Perguntam-me não raras vezes:
- "Qual o livro de José Saramago que mais gostaste de ler?"
A resposta que pode ser dada a cada momento:
- "Impossível de dizer... não sei responder, não seria justo para com outros (livros) não nomeados. Mas uma coisa sempre soube. Uma obra de Saramago, enquanto "pseudo ser vivo" ou com "gente dentro" tem que me raptar, prender-me, não me deixar sair de dentro das suas páginas. Fazer de mim um refém, e só me libertar no final da leitura... mesmo ao chegar à última página. Aí, o "Eu" leitor que se mantém refém, liberta-se da "gente que a obra transporta dentro" e segue o seu caminho.
Mas segue um caminho que se faz caminhando, conjuntamente com mais uma família"

Rui Santos

quinta-feira, 27 de agosto de 2015

Um restaurante que se chama Saramago e faz a fusão dos escritores com a gastronomia - Medellín / Colômbia

Pode ser consultado aqui 
em http://www.eltiempo.com/colombia/medellin/en-el-saramago-descifraron-a-que-sabe-un-escritor/16231916

Jornal El Tiempo 
Texto de Laura García Guerra

"En el restaurante Saramago descifraron a qué sabe un escritor

El establecimiento fusiona los sabores culinarios con los más conocidos autores de la literatura."


"Carlos Andrés Corrales es uno de los propietarios de Saramago. 
Su gusto por la literatura ha contribuido a crear el lugar. 
Foto: Guillermo Ossa/El Tiempo"


"Un Gabriel García Márquez que sabe a pollo, un volcán de chocolate es Edgar Allan Poe y un poema para el café. Este es el menú de Saramago, el restaurante que crea platos a partir del gusto de diferentes escritores.

Carlos Andrés Corrales, junto a su primo Juan Manuel, inició hace cuatro meses con este restaurante, ubicado en El Poblado. No solo llama la atención por su gastronomía sino por la unión que le dan con la literatura. “Siempre me ha gustado el tema de la culinaria y la literatura, que es lo mío. La idea no sé de dónde salió. Eso pasa con muchas de las buenas ideas”, contó Corrales.

Ellos le dan vida al premio nobel portugués José Saramago con el restaurante que lleva su mismo nombre. Allí, los platos se elaboran de acuerdo a cada escritor.

Por ejemplo, Gabriel García Márquez tenía una preferencia por el pollo, por eso su plato tiene este ingrediente, acompañado de una mezcla de comida mexicana (por la relación del escritor con ese país), unas papas de colores que representan el realismo mágico, sello característico en sus libros y, finalmente, la decoración con la infaltable flor amarilla. Como este, son alrededor de 10 entradas, ocho platos fuertes y cuatro postres.

Tomás Carrasquilla, Hemingway y Oscar Wilde son algunos de los preferidos del menú.

“Nuestro ideal no es solamente vender, es crear cultura alrededor de la gastronomía, la literatura y tertulias en las que se habla sobre filosofía, psicología, la Segunda Guerra Mundial, autores, películas”, agregó Corrales.

Además de formar estos espacios culturales, en Saramago hay lugar para clases de crochet, filosofía, fotografía y, por supuesto, conversaciones con escritores.

Para sus creadores es una experiencia muy bonita porque tienen la oportunidad de sentarse a hablar con las personas. “Cuando hablas de temas culturales, como la literatura, estás hablando de ti mismo”, expresaron.

El lugar está minuciosamente decorado con libros y cuadros de los escritores. Sin embargo, para los propietarios el objetivo son las frases. Que la gente se conecte al sentido que tiene el libro, más que al objeto.

Al originar un ambiente tranquilo, muchas de las personas que llegan ven en Saramago el lugar ideal para saborear un escritor.

Esa es una de las experiencias que más han enriquecido el espacio. “Han venido portugueses asombrados de ver un lugar sobre Saramago en Colombia, nos visitan seguidores del escritor, personas tatuadas con su imagen y otras que vienen a leerlo”, contó Corrales.

A futuro, piensan incluir otros aspectos culturales como la música, la cual tendrá un día especial en la semana.

Por otro lado, la biblioteca tendrá una intervención especial dedicada a Jorge Luis Borges, con un laberinto en el piso y un espejo que hace alusión a lo que él se refería como “El Borges y el otro Borges”.

A pesar de que en el lugar venden comida, se da una experiencia completa alrededor de un tema que no está relacionado con gastronomía, por eso buscan innovar cada vez más en elementos que acerquen a la literatura."

Maria, personagem de "O Evangelho segundo Jesus Cristo" e a menção à gestação do filho


A mulher, mãe, Maria, que do seu ventre gera seu filho...

"Debaixo do arco que abrigava o pessoal de Nazaré, todos dormiam. Todos, à excepção de Maria. Não podendo deitar-se por causa da desconformidade do ventre, que à vista mais parecia conter um gigante, reclinava-se nuns alforges da equipagem, buscando amparo para os martirizados rins. Como os outros, escutara o debate entre José e o velho Simeão, e alegrara-se com a vitória do marido, como é obrigação de toda a mulher, mesmo em se tratando de pelejas incruentas, como esta foi. Mas já se lhe varrera da lembrança o que tinham discutido, ou a memória do debate se submergira nas sensações que por dentro do seu corpo iam e vinham, iguais às marés do oceano que nunca vira, mas de que alguma vez ouvira falar, fluindo e refluindo, entre o ansioso choque das ondas que eram o filho movendo-se, porém de um modo singular, como se, estando dentro dela, a quisesse levantar, em peso, nos seus ombros. Só os olhos de Maria estavam abertos, brilhando na penumbra, e continuaram a brilhar mesmo depois de o lume se apagar de todo, mas isto não é nenhuma admiração, sucede a todas as mães desde o princípio do mundo, contudo ficámos a sabê-lo definitivamente quando à mulher do carpinteiro José apareceu um anjo, que o era, segundo declaração do próprio, apesar de vir em figura de mendigo itinerante."
Caminho, 1991
Página 61

"O paralelo entre O Evangelho Segundo Jesus Cristo de José Saramago, 
e a iluminura de Albrecht Dürer (Grande Calvário) no início deste romance."


sábado, 22 de agosto de 2015

"Literatura en voz alta" de Márgara Averbach, da Revista Ñ Clarin (26/06/2010)

(...) Todas as características da minha técnica narrativa actual 
(eu preferiria dizer: do meu estilo) provêm de um princípio 
básico segundo o qual o dito se destina a ser ouvido. (...)
Cadernos de Lanzarote II - (15/04/1994)


Recuperação do texto de Márgara Avelach, onde aborda a oralidade e a musicalidade das suas palavras.
Pode ser consultado e lido aqui, 
em http://edant.revistaenie.clarin.com/notas/2010/06/26/_-02203707.htm

Revista de Cultura Ñ - Clarin
Márgara Averbach (26/06/2010)

"Literatura en voz alta"
"Lo que hace inolvidable la obra de Saramago, dice la autora de este texto, es el ritmo oral de sus palabras, la intensidad emocional de su prosa, su capacidad para poner en el centro de la escena a los que la historia anota en los márgenes."



"Cuando lo conocí, sonaba ya para el Premio Nobel. Después de Memorial del convento, que me rodeó como un río salvaje mientras yo trataba de sostener el libro entre las manos, yo había leído casi todos sus libros. Tal vez por eso me animé a hacer la entrevista para el suplemento de Clarín pero tenía miedo: sabía poco de literatura portuguesa y las entrevistas no eran (no son) mi campo preferido. Cuando nos sentamos los dos frente a un grabador, lo primero que hizo José Saramago fue decir –la voz baja y dulce que sigo guardando en una cinta– que me agradecía las críticas de sus novelas. Que las había leído. Eso lo pinta entero: un candidato al Nobel que trataba de tranquilizar a una periodista asustada, que incluso se había preocupado por leerla. 

Su voz tenía el mismo ritmo que su escritura. Me dijo que escribía como hablaban los campesinos de su pueblo y que encontrar esa voz –esa prosa de aliento largo, sin puntuación de diálogo, aparentemente densa– lo había convertido en escritor. Algunos amigos me dijeron que era "demasiado difícil" de leer. Saramago conocía esos comentarios (cómo duele decir "conocía" en el pasado). "Mis libros se entienden si se leen en voz alta", me dijo. Es cierto: yo, que siempre leí en voz alta para los míos, lo sé. Si se lee en el aire, si se diferencian los personajes con la garganta, su prosa, tan bien traducida por su mujer, Pilar del Río, dice lo que quiere decir y lo dice con una sencillez conmovedora.

Saramago mira siempre a los márgenes, a los olvidados. Cuenta, por ejemplo, la historia más conocida de Occidente, la de Jesús, pero se atreve a dejar que sea Jesús mismo –ese al que siempre cuentan otros– quien se diga a sí mismo (El evangelio según Jesucristo). O entra en un mundo de castillos pero elige a la mujer de la limpieza como protagonista (El cuento de la isla maravillosa). O teje un relato sobre reyes pero pone en el centro al elefante que alguien decide regalarle a los poderosos y al hombre que lo conduce (El viaje del elefante). O construye una novela sobre un libro de historia y se interesa no por el historiador sino por un humilde corrector (Historia del cerco de Lisboa). O elige a la mujer del médico y no al médico en Ensayo sobre la ceguera. O, en su último libro, Caín, pone los ojos en un personaje rechazado. 

