que o padre pronunciara no cemitério? Talvez outras. Latim, em todo o caso. E, a propósito, por que se falará em latim, uma língua que nem os vivos nem os mortos entendem? Ah, sim, é a língua que Deus compreende. Mas, então, Deus não será poliglota?
Foi neste momento que a escuridão estalou. Houve mesmo um crepitar. Pela janela entrou um foco imenso, o quarto ficou branco como se dia fosse. Era luz, muita luz, grande luz. «É a morte», pensou Julião. E ficou radiante porque acertara: no centro do foco aparecia uma figura de mulher. Ou seria uma criança? Ah, Julião preferia uma criança. Sim, a morte era uma criança que sempre pedia mais. Pedia-o agora a ele. Abriu a janela. O resplendor era, neste momento, maior, mais alto, mais largo, mais todas as dimensões!... Num pulo, Julião galgou o parapeito.
O filho do vizinho do prédio fronteiro queimava fogo de artifício..."

Publicada em, Ver e crer, n.º 39, Julho de 1948


quarta-feira, 24 de dezembro de 2014

Um conto de Natal de José Saramago - "História de um muro branco e de uma neve preta"


(Ilustração de Nancy Ekholm Burkert)

"Este conto (se o é) tem a sua origem em duas crónicas, “Um Natal Há Cem Anos” e “A Neve Preta”, publicadas no jornal A Capital no final dos anos 60 e que hoje podem ser lidas mais comodamente no volume Deste Mundo e do Outro. A junção delas (que de certa maneira é também fusão) aconteceu em 1995 e teve como destino uma revista espanhola entretanto desaparecida. Relidas hoje, novamente refeitas, estas velhas crónicas perguntam se o muro branco ainda lá está e se ainda há quem tenha de continuar a pintar a neve com tinta preta. Por mim, acho que sim. Quem dera que sejam muitos os que tenham razões para pensar que não.

(Coord. Vasco Graça Moura, Gloria in Excelsis, Histórias Portuguesas de Natal, col. Mil Folhas, Público)

Publicado na página do Facebook - "Jose Saramago a Liberdade Do Pensamento"
https://www.facebook.com/pages/Jose-Saramago-a-Liberdade-Do-Pensamento/234845926606634

(Árvore de natal - Fundação José Saramago)


Um conto de Natal de José Saramago - "História de um muro branco e de uma neve preta"

Não haveria nada mais fácil no mundo das histórias que escrever um conto de Natal com Menino Jesus ou sem ele, se não fosse dar-se o caso de que uma criança que nasce está sempre nascendo. O nosso grande erro, esquecidos como em geral andamos das infâncias que vivemos, foi pensar que as crianças nascem uma única vez e que depois de nascidas se limitam a ficar à espera de que o tempo passe e as transforme em adultos, os quais, como deveríamos saber, constituem uma espécie diferente de seres humanos. A criança começa por nascer uma vez, que é a de vir ao mundo, e depois continua a nascer para compreendê-lo: não tem outro remédio nem há outra maneira. Como se verá pelas duas breves histórias que se seguem, ambas autênticas, ambas verdadeiras. 

A terra, àquela hora, cobria-se de uma noite tão escura que parecia impossível que dela pudesse nascer o Sol. Não tem chovido, as tempestades andam por longe, o rio descansa da sua primeira cheia de Inverno, os charcos são de mercúrio. O ar está frio, parado, e estala quando respiramos, como se nele se suspendesse uma ténue rede de cristais de gelo. Há uma casa e luz lá dentro. E gente: a Família. Na lareira ardem grossos troncos de lenha de donde se desprendem, lentas, as brasas. Quando à fogueira se lhes juntam gravetos, ramos secos, um punhado de palha, a labareda cresce, divide-se em trémulas línguas, sobe pela chaminé encarvoada de fuligem, ilumina os rostos da família e logo volta a quebrar-se. Ouve-se o ferver das panelas, o frigir do azeite onde bóiam as formas redondas das filhós, entre o fumo espesso e gorduroso que vai entranhar-se nas traves baixas do telhado e nas roupas húmidas. São talvez nove horas, a modesta mesa está posta, o momento é de paz e de conciliação, e a Família anda pela casa, confusamente ocupada em pequenos trabalhos, como um formigueiro.