No es por casualidad: él siempre dijo (dice, querría escribir yo) que le interesaba la historia, que quería cambiarla, poner en ella lo que se había "dejado afuera". Hay ideas en lo que cuenta. El las repite (repetía) siempre, incluso cuando sabía que alguien podía ofenderse: la defensa de los humildes; el comunismo como utopía ("soy un comunista visceral", dijo); la relación entre los seres humanos y el resto del planeta (la forma en que sus perros se acercan a sus personajes, por ejemplo, es un hilo que se sigue de libro en libro). 

Lo que hace inolvidable su literatura –además del ritmo oral de sus palabras– es la intensidad emocional de su prosa, que golpea justo en el centro del cuerpo y el manejo certero de ciertas escenas de contenido simbólico. Para hablar del libro que estaba escribiendo cuando lo entrevisté, y que no lo dejaba dormir por el miedo, digamos, por ejemplo, la masacre en el supermercado en Ensayo sobre la ceguera, una de las alegorías más perfectas sobre el consumismo del siglo XX, o la ceguera misma, esa ceguera blanca y contagiosa que lleva a la humanidad hacia el desastre.

"Hablar es como hacer música: hablamos con sonidos y con pausas y la música se hace con sonidos y con pausas", me dijo entonces. "Yo tengo muy claro que el discurso oral es mucho más creativo que el escrito. A la hora de decir algo, todos lo decimos. La verdad es que hablando todos somos creadores". Ese es el discurso que reinventan sus libros cuando escriben en algo que él llamó "idioma hablado pero escrito". Tal vez ahí esté el centro de la coherencia intensa, única de la obra de Saramago: él escribe (sí, sí, en presente) para rescatar a los que no recuerda "la historia oficial"; escribe para evitar que vayamos todos hacia "donde va el mundo: hacia la superficialidad, el egoísmo, esa especie de histeria consumista", y lo hace de la mejor manera posible, con el lenguaje que quiebra las diferencias, el lenguaje en el cual todos somos artistas, el de la oralidad. Por eso, dice que los de abajo sí lo entienden. Porque ellos se reconocen en él, se ven en el espejo que él construye.

Saramago me dijo que sus libros "llevaban una persona adentro". Que a pesar del estructuralismo, él creía en el autor y que el autor de lo que escribía era él. Pero él era más que eso: era un candidato al Nobel (y Nobel después) que se tomaba el trabajo de tranquilizar a la periodista que estaba por hacerle algunas preguntas. Un hombre que decía que su deseo era ser como su abuelo analfabeto porque ese abuelo era la mejor persona que él hubiera conocido. 

Entonces, para consolarnos por su muerte, que duele con un rumor sordo en cada verbo que hay que poner en pasado, tal vez lo mejor sea aferrarnos a sus libros que lo llevan, entero, entre sus páginas y reencontrarlo en ellos."

"Objecto Quase", livro de contos de José Saramago - Olhar via "Universo dos Leitores" (30/09/2014)

A reprodução desta matéria, pode ser consultada aqui, via "Universo dos Leitores"
em http://www.universodosleitores.com/2014/09/objecto-quase-de-jose-saramago.html

(Imagem via link do "Universo dos Leitores") 

"Ler Saramago é sempre uma experiência incrível, já que ele tem uma capacidade ímpar de retratar o ser humano com o seu pessimismo, a sua alienação, as suas opressões, falhas e imperfeições. 

Nesse livro, que reúne seis histórias originalmente publicadas no ano de 1978, o genial escritor nos leva por caminhos variados, mas todos eles apresentam situações inovadoras e absolutamente críticas, que permitem reflexões intensas sobre a condição do ser humano em meio ao capitalismo e à necessidade exacerbada de possuir bens materiais. 

Saramago, em cada um dos contos reunidos neste exemplar, demonstra que atualmente tratamos as pessoas como “coisas” e as coisas como “pessoas”. O interessante é que para apresentar todas as críticas à estrutura social em que vivemos, ele se utilizou de metáforas e mesclou assuntos políticos com narrativas tão intensas que chegam a ser poéticas, mesmo não tendo poesia alguma. 

Também convém ressaltar que para enfatizar a diferença existente entre os seres humanos, Saramago apresentou dois tipos de protagonistas: aqueles que aceitam a condição de objetos e não lutam contra o sistema e aqueles que tentam de alguma forma lutar contra a tal objetificação e animalização do homem, esforçando-se e dedicando-se para o bem estar da sociedade. Neste segundo grupo perdura a ideia de vingança e de revolta contra as atitudes supostamente aceitas socialmente. 

Um ponto comum entre todas as narrativas é que elas não apresentam finais conclusivos ou estruturados. Em cada conto, a última frase ou o último parágrafo abrem espaço para diversas possibilidades e diversas situações. Isso é interessante já que a vida é exatamente assim: indefinida, incerta, incalculável. 

Para dar uma noção geral dos contos, vou falar de forma sucinta de cada um:

Cadeira, o primeiro conto do livro, apresenta uma descrição detalhada e irônica sobre o desgaste de uma cadeira no momento da queda de Salazar, um ditador já idoso. Saramago utiliza da estrutura da cadeira, da deterioração da madeira e da falta de braços para fazer uma alegoria com a queda da ditadura e do sistema que dominava Portugal e impunha comportamentos e crenças. 

"Enquanto vemos a cadeira cair, seria impossível não estarmos nós recebendo esta graça, pois espectadores da queda nada fazemos nem vamos fazer para a deter e assistimos juntos."

Em Embargo o escritor utiliza de um tom crítico, dramático e irônico para narrar a história de um automóvel que passa a ter vida própria e consciência no momento em que sofre restrições ao acesso do combustível. O conto é uma metáfora acerca da condição do ser humano diante dos objetos e dos bens materiais em geral, apresentando situações políticas e econômicas que rodeiam a sociedade. 

(Imagem via "Universo dos Leitores")

Refluxo, por sua vez, conta a história de um Rei que não suporta conviver com a ideia da morte e a lembrança da finitude da vida, e decide criar um cemitério único e gigantesco, que irá contornar a cidade, para que todos os corpos espalhados nos diversos cemitérios sejam direcionados para o novo local, que será um templo para a celebração da morte. Aqui, a morte é utilizada como uma metáfora para as pessoas que se transformaram em coisas e estão se privando da essência da vida. 

No conto Coisas, o mais longo do livro, somos apresentados a uma sociedade futurista em que as pessoas são dividas em grupos, conforme a capacidade de consumo. A estrutura social entra em estado de caos quando os objetos começam a desaparecer de forma rápida e misteriosa. Contudo, o verdadeiro problema aparece quando cidades inteiras somem de forma inexplicável e toda a materialidade deixa de existir, perde o sentido e o significado. 

"Foi então que do bosque saíram todos os homens e mulheres que ali tinham se escondido desde que a revolta começara, desde o primeiro oumi desaparecido. E um deles disse:
— Agora é preciso reconstruir tudo.
E uma mulher disse:
— Não tínhamos outro remédio, quando as coisas éramos nós. Não voltarão os homens a ser postos no lugar das coisas."

Em Centauro o personagem é um centauro que se esconde no mundo e vive atento à destruição dos seres e das criaturas existentes. Contudo, certo dia, ele seqüestra uma mulher e a notícia se torna pública, situação que faz com que ele seja caçado pelos homens, tornando-se um espetáculo midiático. Sem saber como fazer diante de toda a perseguição, o animal decide pular de um penhasco, mas no momento da queda, uma situação inesperada acontece e ele se transforma em dois – um homem e um cavalo - o que deixa clara a mensagem que somos homens animais, homens falhos e com pouca consciência. 

A narrativa representa a constante fuga em que vivemos: a fuga de nós mesmos e da nossa consciência. 

"Então olhou seu corpo. O sangue corria. Metade de um homem. Um homem. E viu que os deuses se aproximavam. Era tempo de morrer."

Por fim, em Desforra, o último conto do livro, Saramago utiliza de poucas palavras para contar a história de um porco que ao ser castrado pelo homem, decide comer os próprios testículos. O contexto agressivo e intenso da narrativa visa reafirmar a condição do homem que nega a sua condição e a sua capacidade predatória e destrutiva.

(Imagem via "Universo dos Leitores")

Esse livro permite uma leitura agradável e reflexiva, além de ser um excelente contato com a linguagem inteligente e diferenciada de Saramago, um gênio da literatura."

Texto de Isabela Lapa

Programa "Parece que fue ayer" entrevista a José Saramago (23/12/2000)

Pode ser visualizado aqui via YouTube

Mais um testemunho sobre temas que não se esgotam

Entrevistadora Blanca Rodriguez para o programa "Confidencias" para o Canal 10

Montevideo - Uruguai



quinta-feira, 20 de agosto de 2015

Revista Cult - Horácio Costa entrevista Saramago "O despertar da palavra"

A entrevista pode ser consultada e lida, aqui
em http://revistacult.uol.com.br/home/2014/10/saramago-o-despertar-da-palavra/

"O escritor português, que acaba de receber o Prêmio Nobel de Literatura, 
fala sobre seu período de formação e sobre seu projeto de autobiografia" 
por Horácio Costa



"A entrevista que segue teve lugar em fevereiro passado, em Madri. O Instituto do México, na Espanha, organizou, no primeiro trimestre deste ano, um ciclo de conferências: “Portugal desde México”. A diretora do Instituto, Luz del Amo, que tivera a idéia de organizar o ciclo – algo inédito, ou pelo menos pouco usual no mundo hispânico, onde via de regra Portugal, ainda mais do que o Brasil, sofre de uma espécie singular de “obnubilação programada” – tinha-me pedido que convidasse Saramago; ele aceitou, sem cobrar cachê. Pediu para ficar no mesmo hotel de sempre (o Suécia), a trezentos metros do Prado. Não é o primeiro favor que me faz e espero que não seja o último. Já anteriormente me brindara com muitas informações e respondera às muitíssimas questões que lhe apresentei, enquanto escrevia minha tese para Yale, “José Saramago: O período formativo”. A presente entrevista, portanto, não é, lato sensu, a primeira que me deu.
Há catorze anos, quando completei trinta, recebi de presente de minha amiga e ex professora Renina Katz, uma leitora inveterada, o romance Memorial do Convento. O entusiasmo com o qual Renina me recomendou a leitura, uma vez feita e já de volta aos Estados Unidos, transferi para Emir Rodríguez-Monegal. Naqueles meses, eu andava atrás de um tema de tese; numa tarde do verão de 1985, a caminho do teatro em Hartford, pude conversar longamente sobre Saramago com Emir, que recentemente estivera com ele durante um congresso de escritores, e que seria o meu orientador, se tudo desse certo (não deu: a Monegal sobravam poucos meses de vida).
Por meu lado, perguntava-lhe como era o homem em pessoa; pelo seu, e muito menos afoitamente, Emir me interrogava sobre a radicação de Saramago na literatura portuguesa contemporânea. Não é necessário dizer que ele soube responder às minhas perguntas, traçando-me o perfil de um cavalheiro lusitano de humor mordente, de viés irônico, que Emir comparava ao de Borges, a quem tinha conhecido tão bem; entretanto, à medida que o crítico uruguaio aumentava em agudeza as suas questões, crescentemente eu me dava conta do pouquíssimo que sabia, e que de fato era então conhecido, sobre o autor português. Eu já me dedicara, em Yale, a pesquisar sobre esse escritor que me chegara às mãos sem nenhum antecedente; ainda que a Biblioteca Sterling seja uma das maiores e melhores do mundo, eu me decepcionara com o pouco que nela havia sobre Saramago.
O que tínhamos em mãos era apenas o Memorial. Portanto, qualquer consideração crítica que podíamos fazer se limitava ao tipo de escritura que Saramago nele adotava. Diante dela, e assumindo como base o realismo-maravilhoso em versão hispano americana, concluímos que a qualidade do imaginário de Saramago dele diferia em um ponto básico: estava prenhe de lirismo e escapava dos padrões de alegorização mais óbvios e tão frequentes neste. Havia pontos evidentes de contato – para começar, o fascínio pelo barroco, que na narração reverberava temática e lingüisticamente –, mas o tônus geral do relato não apontava para as terras americanas.
Anos mais tarde, em Portugal, pesquisando sobre o Memorial, terminei por assegurar me disto: se muito da postura de um Carpentier ou de um García-Márquez se fazia notar (principalmente, no nível do anedótico, na pesquisa de fontes da época e por aí), a base era diferente. A velha cultura portuguesa, às vezes excepcional – quando representada por um Fernão Lopes, um Camões ou um Vieira –, mas frequentemente marginal à Europa dos grandes debates, ainda que muitas vezes ironizada pelo escritor, se impunha com uma clareza meridiana. Aí estava, e está, o quid de Saramago. Não só de estilemas individualizadores vive um grande escritor: nunca é demais lembrá-lo, ele ou ela via de regra (há exceções) pisam o terreno conhecido que lhe dá a sua própria cultura, a sua própria língua.
Naquela tarde, disse a Emir que eu pesquisaria mais sobre o romancista e que, em função do que encontrasse, talvez escolhesse a sua obra como objeto da minha tese de doutorado. À época, muito pouca gente entendeu que eu escolhesse Saramago, então um escritor com alguma bagagem (o melhor viria depois), e menos ainda que me dedicasse a sua obra menor. Optei por estudar o período de formação do escritor por duas razões: primeiro, por jamais ter ele recebido atenção crítica (uma importante estudiosa italiana da literatura portuguesa não há muito me dizia que Saramago tinha nascido feito, assim como se um Gulliver qualquer); segundo, porque estudar um período não-canonizável de um escritor em vias de canonização (agora já plena, depois do Nobel) pode colocar uma série de questões críticas de interesse, entre elas a de discutir como o cânone funciona para canonizar os seus eleitos, como a crítica procede para eleger os seus objetos de estudo.
Se Saramago, ao longo de suas décadas de experimentação ou deriva entre vários gêneros literários, apresentou uma notável distância, ou mesmo, defasagem, perante as estéticas dominantes à época no contexto português (apesar da dicção neorrealista fundamental em sua produção política, afinada com uma vertente da poesia portuguesa dos anos 40 e 50 – porém usada por ele vinte anos depois!), um discurso crítico que procurasse acercar essa obra de exceção (frente aos modismos, às oposições quase sempre conjunturais que caracterizam o processo literário) teria que, de alguma maneira, sê-lo também, abandonando as interpretações mais circunstanciais de análise. Ir até uma obra que se divide entre “fraca” e “forte”, “ignorada” e “estudada” (e “in” e “out”, “boa” e “ruim”), foi o que eu tentei, centrando sempre as minhas interpretações no sinuoso processo de trabalho de José Saramago, antes que em seu melhor resultado, aparentemente para sempre canonizado.
A entrevista que segue constantemente refere-se a essa injunção e a essa preferência crítica minha. Pensei que valesse a pena alertar o leitor sobre a razão das perguntas que nela fiz. Agora, definir o que possam as respostas a elas esclarecê-lo sobre a obra e o indivíduo José Saramago é coisa sua.




CULT – Eu queria que você dissesse o que ficou da experiência dos gêneros que você praticou ao longo de várias décadas – crônica, poesia, ensaio, teatro – antes da publicação do Manual de Pintura e Caligrafia. Por que você acha que demorou vinte anos para escrever um segundo romance? Há um primeiro, uma tentativa pouco madura nos anos 40, mas a sua primeira obra em prosa de ficção sólida é esse Manual…