Não tarda que saiam todos para o quintal. Vai ser lançado ao ar o foguete de três respostas, esse que, cumprindo a tradição, anunciará aos vizinhos que naquela casa já a última filhó saiu do tacho, a escorrer, e foi cair no alguidar profundo onde aguardará o retoque final da canela e da calda de açúcar. Entre portas, a Criança vê a Família a sorrir fazendo e desfazendo grupos em torno do avô, que sopra um tição trazido da lareira e o aproxima do cartucho de pólvora amarrado ao caniço. Tinha pedido que o deixassem ajudar, mas responderam-lhe como das outras vezes: “Ainda és muito pequeno, para o ano que vem”. A Família tem razão: é preciso ter cuidado com as crianças.

A pólvora inflama-se bruscamente, lança um jacto de fagulhas vivíssimas, silva como uma serpente, e logo é um dragão rugindo que sobe para o ar gelado, corta-o como uma espada de fogo, e lá muito no alto, quase tocando as primeiras estrelas, estala, estraleja, cobrindo os ecos de outro foguete distante. O caniço desce com uma luz mortiça que desmaia, e vai cair longe, nos olivais que rodeiam a casa, sobre as ervas cobertas de geada. Com este tempo não há perigo de que pegue fogo às árvores. De súbito, a Família diz que está frio e volta para casa, levando entre os braços, entre os anéis, entre os tentáculos, a Criança a quem não deixaram ajudar a lançar o foguete. Tinham deixado a porta aberta, o interior da cozinha arrefecera. A Avó acode a espalhar na fogueira uma mão-cheia de aparas, desgalha um ramo seco de oliveira, parte-o com as mãos calejadas, mas é com suavidade que depois chega os troços à chama, como se estivesse a alimentá-la. O lume hesita, escolhe o lado mais acessível da lenha, e depois, indiferente, alheado, a pensar noutra coisa, recomeça o seu eterno ofício de fabricante de cinzas.

A Família gira em redor da mesa, arruma-se nas poucas cadeiras que há, trazidas algumas de outras casas, uns quantos escabelos pouco firmes, um caixote velho posto em pé. Os rostos estão sorridentes e corados, e têm nomes e apelidos, mas, para a Criança, são, antes de tudo, os Pais, os Avós, os Tios, os Primos, um enorme e complicado corpo de animal que lhe lembra a história da Bicha-de-Sete-Cabeças ou o Dragão-Que-Não-Dorme. Sobre a mesa trava-se uma gesticulação ruidosa de facas e garfos, de mãos, de dentes, uma contínua mastigação que deforma os rostos e engordura as bocas. Contam-se casos, anedotas, todos riem. O frio está lá fora, e a geada, e a noite impenetrável. A Criança anima-se, já esqueceu a decepção, para o ano talvez a deixem lançar o foguete sozinha. Também tem uma história para contar, só está à espera duma pausa, dum momento mágico em que todos se calem, acaso emudecidos por um anjo que passou deixando apenas a imagem de um dedo imperioso sobre os lábios cerrados. O momento está a chegar por fim, uma a uma calam-se as bocas da Família, é agora ou nunca, a Criança inspira fundo, rompe o silêncio, começa a falar. A Família olha surpreendida, dá alguma atenção, mas não muita nem por muito tempo, não dura, não pode durar, as vozes regressam do silêncio, e é o Pai que lhe corta a narrativa com uma frase que faz rir toda a gente. Uma frase que vai fazer chorar a Criança. Porque o Menino, a Criança é um menino, levanta-se da mesa, abre a porta, separa-se da Família e desce os três degraus de pedra que conduzem ao mundo. Ali adiante há um muro caiado, baixo, com uma varanda dando para terras ignotas. A Criança vai debruçar-se sobre o muro, deixa cair a cabeça sobre os braços cruzados, e o terrível nó das lágrimas desata-se dentro de si. Da casa vêm risos e vozes, alguém fala muito alto, e depois ressoam gargalhadas. Ninguém está pensando na Criança.

Faz muito frio. Visto daqui, o céu parece estar feito de veludo negro. E há as estrelas. Duras, nítidas, implacáveis, quase ferozes. A Criança levanta os olhos. Lá estão elas a brilhar. Olhadas através das lágrimas, as estrelas são diferentes. Mundo estranho, estranho mundo, este. Sob os passos da criança, o chão duro e gelado range, E, em frente, as árvores negras, misteriosas, onde à noite os grandes medos se vão esconder, tomam o ar confidencial de quem conhece todos os segredos futuros, a hora e o lugar onde acontecerá o terceiro nascimento e o quarto, e o quinto, todos os aqueles que ainda esperam a esta Criança, até mesmo quando de havê-lo sido já não lhe restar memória.