José Saramago – Em primeiro lugar, quando se pergunta o que ficou de uma obra, que supostamente pertence a um tempo passado, pressupõe-se uma dúvida, se alguma coisa terá ficado. Porque, se não existisse essa dúvida, então a pergunta não teria sentido. Quando se começa a escrever muito jovem, corre-se o risco e, afinal, isso me aconteceu, porque aos 25 anos publiquei um romance. Romance que ficou por aí, que foi reeditado apenas em 1997 porque o editor achou que se o romance fazia 50 anos, desde a primeira publicação, tinha que ser novamente publicado – e então temos uma edição nova de um romance que se chama, perdoem, Terra do Pecado. Eu não tenho culpa de o romance ter esse título, a culpa é do editor. O romance se chamava A Viúva. Um jovem de 25 anos, que era o que eu tinha, não sabia muito de pecados, e menos de viúvas… Mas eu percebi que não tinha tanta coisa para dizer, nada importante. E me calei, me calei por vinte anos praticamente.
Isso não é verdade, porque escrevi um outro romance que se chama Claraboia, que permaneceu inédito – e, esse sim, permanecerá inédito. Não o destruí porque não devo destruir as coisas que faço; se não posso destruir todas, por que vou destruir algumas? Se eu pudesse apagar todas as coisas ruins – e agora não estou falando do livro, estou falando de coisas ruins que a gente faz na vida –, eu as apagaria. Mas como Terra do Pecado, apesar de tudo, não é a pior coisa que eu fiz na vida, então que fique aí; e Claraboia ficará, mas com a condição de não ser publicado enquanto eu viver.
Até 1966, quando eu tinha 44 anos, não escrevi nada. Salvo no período imediatamente anterior a 1966, que foi quando escrevi um livro de poesia chamado Os Poemas Possíveis. E por que eu o escrevi? Bom, a resposta é sempre a mesma, ou quase sempre: porque me apaixonei. E eu já havia feito uns quantos sonetos e coisas assim no tempo que fazíamos sonetos, aos dezoito anos. Acho que os jovens de hoje já não sabem o que é escrever sonetos e as meninas não têm a felicidade de receber um soneto dos garotos. Isso acabou, que pena! Bom, então eu me apaixonei nessa época e daí saiu o livro. Confesso que, quatro anos depois, me apaixonei de novo e saiu outro livro de poemas que se chama Provavelmente Alegria. E então acabou-se a história de publicar pelo fato de me apaixonar [risos].
A partir de 1966, por circunstâncias da vida, me encontrei mais próximo do mundo literário porque trabalhava numa editora – desde os anos 50 e durante quase 15 anos. Eu tive uma vida que não tinha nada a ver com a literatura. Eu fui várias coisas na vida: trabalhei numa oficina mecânica, fui desenhista, funcionário da saúde pública, depois não sei o quê, depois editor, e era assim. Então, eu não me preparei para ser escritor. Sou escritor por acaso. E que acaso é esse? É que chegou um momento em que eu, além de me apaixonar e por isso pôr sobre a mesa livros de poesia, comecei a colaborar em jornais, escrevendo crônicas. De 1966 até 1977, houve onze anos de publicação: publiquei três livros de poesia – e o terceiro não tem nada a ver com minhas paixões –, crônicas, ensaios políticos, que no fundo eram editoriais de jornal, de um jornal que já não existe, chamado Diário de Lisboa, e já em 1975, que chamávamos o ano ardente da revolução, eu era diretor adjunto de um outro jornal, Diário de Notícias, e acho que tudo começa aí. Quando, em novembro de 1975, ocorreu a contrarrevolução, o que se chamava o processo contrarrevolucionário – e talvez algumas pessoas não estejam de acordo com a qualificação ou com a classificação –, eu fiquei na rua, sem emprego, sem salário, sem trabalho e sem possibilidade de encontrar outro facilmente, porque o jornal estava com a revolução.
Aí eu tomei a decisão definitiva da minha vida, que era a de não procurar trabalho, e me dizia: você tem sete ou oito livros escritos, que são dignos, sérios, honestos, mas por aí você não vai chegar a lugar nenhum. Se você está pensando na história da literatura, então, resigne-se a que digam (se disserem) que o senhor fulano nasceu nessa data, morreu numa outra, publicou alguns livros e ponto. Uma linha, duas linhas e nada mais. Não que eu aspirasse a um capítulo completo da história da literatura, não é isso. A decisão de não procurar trabalho era enfrentar essa idéia de que, talvez, eu seria um escritor, mas faltava uma prova, porque aqueles livros não eram, na minha opinião suficientes para tal. Isso foi o que depois levou a toda essa série de livros, romances, obras de teatro, diários que caracterizam esses últimos 20 anos. Isso é o que me leva a dizer que eu sou um jovem escritor, que eu sou um velho escritor da nova geração – porque a verdade é que eu estou escrevendo obras mais sólidas não há cinquenta, mas há vinte anos; portanto, supondo que se começa, talvez, a escrever e publicar aos 20, 23 anos, então, agora, literariamente, eu não tenho mais do que 45 anos. Sou um menino… [risos].
O que ficou do que ficou para trás? Eu diria que ficou tudo. E ficou tudo em que sentido? Eu muitas vezes digo que se alguém quiser entender bem o que eu estou   dizendo nos romances que estou escrevendo é preciso ir às crônicas que escrevi nos jornais e que estão em dois livros: Deste Mundo e do Outro e A Bagagem do Viajante. Quase todos os temas que estão agora nos romances, certos pontos de vista, visão de mundo, obsessões e preocupações de ordem não apenas literária, preocupações de ordem política, de ordem civil, tudo isso se encontra nesses pequenos textos publicados em jornais, e quem se interesse pelo que eu faço – além dos romances que têm maior reputação, dos quais se fala, que saem na crítica, que estão nas livrarias e tudo isso – tem que ir a esses pequenos textos porque eu mesmo, quando por algum motivo tenha  que voltar a esses textos, me reencontro. Nessas crônicas há muito de ficção, e sobretudo há o trabalho sobre a memória, a memória da infância, da adolescência, a memória dos adultos, dos avós, das coisas vistas – e esse, se eu chegar a escrevê-lo, será o conteúdo de um livro que já tem título, mas que ainda não está escrito e que se chamará O Livro das Tentações. Já estou me antecipando, mas uma coisa chama a outra. É uma autobiografia minha. Eu sou tão vaidoso que inclusive vou escrever a minha biografia. Mas é uma autobiografia um pouco estranha, porque termina aos catorze anos de idade. O que eu quero fazer é isso, recordar o menino que eu fui. Tentar saber quem era esse menino. Porque a verdade é que nós pensamos que toda a nossa vida está aí para que nos tornemos adultos. E, quando somos adultos, nos comportamos como se olhássemos para nós como algo que saiu do estado de crisálida, imaginando que a infância e a primeira adolescência é a crisálida, e que depois da crisálida saiu o inseto adulto com todo o seu esplendor, as suas cores, com toda a sua beleza. Nos casos em que têm esplendor e que são belos, claro; há insetos que deveriam ter ficado na crisálida e não sair.
Eu não penso assim. Para dar-lhes uma idéia do que eu penso nesse sentido: não sei se o meu leitor percebeu que eu ponho sempre epígrafes; a epígrafe de Todos os Nomes, para falar do último romance publicado, é “Conheces o nome que te deram, não conheces o nome que tens” –, é uma citação de um livro chamado Livro das Evidências, que não existe, como em outro romance, História do Cerco de Lisboa, há uma outra epígrafe que foi tirada do Livro dos Conselhos, que também não existe. E isso é um pouco borgeano, e se isso continuar, não terei mais remédio do que escrever o Livro das Evidências e o Livro dos Conselhos. E, então, a epígrafe que terá o Livro das Tentações – e com isso, acho que terei explicado tudo o que tentei explicar até agora – é a seguinte: “Deixa-te levar pelo menino que foste…”. Porque, na verdade, de nada eu gostaria mais – ou de poucas coisas eu gostaria tanto – do que poder passear pela rua, não levando pela mão o menino que fui, mas sendo levado pela mão desse menino. Se eu pudesse recuperá-lo, tê-lo agora mesmo, quanto eu gostaria. Vocês podem pensar: mas que ideia estranha essa, você é ele e ele é você. Não, eu sou ele, mas ele não sou eu. Um deles não conhece o outro; e o fato de que um deles não conheça o outro me perturba. E por isso eu digo: deixa-te levar pelo menino que foste. Talvez o menino, supondo que os meninos não são maus – alguns são péssimos, claro –, fosse capaz de, na hora que vamos fazer uma coisa errada, de puxar pela nossa roupa e dizer: não faça isso.
Há uma continuidade de pensamento e inclusive uma continuidade de sensibilidade no que estou fazendo agora e que vêm dos textos mais antigos. Como os textos não nascem do nada, nascem de alguém que está vivendo, mesmo que não esteja escrevendo, então tudo é uma relação que vai pelo interior da vida e que une tudo a tudo. O que eu posso dizer, claro, é que há algumas coisas que fiz antes e que, se eu as fizesse agora, tentaria fazê-las melhor. Mas não se trata aqui de mais qualidade literária ou de menos qualidade literária, trata-se do que se está dizendo aqui.

(José Saramago)

A forma como se desenvolve sua “carreira” é bastante atípica, especialmente em relação ao que cada vez mais acontece no mundo literário, afetado por uma série de problemas externos, a questão do mercado, os prêmios literários etc… Num texto crítico dos anos 60, parte das suas colaborações para a Seara Nova, você escreveu: “A literatura não é uma carreira”. Aquele momento era especialmente significativo, porque então você era conhecido em Portugal como poeta. Você estava publicando o seu segundo livro de poesia, prestes a publicá-lo, e entrava na literatura ou na vida cultural lisboeta por meio da atividade poética. E você começa a escrever essas notas críticas numa publicação importante da literatura portuguesa contemporânea, a Seara Nova. Então, eu gostaria que você desenvolvesse essa ideia de autor, naquele momento biologicamente já não muito jovem, nos anos 60, que tem consciência de que a literatura não é uma carreira; e como você vê isso agora, não só com relação ao mundo contemporâneo, mas também à luz da sua produção posterior.
Quando me convidaram para fazer crítica nessa revista, eu só havia publicado esse livro de poesia chamado Os Poemas Possíveis. Inclusive impus uma condição, a de que não faria crítica de livros de poesia. Porque me parecia que isso não teria muito sentido para mim, um jovem poeta, com apenas um livro, e que não era Rimbaud nem Fernando Pessoa. Pode-se perguntar: você não quis fazer crítica sobre livro de poesia, mas estava disposto a fazer sobre romances? Sim, do ponto de vista do leitor, como se eu fosse um leitor, já que no fundo o crítico é um leitor. No entanto, é um leitor que tem o direito de publicar a sua opinião. Essa é, suponho, a diferença mais visível que há entre um e outro. E é verdade que numa dessas críticas eu escrevi que a literatura não é uma carreira. Depois de 30 anos, e com tudo o que aconteceu na minha vida, parece que há uma contradição entre a minha vida e essa afirmação, porque eu vivo do que escrevo. Mas não tenho os tipos de obrigações de um trabalho, não tenho ações, não tenho bens, não tenho nada senão o que pode ser posto sobre a mesa, o que escrevo. Eu nunca me lancei a isso que chamamos uma carreira de escritor. Entendo que uma pessoa se lance a uma carreira de advogado, médico, engenheiro ou algo parecido porque isso significa que se preparou para exercer uma atividade profissional e, portanto, está nisso e vai trabalhar nisso. Os médicos precisam de doentes, mas estão certos de que doentes sempre existirão, não? E, portanto, estão certos de que podem abrir o seu consultório para recebê-los. Esses, sim, podem falar de uma carreira.
De repente, amanhã pode ser que eu não tenha nenhuma idéia para um livro e se isso acontecer eu deixarei de escrever. E o fato de que eu esteja vivendo da literatura, porque é verdade, não significa que eu não escreva nada de que eu necessite escrever como homem. Isto é, eu não posso viver sendo duas pessoas em uma – a pessoa corrente e normal, que, afinal, sou, e uma entidade, um pouco estranha, que se chama escritor. Esses dois não vivem lado a lado, são um apenas, estão fundidos um no outro. E se o homem não tem nada para dizer como homem, também não terá nada para dizer como escritor. Se isso acontecer, e eu já disse isso, me calarei. E poderia ter acontecido de eu me calar depois do Memorial do Convento, do Ano da Morte de Ricardo Reis, da História do Cerco de Lisboa, ou do Evangelho Segundo Jesus Cristo. Poderia não ter tido mais nenhuma ideia, e fim. E é verdade que, cada vez que eu termino um romance, não tenho nenhuma outra ideia e fico esperando para ver o que acontece. Pode levar um mês, dois, três, seis meses, até me ocorrer uma ideia. Eu acho que os que me leem perceberam que os meus livros não se repetem. Eles percebem que o autor é este pela forma de narrar, pelas preocupações que expressa, mas cada livro contém alguma coisa que aí se acaba. E isso tudo é o contrário do que se necessitaria para uma carreira. Para uma carreira, o conveniente seria explorar os filões encontrados para que ela pudesse se desenvolver, não? Mas eu fico assim, sem enredo, esperando para ver o que acontece.

(Com o diretor Miguel Gonçalves Mendes 
durante as gravações do documentário José e Pilar)

Você disse que não teve uma educação formal em literatura, que foi um leitor. Mas eu lhe peço que comente a importância que tiveram a atividade crítica que você exerceu e a atividade de tradutor nesse período de formação, de autoaprendizagem.

É preciso dizer algo que ainda não foi dito e que deve ser considerado. Se eu, aos 20 e poucos anos, escrevi um romance, foi porque alguma coisa eu tinha lido. E tinha lido muitíssimo. Onde? Nas bibliotecas públicas. Entre 16 e 22 anos, eu fui um leitor noturno, porque tinha que trabalhar de dia, ia a uma biblioteca pública de uma cidade pequena e lia tudo o que encontrava. Às vezes, não entendia nada, ou quase nada, de alguns livros que lia; não tinha ninguém que me dissesse: esse agora não convém, é melhor que você leia esse outro. Mas, de qualquer modo, com todos disparates, erros e incompreensões, creio que pude ler uma gama bastante ampla de autores. Eu diria que Terra do Pecado, por um lado, funcionou como uma sedimentação de leituras; pode-se dizer que não há nada de original ali, mas, se não somos Rimbaud, o que entendemos por “original” aos 20 e poucos anos?
Você pergunta se o fato de fazer traduções influiu em alguma coisa. Não, em nada, nada, nada… É muito diferente sentar- se para traduzir uma obra pelo desejo de traduzi la, por vontade própria e, então, desfrutar do trabalho de tradução, buscando as funções mais adequadas e tudo isso… Mas eu não traduzi por gosto, por prazer; eu traduzi para ganhar a vida e traduzi de tudo: livros de política, de economia, de arte, romances, coisas tontas como uns livros de um senhor chamado Jivkov, que era búlgaro, secretário-geral do Partido Comunista da Bulgária e ao mesmo tempo presidente, e eu tive que traduzir coisas dessas. Com isso não aprendi nada. Mas claro que há outro tipo de aprendizagem. Quando tive que traduzir Bonnard, aprendi muito. Mas não aprendi a escrever e acho que quem tem que traduzir nas mesmas condições e circunstâncias que eu corre o risco de ter a sua escrita prejudicada pela variedade de estilos, de modos de narrar dos diferentes autores que tem que traduzir. Então, posso dizer que não aprendi nada. Agora, acho que aprendi a escrever porque li muito. Sempre li muito, desde menino, desde adolescente, ia à biblioteca pública para ler, para ler e nada mais, e no dia seguinte tinha que me levantar cedíssimo para ir à oficina onde estava trabalhando. Não estou idealizando a minha vida, não estou fazendo romantismo barato e falso, estou falando de fatos e nada mais; sem cair na tentação de exagerar para uma vida extraordinária, senão o contrário.
Eu comecei por esse romance, depois a poesia, depois a crônica, depois fiz um pouco de teatro. Mas o teatro não foi por uma iniciativa minha. Eu tenho quatro obras de teatro, todas elas foram representadas, e aparentemente eu poderia dizer: sou dramaturgo. Não, não sou, eu não me vejo como dramaturgo. Romancista, sim; mas depois de todas essas experiências e de tudo isso. Mas talvez o romancista que sou deva algo a uma circunstância que a que ver com uma obra da qual não se fala muito, e é uma pena que não se fale muito dela, que é esse romance que publiquei em 1980 e que se chama Levantado do Chão. Em 1975, como disse, fiquei sem trabalho. Em 1976, eu estava no Alentejo, no sul de Portugal. Eu venho de uma família de camponeses pobres, sem terra, do norte de Lisboa, a uns 100 km, mais precisamente do nordeste; e, nessas alturas, quando eu estava com essas dúvida – “o que vou fazer da minha vida? escrevo, não escrevo? como? o quê? para quem? e com que meios?” –, veio-me a idéia de escrever algo sobre a minha gente – avós, pais –, que viveu no campo nas condições que os mais velhos aqui podem imaginar, se viveram no campo há 40, 50, 60, 70, 100 anos: saberão o que é isso. E eu soube, não muito profundamente, mas, de qualquer forma, soube. O estranho é que eu deveria ir diretamente aos meus lugares, à minha cidade, e ficar ali, mas, talvez porque eu conhecesse muito bem tudo isso, não queria escrever sobre isso. Então, fui ao Alentejo em 1976 e fiquei lá dois meses, falando com as pessoas, indo ao campo onde trabalhavam, comendo com eles, dormindo com eles. E voltei, depois, por mais algumas semanas. Portanto, juntei uma quantidade de idéias, informações, histórias e tudo isso. E esse livro foi escrito em 1979 e publicado em 1980. Quer dizer, foram precisos três anos para que eu pudesse escrever esse romance.
Na verdade, durante esse tempo escrevi um livro de relatos curtos, Objeto Quase, e publiquei o Manual de Pintura e Caligrafia. Portanto, estive fazendo algumas coisas. Mas não estava fazendo o que tinha de fazer – agora sei disso, mas naquela época eu não sabia. Porque eu não sabia de uma coisa, muito mais importante do que às vezes se imagina: eu tinha uma história para contar, a história dessa gente, de três gerações de uma família de camponeses do Alentejo, com tudo: a fome, o desemprego, o latifúndio, a polícia, a igreja, tudo. Mas me faltava alguma coisa, me faltava saber como contar isso. Então eu descobri que o como tem tanta importância quanto o quê. Não se pode contar como se não há o que contar, mas pode acontecer de você ter o que e ficar paralisado porque não tem o como. O tema que eu tinha estava claríssimo, era um romance neorrealista, bastavam camponeses, fome, desemprego, luta, tudo isso. E modelos do romance neorrealista português, nós os temos, e grandes romances. Portanto, o molde eu já tinha e só precisava colocar nele a minha própria matéria e, então, já teria o romance. Mas, não, algo dentro de mim dizia: não, não e não; enquanto você não encontrar a sua própria forma, não poderá escrever. Claro que isso eu estou dizendo agora, com certeza vocês não estarão imaginando que naquela época eu conversasse dessa forma comigo mesmo: não, eu não conversava. Mas eu tinha uma barreira que me impedia de ir adiante. Quando eu voltava ao Alentejo e encontrava os amigos que eu tinha feito lá, gente de uma qualidade humana impressionante, eles me perguntavam: e o romance, quando você vai publicá-lo? Eu dizia: é que estou ocupado agora com outros assuntos e tal. Não, na verdade eu estava em pânico [risos]. Em pânico porque eu não tinha o como. Até que, em desespero de causa, pensei: isso não pode ficar assim e tenho de começar a escrever esse romance e comecei a escrevê-lo como um romance normalzinho. E quando eu digo romance normalzinho, e há grandíssimos romances normaizinhos, não estou dizendo nada contra, ao contrário: surpreende-me que numa forma quase canônica possam ser escritos romances magníficos, sem rupturas… Claro que há outros romances magníficos que o são por vários motivos, entre eles porque romperam com convenções e com tudo isso. E comecei a escrever com cada coisa no seu lugar: roteiro e tal… Mas eu não estava gostando nada do que estava fazendo.
Então, o que aconteceu? Na altura da página 24, 25, estava indo bem e por isso eu não estava gostando. E sem perceber, sem parar para pensar, comecei a escrever como todos os meus leitores hoje sabem que eu escrevo: sem pontuação. Sem nenhuma, sem essa parafernália de todos os sinais, de todos os sinais que vamos pondo aí. O que aconteceu? Não sei explicar. Ou, então, tenho uma explicação: se eu estivesse escrevendo um romance urbano, um romance com um tema qualquer de Lisboa, com personagens de Lisboa, isso não aconteceria. E tenho certeza de que hoje estaria escrevendo esses romances como todo mundo – talvez bons, talvez não tão bons, mas estaria acatando respeitosamente toda a convenção do que se chama escritura. Mas alguma coisa aconteceu aí: eu havia estado com essa gente, ouvindo, escutando-os, estavam contando-me as suas vidas, o que tinha acontecido com eles. Então, eu acho que isso aconteceu porque, sem que eu percebesse, é como se, na hora de escrever, eu subitamente me encontrasse no lugar deles, só que agora narrando a eles o que eles me haviam narrado. Eu estava devolvendo pelo mesmo processo, pela oralidade, o que, pela oralidade, eu havia recebido deles. A minha maneira tão peculiar de narrar, se tiver uma raiz, penso que está aqui. Não estou certo de que seja a única, mas com certeza, essa conta.
Quando esse romance foi publicado em Portugal, houve um reboliço porque as pessoas não entendiam nada, inclusive um amigo meu me chamou para dizer: olha, eu sou seu amigo, mas a verdade é que leio três páginas e me perco, eu não entendo o que você diz. E eu disse: você tem em casa um corredor comprido, não? Pois então, acenda a luz à noite e comece a andar de um lado para o outro no corredor, lendo em voz alta. Se você ler em voz alta, vai ver o que acontece. Da mesma forma que, quando nos comunicamos oralmente, não necessitamos nem de travessões, nem de pontinhos, nem nada do que parece necessário usar quando escrevemos, pois então, você, como leitor, colocará aí, não o que falta, porque não falta nada… A palavra escrita num livro é uma palavra morta; quando fazemos a leitura silenciosa, não está morta, acorda um pouquinho; mas a palavra só fica acordada quando a dizemos. Para que a palavra soe desperta é preciso dizê-la; ler silenciosamente as palavras não é suficiente. E nós todos sabemos que, quando se lê poesia, fazer uma leitura silenciosa de uma poesia ou fazer uma leitura em voz alta dela são dois mundos completamente diferentes.
Quando eu digo ao meu leitor “você tem que ler escutando dentro da sua cabeça a voz que está dizendo”, isso se aplica ao autor. Eu começo um romance, um conto, um relato, ou algo assim, mas enquanto não ouço dentro da minha cabeça a voz que está dizendo, o texto não avança. A prosa fica ali, parada. Tem que soar dentro. E é ainda bastante estranho que isso aconteça, porque parece que não percebemos que no fundo falar e fazer música é a mesma coisa, exatamente a mesma coisa. Fala-se e faz-se música com os mesmos ingredientes: sons e pausas, nada mais. Toda música pode ser reduzida a isso: sons e pausas. Toda palavra, ou todo discurso, pode ser reduzido a isso, som e pausa. Mas, da mesma forma que a música necessita de uma espécie de suporte rítmico que a conduza – não estou muito certo disso, mas estou falando de outras músicas –, o próprio discurso, que está sendo escrito, talvez dele necessite.