As Crianças estão sempre a nascer. Às vezes nascem de explosivas alegrias, de achados incríveis, de deslumbramentos únicos, mas o mais frequente, uma vez após outra, é nascerem de cada tristeza sofrida em silêncio, de cada desgosto padecido, de cada frustração imerecida. Há que ter muito cuidado com as Crianças, nunca me cansarei de o dizer. Um dia uma Professora teve uma ideia de Professora e mandou os seus alunos que fizessem uma composição plástica sobre o Natal. Claro está que não empregou esta linguagem, o que disse foi: “Façam um desenho sobre o Natal. Usem lápis de cores, ou aguarelas, ou papel de lustro, o que quiserem. E tragam na segunda-feira”. Uns com lápis, outros com aguarelas, outros com papel recortado, alguns pintando com os dedos, todos cumpriram o melhor que puderam. Apareceu tudo quanto é costume nestes casos: o presépio, os reis magos, os pastores, São José, a Virgem e, inevitavelmente, o Menino Jesus. Bem feitos uns, mal feitos outros, toscos ou esmerados, os desenhos caíram na segunda-feira em cima da secretária da Professora. Ali mesmo ela os viu e lhes pôs nota. Ia marcando “bom”, “mau”, “suficiente”, como se com esses juízos os marcasse para a eternidade. De repente. Ah, quantas vezes ainda teremos de dizer que é preciso muito cuidado com as crianças! A Professora segura um desenho nas mãos, um desenho que não é melhor nem pior que os outros. Mas ela tem os olhos fixos, está confusa, perturbada: o desenho mostra a invariável manjedoura, a vaca e o burrinho, e toda a restante figuração. Sobre esta cena já sem mistério cai a neve, e esta neve é preta. Porquê?
“Porquê?”, perguntou
a a Professora à Menina que fez o desenho. A Menina não responde. Talvez mais nervosa do que quereria mostrar, a Professora insiste. Há na sala os risos cruéis e os murmúrios de troça que sempre aparecem em ocasiões destas. A Menina está de pé, muito séria, um pouco trémula. E responde, por fim: “Pintei a neve preta porque foi nesse Natal que a minha mãe morreu”. Fez-se silêncio e a Professora pensou, assim o veio a contar mais tarde: “À Lua já chegámos, mas quando e como conseguiremos chegar ao espírito duma criança que pintou a neve preta porque a mãe lhe morreu?”.

Muitos anos depois destas histórias terem acontecido, contei-as a uma outra Menina, que me perguntou: “E eles ainda estão tristes?”. Nessa altura disse-lhe que sim, que há tristezas que o tempo não consegue apagar, mas hoje conforta-me a ideia de que talvez o Menino do Muro Branco e a Menina da Neve Negra se tenham encontrado na vida, e que talvez por causa deles o mundo já esteja a mudar sem que nós tenhamos dado por isso.




quinta-feira, 20 de novembro de 2014

"Centauro" conto do "Objecto Quase", na voz e antologia de contos de Nadine Gordimer

Centauro, de José Saramago, publicado numa antologia de contos


Informação, via Fundação José Saramago

“Centauro” de José Saramago, publicado numa antologia de contos na Alemanha, Itália, França, Grécia e México.

“Centauro” de José Saramago, originalmente publicado em Objecto Quase, fez parte de uma selecção de 21 contos de escritores internacionais, com a curadoria de Nadine Gordimer. A antologia conta com textos de: Chinua Achebe, Woody Allen, Margaret Atwood, Nadine Gordimer, Günter Grass, Hanif Kureishi, Gabriel García Marquez, Claudio Madris, Arthur Miller, Es’kia Mphalele, Njabulo Ondebele, Kenzaburo Oé, Amos Oz, Salman Rushie, Ingo Schulze, Susan Sontag, Paul Theroux, Michel Tournier, John Updike e Christa Wolf, além de José Saramago. Como refere Nadine Gordimer na introdução: “Las veintiún historias contenidas aquí están escritas con diferentes «voces», estilos intensamente individuales que reflejan las maravillosas posibilidades del uso de la palabra en la pluma de escritores vivos, entre los cuales se cuentan cinco ganadores del Premio Nobel de Literatura. Todos se unen para brindar el gozo de la lectura a cualquiera que tome entre sus manos esta excepcional y extraordinaria recopilación de talento creativo.”