Eu gostaria que você falasse sobre o romance, ou melhor, sobre o exercício da prosa de ficção por meio do romance: o exercício desse imaginário no mundo contemporâneo. O que é isso? Qual a sua importância?
O que é hoje para mim ficção? É como uma voz, tudo é uma voz, diria o poeta, o dramaturgo, na circunstância em que eu falei antes. Ocorre que a voz, no meu caso, tem toda a importância do mundo. No meu caso, o homem e o escritor, como eu disse antes, não apenas estão juntos, mas estão fundidos um no outro. Então eu diria que a ficção para mim, hoje, não sendo uma carreira, é o recurso que eu tenho para expressar minhas dúvidas, minhas perplexidades, minhas ilusões, minhas decepções. Não no sentido de uma literatura confessional. A preocupação que eu tenho é esta: Em que mundo estou vivendo? Que mundo é este? O que são as relações humanas? O que é essa história de sermos o que chamamos a humanidade? O que é isso de ser Humanidade? Ter encontrado para essa ficção uma forma pessoal de narrar, que é a minha, acho que esse meu privilégio – eu não sei como nem a quem pagá-lo – de haver podido chegar a ter uma voz própria para narrar o que tenho para narrar não tem preço. Agora, isso tudo depois passa por uma quantidade, porque o meu processo narrativo, que nasce com Levantado do Chão e que aparentemente se repete em todos os outros romances, repete o essencial, mas há mudanças, adaptações ao próprio tema, à própria história que está sendo contada. Eu estou percebendo que, depois de uma expressão bem mais barroca como é o caso do Memorial do Convento, talvez por interferência do próprio século 18 em que tudo acontece, estou me aproximando cada vez mais de uma narrativa seca, cada vez mais seca. Encontrei, outro dia, uma fórmula que me parece boa, é como se durante todo esse tempo eu estivesse descrevendo uma estátua – o rosto, o nariz – e agora eu me interessasse muito mais pela pedra de que se faz a estátua. Quer dizer, já descrevi a estátua, todo mundo já sabe que estátua é essa que eu estive descrevendo desde Levantado do Chão até o Evangelho Segundo Jesus Cristo. A partir de Ensaio Sobre a Cegueira, em Todos os Nomes e no próximo romance, se o escrever, trato da pedra."

"Horácio Costa é poeta, tradutor, crítico literário e professor da FFLCH-USP"

Para recordar as edições anteriores - Blimunda #15 (Agosto de 2013)

Enquanto aguardamos a edição #39 / Agosto de 2015
Aqui fica a edição de à 2 anos, para recordar e voltar a desfrutar... 

(Capa edição #15 - Agosto 2013)

Pode ser consultada e lida, aqui
em http://www.josesaramago.org/blimunda-15-agosto-de-2013-2/

"Em mês de férias por excelência, a Blimunda viajou até à vila de Sines e apresenta no seu dossier central, assinado por Sara Figueiredo Costa, um retrato do que por lá se passou. Reconhecido em todo o mundo como um dos melhores festivais da chamada world music, o FMM apresentou este ano um cartaz que se pautou pelo regresso de alguns dos que protagonizaram os melhores momentos das 14 edições anteriores. Mas por estes dias, nem só de música se faz o Festival. Conversas com escritores, programação para os mais novos, exposições, entre outras iniciativas completam uma programação que, como a Blimunda pôde confirmar, ganhou definitivamente o seu espaço no panorama cultural português.

No infantil e juvenil, sob o título De regresso à aldeia, Andreia Brites revisita a obra do candidato português ao Prémio Alma na edição de 2013, o escritor António Mota. Autor de mais de 40 títulos, a voz de António Mota é reconhecida como uma das mais importantes na literatura infantil e juvenil portuguesa, fruto da sua qualidade e do trabalho que o autor desenvolve desde há vários anos junto do público leitor.

A fechar este número, a Saramaguiana aborda a faceta de cronista de José Saramago, traçando pontes com o trabalho de Rubem Braga, um dos maiores cronistas brasileiros, de quem se assinala o centenário do nascimento neste ano de 2013. Por fim, a Lisboa vista por José Saramago, na segunda parte de um texto retirado das páginas de Viagem a Portugal, que terá a sua conclusão no número de setembro.

Porque como escreveu José Saramago É preciso voltar aos passos que foram dados, para os repetir, e para traçar caminhos novos ao lado deles. É preciso recomeçar a viagem. Sempre. O viajante volta já."

Blimunda Revista Digital #39 - Edição de Agosto a chegar

(Capa da edição #39)

Esta é a capa da Blimunda de agosto, que até ao final da semana estará disponível para leitura. 
Os 38 números anteriores da revista podem ser consultados e descarregados a partir deste link: http://www.josesaramago.org/revista-digital-blimunda-i/

(Epígrafe da edição #39)

domingo, 16 de agosto de 2015

Paulo Markun entrevista José Saramago em 13/10/2003 - programa "Roda Viva"


Entrevista de Paulo Markun - Narração Valéria Grillo
Restante Painel: 
- Sylvia Colombo da Folha de São Paulo
- Ricardo Soares da TV Cultura 
- Aurora Bernardini da USP Literatura Comparada
- Rinaldo Gama do Instituto Moreira Salles
- Leyla Perrone-Moisés, critica literária
- Haroldo Cerevolo Sereza do Estado de São Paulo
(...)

Pode ser visualizado aqui, via YouTube
em https://www.youtube.com/watch?v=QCACUZly3DM

Sinopse da apresentação do programa
"O programa Roda-Viva, do canal Cultura, entrevista José Saramago - Escritor Português. Com mais de duas dúzias de livros já traduzidos para sete idiomas, o escritor português José Saramago, prêmio Nobel de Literatura de 1998, reúne em sua obra o pensamento social e humanista que o caracteriza como reconhecido romancista da língua portuguesa e como pensador crítico da globalização, da lógica do mercado e do individualismo que marcam o homem no mundo contemporâneo. José Saramago faleceu dia 18 de Junho de 2010, aos 87 anos."

Ángela Olalla entrevista Saramago (Universidade de Granada - 1999)


Ciclo "El intelectual y su memoria": José Saramago
Ángela Olalla entrevista a José Saramago 
(Universidad de Granada, Facultad de Filosofía y Letras, 1999)

"Contra la tolerancia" Texto de José Saramago (9/12/1992) publicado no "El Pais"

Pode ser consultado e lido, aqui
em http://elpais.com/m/diario/1992/12/09/opinion/723855602_850215.html


 
"Contra la tolerancia"
"Es justa la alegría de los lexicólogos y de los editores cuando aparecen, al son de los tambores y trompetas de la publicidad, anunciándonos la entrada, de unos cuantos millares de palabras nuevas en sus diccionarios. Con el paso del tiempo, la lengua va perdiendo y ganando, se vuelve, cada día que pasa, simultáneamente más rica y más pobre: las palabras viejas, cansadas, fuera de uso, apenas resisten la frenética agitación de las palabras recién llegadas, y acaban por caer en una especie de limbo donde permanecen a la espera de la muerte definitiva o, en el mejor de los casos, del toque de la varita mágica de un erudito obsesivo o de un curioso ocasional, quienes de esta manera le darán todavía un breve destello de vida, un suplemento de precaria existencia, una última esperanza. El diccionario, imagen ordenada del mundo, se construye y se desenvuelve sobre tantísimas palabras que vivieron una vida plena, después envejecieron y languidecieron, primero generadas, después generadoras, como lo fueron los hombres y las mujeres que las hicieron nacer y de las que vendrán a ser, a su vez, y de modo simultáneo, señores y siervos.Crecen, pues, los diccionarios, se expanden continuamente, como universos alfabéticos, con sus entrelazadas constelaciones de verbos y pronombres, conjunciones y preposiciones, sustantivos y adjetivos, adverbios y tutti quanti. Serían vertiginosamente mayores si en ellos decidiésemos admitir las múltiples y multiformes formas verbales, serían un poco más breves si de ellos eliminásemos los antónimos, palabras en verdad innecesarias siempre que no perdiésemos de vista y de sentido la simple noción de los contrarios. Nos bastaría que el diccionario registrase, por ejemplo, las palabras "feliz", "felicidad", para que, por una especie de operación mecánica conmutativa, en seguida se nos presentasen en el espíritu, quizá ayudados por la experiencia, los estados y sentimientos alternativos, la lágrima en vez de la sonrisa, la tristeza en vez de la alegría. La ausencia de los antónimos no volvería mejor el mundo ni nos liberaría de la parte de negatividad cósmica del bien y del mal, pero representaría, sin duda, un ahorro considerable de celulosa y de papel, nada despreciable en los pródigos y desperdiciado res tiempos que vivimos.


De igual manera procederíamos con aquella detestada palabra que se escribe con las letras de la "intolerancia", sombra de nuestros días, pesadilla de nuestras noches, embrujo retornado al mundo cuando, ingenuamente estúpidos, la creíamos desterrada de él para siempre, tomada, cuando mucho, exclusiva de las relaciones entre perros y gatos, los cuales, como es sabido, no se pueden ni oler los unos a los otros. Así fuera lanzada la maldita, expulsada de una vez de los diccionarios, nos quedaríamos viviendo en la buena paz de su contraria, la humanitaria y dulce "tolerancia", mil veces cantada y alabada, diana inocente de arengas de parlamento y sermones de iglesia, pío consejo de padres bien educados a la prole esperanzadora, guía inmaculada de moralistas impenitentes y confiados, estrella y faro de editorialistas, y filósofos. "La tolerancia", proclaman a coro, para el caso, y aquí sin mayores primores de estilo, pero con excesos de convicción, "la tolerancia, señoras y señores, es lo mejor que hay". Habiendo dicho esto, y como si, por su boca y pluma, hubiese sido anunciada la más incontrovertible de las verdades, esperan de la simplicidad de la gente común -yo, vosotros, casi todos- que tomemos por oro de ley, contrastado y a prueba de falsificaciones, lo que, probablemente, no pasa de imitación engañadora, insuficiente y equívoca aproximación de un estadio que ya tarda: el de la instauración de una relación de igualdad auténtica, ontológica, por decirlo así, si los puristas no me prohíben la palabra, entre todos los seres humanos, sean cuales sean sus orígenes, razas, colores y religiones.

Con su implacable magistralidad, el diccionario afirma que "tolerancia" e "intolerancia" son prácticas y conceptos extremos e incompatibles entre sí, y, definiéndolos de este modo, implícitamente nos concita, con exclusión de alternativas posibles, a situarnos en otro de aquellos polos, como si, entre ellos o más allá de ellos, no existiese o no pueda llegar a existir otro lugar, el de la reunión y, perdónese la retórica, de la fraternidad. Para ese lugar no tenemos nosotros la palabra identificadora, la brújula, la piedra de toque. No está la palabra en el diccionario porque no tenemos en la inteligencia la conciencia fulgurante que representaría, y también porque no llevamos en el corazón (séame perdonada otra vez la retó rica) el sentimiento que le con feriría una definitiva humanidad: los hombres, al final, no pueden, antes del tiempo exacto, inventar las palabras de las que, sin saberlo o no queriendo saberlo, vitalmente ya necesitan.


Bien vistos los casos y los comportamientos, ¿qué es la tolerancia sino una intolerancia aún capaz de vigilarse a sí misma, temerosa de denunciarse a sus propios ojos, siempre bajo la amenaza del momento en el que las circunstancias la arranquen o la fuercen a dejar caer la máscara de buenas intenciones que otras circunstancias le habían pegado a la piel como si fuese aparentemente la suya propia? ¿Cuántas personas hoy intolerantes eran tolerantes todavía ayer? Tolerar (lo que dice el respetabilísimo diccionario de la Real Academia Española) es "sufrir, llevar con paciencia, disimular algunas cosas que no son lícitas, soportar, llevar, aguantar", dándose como ejemplo de todo esto una elocuente frase: "Mi estómago no tolera la leche". Así, académicamente abonado, el tolerante podrá siempre decir que su estómago, en realidad, no soporta negros ni judíos, ni nadie de esa raza universal a la que llamamos inmigrantes, pero que, en fin, teniendo en cuenta ciertos deberes, ciertas reglas, y no raramente ciertas necesidades materiales y prácticas, está dispuesto a sufrirlos, a llevarlos con paciencia, transitoriamente, hasta el día en el que la paciencia se agote o las ventajas vengan a padecer una disminución sensible.

La tolerancia y la intolerancia son los dos peldaños de una escalera que no tiene otros. Del primer escalón, que es el suyo, la tolerancia lanza hacia abajo, hacia la planicie donde se encuentran los tolerados de toda especie, una mirada que desearía ser, quizá, comprensiva, pero que, las más de las veces, va a buscar equivocadas formas de compasión y de remordimiento por cuenta ajena a su razón de ser y a su afirmación cívica. Desde lo alto del segundo escalón la intolerancia mira con odio a la multitud de los extranjeros de raza o nación que la rodean y con desprecio irónico a la tolerancia, pues claramente ve cómo ésta es frágil, asustadiza, indecisa, tan sujeta a la tentación de subir al segundo y fatal peldaño cuanto incapaz de llevar a consecuencias extremas su perpleja voluntad de justicia, que sería renunciar a ser lo que es -simple permisión-, para volverse identificación e igualdad. O igualancia, si una palabra nueva hace falta, aunque de bárbaro sonido.


Tolerantes somos, tolerantes continuaremos siendo. Pero sólo hasta el día en el que haberlo sido nos parezca tan inhumano como hoy nos parece la intolerancia. Cuando ese día llegue -si llega-, seremos, finalmente, humanos completamente." (09/12/1992)

José Saramago es escritor portugués. Traducción: Eduardo Naval.

"Problema da homens" - a Violência Doméstica um alerta lançado (mais uma vez) relembrando as palavras de José Saramago

Recordando a campanha publicitária da Comissão para a Cidadania e Igualdade de Género
 "EM VOSSA DEFESA, DÊ UM MURRO NA MESA."
No vídeo e cartaz - Ódin Santos



Por estes dias, a Fundação José Saramago, deu mais uma vez voz, lutando contra o surdo silêncio que mata e destrói a sociedade, num dos pilares mais básicos que devendo ser protegido, parece encoberto e com dificuldade de ser erradicado. 
A VIOLÊNCIA DOMÉSTICA
Na sua forma mais comum, que passa pela tortura física e psicológica da mulher, tem também as suas variantes na agressão ao idoso e homens.

Aqui texto, publicado na página da Fundação José Saramago (13/08/2015)
Pode ser consultado aqui, em https://www.facebook.com/fjsaramago?fref=nf
"Ontem a Polícia de Espanha encontrou o corpo de duas jovens (de 26 e 24 anos) que estavam desaparecidas havia já seis dias. O suspeito do duplo homicídio encontra-se foragido. 
No ano passado, segundo dados oficiais, 53 mulheres foram assassinadas em Espanha vítimas de violência de género. 
O jornal El País publicou, algumas semanas atrás, um especial sobre o assunto onde, além de números, recolhe histórias. O trabalho pode ser lido em: http://elpais.com/especiales/2015/violencia-de-genero/
Em julho de 2009, José Saramago publicou no blogue que mantinha à época um artigo intitulado "Problema de homens", em que propõe uma marcha, feita apenas por homens, como tentativa de combater essa "vergonha insuportável" que é a violência contra as mulheres. Para ler o texto, aceda: http://caderno.josesaramago.org/54038.html"