Inicialmente publicada na Alemanha, em 2004 com a chancela da BvT, esta antologia foi também publicada em Itália (Feltrinelli, 2005), França (Éditions Grasset & Fasquelle, 2005), Grécia (Kastaniotis, 2005) e México (Sexto Piso Editorial, 2006).


No site do "The Guardian", existe a possibilidade de ouvir a voz de Nadine Gordimer, na leitura do conto "Centauro".


"Nadine Gordimer reads 'The Centaur' by José Saramago
José Saramago tackles the conflict between mind and body in 'The Centaur', says Nadine Gordimer
It is in many ways a unique story. Here is a creature imagined, something that is higher and better and different from a man. Here is the dream of a creature that is half horse, half man, who has the physical fitness of a horse and the mental complexity of a man. This extraordinary fable shows the depths of the human confusion that the creature faces. It is a wonderful way of looking into the conflict between what one's body desires or dictates – sexual desire as part of our power; it's through sexual desire that you take possession, after all – and many of one's other ideals about how we ought to approach another being. There's as much in this little story as in 20 novels and 20 poems."



Quem é Nadine Gordimer?
Numa simples introdução recolhida na Wikipédia, aqui em http://pt.wikipedia.org/wiki/Nadine_Gordimer

Nadine Gordimer (Joanesburgo, 20 de Novembro de 1923 — Joanesburgo, 13 de Julho de 20141 2 ) foi uma escritora sul-africana. É autora de mais de 30 livros, na sua maioria crónicas sobre a deterioração social que afetou a África do Sul durante o regime do apartheid. Desde o romance de estreia, The Lying Days (1953), até The Conservationist (1974), obra com que foi vencedora do Prémio Man Booker, dedicou-se a dramatizar as difíceis escolhas morais surgidas numa sociedade marcada pela segregação racial.
Recebeu o Nobel de Literatura de 1991 e, mais recentemente, a Legião da Honra, na França. Continua a explorar os problemas que assolam o país em livros como O engate (2004) e Beethoven Was One-Sixteenth Black (Beethoven era 1/16 Negro), uma colectânea de contos ainda no prelo.
A escritora foi uma das mais importantes vozes contra o apartheid na África do Sul e, a maior parte dos seus mais de 30 livros, foi focada na situação social do país durante esse período.

sexta-feira, 14 de novembro de 2014

Conto inédito "Calor" - Revista Colóquio Letras n.º 8

Revista Colóquio | Letras
Fundação Calouste Gulbenkian
N.º 8 - Julho de 1972

Pode ser aqui consultada
http://coloquio.gulbenkian.pt/bib/sirius.exe/issueContentDisplay?n=8&p=56&o=p