O post pode ser consultado e lido, aqui
"Problema de homens"
"Vejo nas sondagens que a violência contra as mulheres é o assunto número catorze nas preocupações dos espanhóis, apesar de que todos os meses se contem pelos dedos, e desgraçadamente faltam dedos, as mulheres assassinadas por aqueles que crêem ser seus donos. Vejo também que a sociedade, na publicidade institucional e em distintas iniciativas cívicas, assume, é certo que só pouco a pouco, que esta violência é um problema dos homens e que os homens têm de resolver. De Sevilha e da Estremadura espanhola chegaram-nos, há tempos, notícias de um bom exemplo: manifestações de homens contra a violência. Até agora eram somente as mulheres quem saía à praça pública a protestar contra os contínuos maus tratos sofridos às mãos dos maridos e companheiros (companheiros, triste ironia esta), e que, a par de em muitíssimos casos tomarem aspectos de fria e deliberada tortura, não recuam perante o assassínio, o estrangulamento, a punhalada, a degolação, o ácido, o fogo. A violência desde sempre exercida sobre a mulher encontrou no cárcere em que se transformou o lugar de coabitação (neguemo-nos a chamar-lhe lar) o espaço por excelência para a humilhação diária, para o espancamento habitual, para a crueldade psicológica como instrumento de domínio. É o problema das mulheres, diz-se, e isso não é verdade. O problema é dos homens, do egoísmo dos homens, do doentio sentimento possessivo dos homens, da poltronaria dos homens, essa miserável cobardia que os autoriza a usar a força contra um ser fisicamente mais débil e a quem foi reduzida sistematicamente a capacidade de resistência psíquica. Há poucos dias, em Huelva, cumprindo as regras habituais dos mais velhos, vários adolescentes de treze e catorze anos violaram uma rapariga da mesma idade e com uma deficiência psíquica, talvez por pensarem que tinham direito ao crime e à violência. Direito a usar o que consideravam seu. Este novo acto de violência de género, mais os que se produziram neste fim-de-semana, em Madrid uma menina assassinada, em Toledo uma mulher de 33 anos morta diante da sua filha de seis, deveriam ter feito sair os homens à rua. Talvez 100 mil homens, só homens, nada mais que homens, manifestando-se nas ruas, enquanto as mulheres, nos passeios, lhes lançariam flores, este poderia ser o sinal de que a sociedade necessita para combater, desde o seu próprio interior e sem demora, esta vergonha insuportável. E para que a violência de género, com resultado de morte ou não, passe a ser uma das primeiras dores e preocupações dos cidadãos. É um sonho, é um dever. Pode não ser uma utopia."


sexta-feira, 14 de agosto de 2015

Do blog O Caderno, recuperação do post "Da impossibilidade deste retrato" em duas partes (22/23 de Abril 2009)



Pode ser consultado e lido, aqui em 
"Da impossibilidade deste retrato"
"Este texto foi prólogo do catálogo de uma exposição de retratos de Fernando Pessoa na Fundação Calouste Gulbenkian no princípio dos anos 80, creio que em 85. Por me parecer que não viria fazer má figura neste blogue, aqui o trago.Que retrato de si mesmo pintaria Fernando Pessoa se, em vez de poeta, tivesse sido pintor, e de retratos? Colocado de frente para o espelho, ou de meio perfil, obliquando o olhar a três quartos, como quem, de si mesmo escondido, se espreita, que rosto escolheria e por quanto tempo? O seu, diferente segundo as idades, assemelhando a cada uma das fotografias que dele conhecemos, ou também o das imagens não fixadas, sucessivas entre o nascimento e a morte, todas as tardes, noites e manhãs, começando no Largo de S. Carlos e acabando no Hospital de S. Luís? O de um Álvaro de Campos, engenheiro naval formado em Glasgow? O de Alberto Caeiro, sem profissão nem educação, morto de tuberculose na flor da idade? O de Ricardo Reis, médico expatriado de quem se perdeu o rasto, apesar de algumas notícias recentes obviamente apócrifas? O de Bernardo Soares, ajudante de guarda-livros na baixa lisboeta? Ou um outro qualquer, o Guedes, o Mora, aqueles tantas vezes invocados, inúmeros, certos, prováveis e possíveis? Representar-se-ia de chapéu na cabeça? De perna traçada? De cigarro apertado entre os dedos? De óculos? De gabardina vestida ou sobre os ombros? Usaria um disfarce, por exemplo, apagando o bigode e descobrindo a pele subjacente, de súbito nua, de súbito fria? Cercar-se-ia de símbolos, de cifras da cabala, de signos horoscópicos, de gaivotas no Tejo, de cais de pedra, de corvos traduzidos do inglês, de cavalos azuis e jockeys amarelos, de premonitórios túmulos? Ou, ao contrário destas eloquências, ficaria sentado diante do cavalete, da tela branca, incapaz de levantar um braço para atacá-la ou dela se defender, à espera de um outro pintor que ali fosse tentar o impossível retrato? De quem? De qual?De uma pessoa que se chamou Fernando Pessoa começa a ter justificação o que de Camões já se sabe. Dez mil figurações, desenhadas, pintadas, modeladas, esculpidas, acabaram por tornar invisível Luís Vaz, o que dele ainda permanece é o que sobra: uma pálpebra caída, uma barba, uma coroa de louros. É fácil de ver que Fernando Pessoa também vai a caminho da invisibilidade, e, tendo em conta a ocorrente multiplicação das suas imagens, provocada por apetites sobreexcitados de representação e facilitadas por um domínio generalizado das técnicas, o homem dos heterónimos, já voluntariamente confundido nas criaturas que produziu, entrará no negro absoluto em muito menos tempo que o outro de uma cara só, mas de vozes também não poucas. Acaso será esse, quem sabe, o perfeito destino dos poetas, perderem a substância de um contorno, de um olhar gasto, de um vinco na pele, e dissolverem-se no espaço, no tempo, sumidos entre as linhas do que conseguiram escrever, se do rosto sem feições nem limites ainda alguma coisa vem intrometer-se, está garantido o dia em que mesmo esse pouco será definitivamente lançado fora. O poeta não será mais que memória fundida nas memórias, para que um adolescente possa dizer-nos que tem em si todos os sonhos do mundo, como se ter sonhos e declará-lo fosse primeira invenção sua. Há razões para pensar que a língua é, toda ela, obra de poesia."
(fim da primeira parte)



"Da impossibilidade deste retrato (2)"
"Entretanto, o pintor vai pintando o retrato de Fernando Pessoa. Está no princípio, não se sabe ainda que rosto escolheu, o que se pode ver é uma levíssima pincelada de verde, se calhar vai sair daqui um cão dessa cor para pôr em conjunção com um jockey amarelo e um cavalo azul, salvo se o verde for apenas o resultado físico e químico de estar o jockey em cima do cavalo, como é sua profissão e gosto. Mas a grande dúvida do pintor não tem que ver com as cores que há-de empregar, essa dificuldade resolveram-na os impressionistas de uma vez para sempre, só os homens antigos, os de antes, não sabiam que em cada cor as cores estão todas: a grande dúvida do pintor é se há-de ter uma atitude reverente ou irreverente, se pintará esta virgem como S. Lucas pintou a outra, de joelhos, ou se tratará este homem como um triste coitado que realmente foi ridículo a todas as criadas de hotel e escreveu cartas de amor ridículas, e se, assim autorizado pelo próprio, poderá rir-se dele pintando-o. A pincelada verde, por enquanto, é somente a perna do jockey amarelo posta do lado de cá do cavalo azul. Enquanto o maestro não sacudir a batuta, a música não romperá lânguida e triste, nem o homem da loja começará a sorrir entre as memórias da infância do pintor. Há uma espécie de ambiguidade inocente nesta perna verde, capaz de se transformar em verde cão. O pintor deixa-se conduzir pela associação de ideias, para ele, perna e cão tornaram-se em meros heterónimos de verde: coisas bem mais inacreditáveis do que esta têm sido possíveis, não há que admirar. Ninguém sabe o que se passa na cabeça do pintor enquanto pinta. O retrato está feito, vai juntar-se às dez mil representações que o precederam. É uma genuflexão devota, é uma risada de troça, tanto faz, cada uma destas cores, cada um destes traços, sobrepondo-se uns aos outros, aproximam o momento da invisibilidade, aquele negro absoluto que não reflectirá nenhuma luz, sequer a luz fulgurante do sol, que faria então à breve cintilação de um olhar, em frente a apagar-se tão cedo. Entre a reverência e a irreverência, num ponto indeterminável, estará, talvez, o homem que Fernando Pessoa foi. Talvez, porque também isso não é certo. Albert Camus não pensou duas vezes quando escreveu: “Se alguém quiser que o reconheçam, basta que diga quem é”. No geral dos casos, o mais longe a que chega quem a tal aventura ouse propor-se é dizer que nome lhe puseram no registo civil.

Fernando Pessoa, provavelmente, nem tanto. Já não lhe bastava ser ao mesmo tempo Caeiro e Reis, cumulativamente Campos e Soares. Agora que já não é poeta, mas pintor, e vai fazer o seu auto-retrato, que rosto pintará, com que nome assinará o quadro, no canto esquerdo dele, ou direito, porque toda a pintura é espelho, de quê, de quem, para quê? O braço levanta-se, enfim, a mão segura uma pequena haste de madeira, de longe diríamos que é um pincel, mas há motivos para suspeitar: nele não se transporta uma cor verde, ou azul, ou amarela, nenhuma cor se vê, nenhuma tinta. Este é o negro absoluto com que Fernando Pessoa, por suas próprias mãos, se tornará invisível.

Mas os pintores vão continuar pintando."