Calor

"O rapaz vinha do rio. Descalço, com as calças arregaçadas acima do joelho, as pernas sujas de lama. Vestia uma camisa vermelha, aberta no peito, onde os primeiros pêlos da puberdade começavam a enegrecer. Tinha o cabelo escuro, molhado de suor que lhe escorria pelo pescoço delgado. Dobrava-se um pouco para a frente, sob o peso dos longos remos, donde pendiam fios verdes de limos ainda gotejantes. O barco ficou balouçando na água turava, e ali perto, como quem espreita, afloraram de repente os olhos globulosos de uma rã. O rapaz olhou-a, e ela olhou-o a ele. Depois a rã fez um movimento brusco, e desapareceu. Um minuto mais e a superfície do rio ficou lisa e calma, e brilhante como os olhos do rapaz. A respiração do lodo desprendia lentas bolhas de gás que a corrente arrastava. No calor da tarde, os choupos altos vibraram silenciosamente, e de rajada, como uma flor rápida que do ar nascesse, uma ave azul passou rasando a água. O rapaz levantou a cabeça. No outro lado do rio, uma rapariga olhava-o, imóvel. O rapaz ergueu a mão livre e todo o seu corpo desenhou o gesto de uma palavra que não se ouviu. O rio fluía, lento.
O rapaz subiu a ladeira, sem olhar para trás. A erva acabava logo ali. Para cima, para além, o sol calcinhava os torrões dos alqueives e os olivais cinzentos. Metálica, dura, uma cigarra roía o silêncio. À distância, a atmosfera tremia.
A casa era térrea, acachapada, brunida de cal, com uma barra de ocre violento. Um pano de parede cega, sem janelas, uma porta onde se abria um postigo. No interior, o chão de barro refrescava os pés. O rapaz encostou os remos, limpou o suor ao antebraço. Ficou quieto, escutando as pancadas do coração, o vagaroso surdir do suor que se renovava na pele. Esteve assim uns minutos, sem consciência dos rumores que vinham da parte de trás da casa e que se transformaram, de súbito, em guinchos lancinantes e gratuitos: o protesto de um porco preso.
Quando, por fim, começou a mover-se, o grito do animal, desta vez ferido e insultado, bateu-lhe nos ouvidos. E logo outros gritos, agudos, raivosos, uma súplica desesperada, um apelo que não espera socorro.
Correu para o quintal, mas não passou da soleira da porta. Dois homens e uma mulher seguravam o porco. Outro home, com uma faca ensaguentada, abria-lhe um rasgo vertical no escroto. Na palha brilhava já um ovóide achatado, vermelho. O porco tremia todo, atirava gritos entre as queixadas que uma corda apertava. A ferida alargou-se, o testículo apareceu leitoso e raiado de sangue, os dedos do homem introduziram-se na abertura, puxaram, torceram, arrancaram. A mulher tinha o rosto pálido e crispado. Desamarraram o porco, libertaram-lhe o focinho, e um dos homens baixou-se e apanhou os bagos, grossos e macios.
O animal deu uma volta, perplexo, e ficou de cabeça baixa, arfando. Então o homem atirou-lhos. O porco abocou, mastigou sôfrego, engoliu. A mulher disse algumas palavras e os homens encolheram os ombros. Um deles riu. Foi nessa altura que viram o rapaz. Ficaram todos calados e, como se fosse a única coisa que pudessem fazer naquele momento, puseram-se a olhar o animal que se deitara na palha, suspirando, com os beiços sujos do próprio sangue.
O rapaz voltou para dentro. Encheu um púcaro e bebeu, deixando que água lhe corresse pelos cantos da boca, pelo pescoço, até os pêlos do peito que se tornaram mais escuros. Enquanto bebia, olhava lá fora as duas manchas vermelhas sobre a palha. Depois, num movimento que parecia de cansaço, tornou a sair de casa, atravessou o olival, outra vez sob a torreira do sol.
A poeira queimava-lhe os pés. e ele, sem dar por isso, encolhia-os, para fugir ao contacto escaldante. A mesma cigarra rangia, em tom mais surdo. Depois a ladeira, a erva com o seu cheiro de seiva aquecida, a frescura entontecedora debaixo dos ramos, o lodo que se insinua entre os dedos dos pés e irrompe para cima.
O rapaz ficou parado, a olhar o rio. Sobre um afloramento de limos, uma rã, parda como a primeira, de olhos redondos sob as arcadas salientes, parecia estar à espera. A pele branca da goela palpitava. E a boca fechada fazia talvez uma prega de escárnio. Passou tempo, e nem a rã nem o rapaz se moviam. Então o rapaz, desviando a custo os olhos, como para fugir a um malefício, viu no outro lado do rio, entre os ramos baixos dos salgueiros, aparecer a rapariga. Outra vez, silencioso e inesperado, passou sobre a água o relâmpago azul.
Devagar, o rapaz tirou a camisa. Devagar se acabou de despir, e foi só quando já não tinha roupa nenhuma no corpo que sua nudez, lentamente, se revelou. Assim como se estivesse curando uma cegueira de si mesma. A rapariga recuou para a sombra dos salgueiros e com os mesmos gestos lentos se libertou do vestido e tudo quanto a cobria. Nua sobre o fundo verde das árvores.
O rapaz olhou uma vez mais o rio. Círculos que alargavam e perdiam na superfície calma, mostravam o lugar onde a rã mergulhara. Então, porque o Verão queimava e era urgente negar o escárnio, o rapaz meteu-se à água e nadou para a outra margem, enquanto o vulto branco da rapariga se escondia entre os ramos."

José Saramago